Homenaje 2011

October 7th, 2011 in Archivo

HOMENAE A RAÚL LAVISTA
Música de Fondo


Quiso el azar inabolible que yo viviera de cerca las dos primeras etapas de desarrollo del cine sonoro en México: su nacimiento y su maduración. Tengo la mala conciencia  de haber asistido también, aunque de más lejos, a la presente final de su muerte por vulgaridad, cursilería involuntaria y pornografía. Me dicta este remordimiento la coincidencia, con pocas horas de diferencia, de la desaparición de tres figuras claves de la populosa mitología personal  que del cine mexicano me he ido formando a lo largo de los años asistido a veces de la experiencia directa y el trato con ellas: Jorge Bustos (editor de imagen) que tuvo la maestría de la discreción que es la máxima virtud de su oficio: Lina Boytler, protagonista de la mejor toma que se ha hecho en toda la historia del cine mexicano, mientras canta “Vendo placer…” en La Mujer del Puerto , y Raúl Lavista cuya obra es entre todos los elementos que se conjugan en la realización de una película el más conocido, si no reconocido, de los que caracterizan a la masa formidable de más de 400 películas para las que compuso música a lo largo de cuarenta y cinco años de actividad en el cine.

Lo conocí personalmente hace veinticinco años, aunque ya sabía de su fama como músico de cine y director de orquesta, fama que no era menor que la de su estricta cultura y sensibilidad musicales así como su pasión insaciable por la música de todas las cuales tuve, cuando frecuenté su casa durante muchos años, amplias pruebas, siempre adecuadamente ilustradas al piano, con la música en la mano o con alguna muestra de su riquísima colección de discos.

A lo largo de esos años pude ver como su drama se iba precisando. La derivación del cine de diversión al de “ideología” ¾proceso que finalmente lo ha matado¾ relegaba a un segundo plano, después de la demagogia ambidiestra, cualquier moción que no se hiciera en su nombre. Raúl Lavista tenía una formación como músico que se avenía mal al compromiso folklórico o al nacionalismo de pacotilla que detestaba.

Su pasión constante fue la orquesta. A ella consagró sus anhelos constantes y obsesivos y también sus tareas más humildes y modestas. El cine, cuya experiencia exige que la música pase inadvertida y que sirva solamente para la ambientación dramática subjetiva, devolvió a Raúl Lavista, menguada y sometida a una rigidez cronográfica que excluía todo lirismo, la posibilidad de dirigir, aunque fuera con una finalidad ulterior ajena, su propia música, una posibilidad que la envidia profesional y el camarillismo le quitaron a raíz de una serie de conciertos en Bellas Artes que a pesar de no incluir obras mexicanas tuvieron un sonadísimo éxito y le valieron un ostracismo de los medios oficiales que sumado al despojo de sus regalías del que fue víctima su propio gremio contribuyeron a amargar los últimos años de su vida.

Así como en la música el bajo contínuo crea la ilusión de la  unidad y sucesión fluida de las partes, en el cine la música ¾compuesta cronógrafo en mano¾ es la solución de continuidad, el acento subjetivo, la materia sonora en que se prolonga la imagen, la substancia que colma el silencio o los puntos muertos de la acción. Mucho antes de que existiera el cine sonoro, el cine mudo reclamó la participación de la música y en la misma medida en que, desde el fondo de los milenios, la habían reclamado el Rito, la Fiesta y la Tragedia. Tocó a Raúl Lavista, entre  otros muy pocos, cumplir ese requerimiento para el cine mexicano, imponiéndole con ello su sello característico más común, generalizado y memorable: la música de fondo.

 

 

Salvador Elizondo

 Background Music


Unavoidable fate decreed that I would see, up close and personal, the first two stages of sound in Mexican film: its birth and its growth. I have the bad conscience, as well, of having been present for its current death due to vulgarity, involuntary sentimentality and pornography. This remorse in my conscience tells me, with a few hours difference, of the disappearance of three key figures of the populous personal mythology of Mexican film that I have created over the years, assisted, at times, by direct experience and contact with them: Jorge Bustos (image editor) had the mastery of discretion that is the paramount virtue of his trade; Lina Boytler, star of the best shot that has ever been filmed in the history of Mexican film, while singing “Vendo placer…” (“I sell pleasure…”) in La Mujer del Puerto (The Woman of the Port); and Raúl Lavista, whose work is, of all the elements that come together to make a film, the best known in the formidable mass of over 400 films for which he composed music throughout forty-five years of film activity. 

I met him personally twenty five years ago, though I knew of his fame as a film musician and orchestra director, a fame that was no lesser than his strict musical culture and sensibility, or his unquenchable passion for music, for all of which I had, when I visited his home for many years, ample evidence, always adequately illustrated on the piano, with a sheet of music in hand, or with a sample from his formidable record collection.

Throughout those years, I could see how his drama became more precise. As film went from entertainment to “ideology” —a process that has finally killed it—, it pushed into the background, behind its ambidextrous demagoguery, any motion that was not made in its name. Raúl Lavista’s education as a musician was poorly matched with the folkloric commitment to the tin pot nationalism that he hated.

His constant passion was the orchestra. To her he consecrated his constant and obsessive desired and also his most humble and modest tasks. Film, whose experience demands that music pass unnoticed and serve only as an aid for subjective dramatic ambiance, gave back to Raúl Lavista, though lessened and submitted to a chronographic rigidity that excluded al lyricism, the possibility of directing, even if it was for another ulterior finality, his own music, a possibility that professional envy and camaraderie had stripped of him, de to a series of concerts in Mexico City’s Palace of Fine Arts that, even though it did not include any Mexican pieces, had resounding success and bought him complete ostracism from the official music world which, added to the usurping of his royalties by his own union, contributed to spoil the last years of his life.

 

 Just like a continuous base note creates the illusion of unity and fluid succession of parts in music, music itself, in film —composed with a chronometer in hand— is the solution for continuity, a subjective accent, the sonorous material through which image is prolonged, the substance that fills the silence or the lulls in the action. Long before there was sound in film, silent films demanded the participation of music in the same measure in which, ever since the bottom of the millennia, Rite, Feast and Tragedy had demanded it. It was Raúl Lavista, with just a handful of others, who stepped up to fulfill this requirement for Mexican film, thus imposing his most common, generalized and memorable personal seal: background music.

 

Salvador Elizondo

Comments

[...] Largometrajes extranjeros 2011   Cortometrajes nacionales 2011  Cortometrajes extranjeros 2011  Homenaje morbido 2011  Actividades paralelas 2011 Pelicula de inaguracion 2011  Pelicula de clausura [...]

Leave a response