Política Zombi

“Allá me oirás mejor. Estaré más cerca de ti. Encontrarás más cercana la voz de mis recuerdos que la de mi muerte, si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz”

Juan Rulfo, Pedro Páramo 

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El político, de pie, ataviado con traje azul oscuro y corbata color partido de centroizquierda, fija sus ojos en un punto indeterminado del abarrotado auditorio, se envalentona y espeta, marcando con el índice derecho el ritmo de sus palabras: “Como diría Juárez:  Entre las multinacionales como entre los sindicatos el respeto a la explotación de los hidrocarburos es…. la pura luuuuz”.  Los escuchas, correligionarios de partido, previamente maiziados con la nómina estatal, aplauden de manera cacofónica y reiterada, celebrando ambas grandezas: la de don Benito y, por supuesto, la del orador que embellece su ideario con el impostado discurso de un muerto que pervive para la justificación inviable del absurdo.

No hay voz más rentable que la de los muertos. Aquí, en el Comala perpetuo de nuestro país, las biografías estampadas de papelería inundan el Partenón de nuestras causas más nobles. Abrigados por la nobleza de democrática de Madero, por la gallardía agrarista de Zapata y por la pretendida modernidad de Díaz, nuestras palabras aseguran una recepción, al menos, neutral.

Una nostalgia inexplicable nos inunda. Es preferible deambular entre fabricaciones del pasado que confrontar la inmediatez de nuestros días con la originalidad de una página en blanco. Pareciera que siempre estamos regresando de la muerte para continuar hacia un derrotero que se asemeja más a un punto de partida (el México de la revolución, el del desarrollo estabilizador; incluso ya se habla del México de la transición). El retorno constante se vuelve conservador. Este inconsciente conservadurismo de nuestra vida pública nos arroja a escenarios chacales. A finales de la administración de Calderón, los priístas que, cual hambrientos zombis, regresaban a la vida gubernativa invocaban las bendiciones de un régimen que supo congeniar con la delincuencia organizada como receta para la erradicación de la violencia a gran escala. Ahora, los opositores del “nuevo-viejo régimen” quieren contagiarnos  la nostalgia por la falta de operación política como sinónimo de salud democrática. Y por supuesto, claro está que en todo momento “estaríamos mejor con López Obrador”, como última expresión de la más bellas de las nostalgias políticas, la hipotética.

Recién escuché en un comercial que la reforma energética no habría sido aprobada por el General Cárdenas. Pues ahora sí que ya nos chingamos, como diría Juan Escutia (seguro lo dijo). ¿Y si el cardenismo más puritano de nuestro país diera espaldarazo a dicha reforma? Entonces qué, ¿ya la damos por buena? En el mercado de las voces muertas, el discurso acomodaticio hace su agosto. 

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El absurdo se apodera: el estado laico parece no tener valor, si no es por las palabras de Juárez;  el impulso de la dinámica universitaria se enriquece siempre con las trágicas muertes del 68; la autodefensa en Michoacán, salpicada con restos humanos, parece pedir a gritos la protección del ideario villista para justificar la capitalización de la violencia.

Propongo que apoyemos la legalización de la marihuana sin argumentos. No porque falten, sino porque es mejor hacerlo con el apoyo del sentimentalismo que nos permita la muerte hecha celebridad.  Qué tal una campaña basada en los constantes llamamientos a la paz encontrados en el cancionero de Bob Marley, el rastafari más querido del mundo. Se me antoja harto un plantón en  el Zocalo, bajo nubes de cannabis, mientras miles cantan al unísono aquella de “One love/One heart/Let’s get together and feel all right”.

También se me ocurre que apoyemos la despenalización del aborto frente a la misoginia oculta que se le opone, descontextualizando la línea más repetida de Sor Juana: “Hombres necios que acusáis 
a la mujer sin razón,
 sin ver que sois la ocasión 
de lo mismo que culpáis”.

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Como en vida no he logrado nada, he pensado escribir una autobiografía apócrifa (pero imposible de comprobar, claro está) que me permita fijar posición sobre todo lo mundano y lo espiritual.  Posteriormente,  fingir una muerte heroica para ver si, con el apoyo de las ánimas rescatadas por nuestra colectividad, alcanzo a protagonizar, en ausencia, las sobremesas y los debates cotidianos.

No creo ser el primero al que se le ocurra tan grandiosa idea.  Seguro ya existe un club ultra secreto. Ahí deben estar algunos intentos exitosos y otros no tanto. (a lo mejor y me encuentro con Jim Morrison, con Colosio, con Lucio Cabañas y, en una de esas, hasta con Hugo Chávez, a quien al parecer la muerte dará vida sólo comparable con la de una dinastía china) De todas maneras, si alguien me advierte en algún cine a la medianoche o entre el tumulto de un concierto, será algo natural en el país de los muertos vivientes.

Incluso, ya desprovisto de un pasado real, quizá me anime a aspirar por un cargo de elección popular. Entonces, materializaría el sueño de todo político, haría campaña citándome sólo a mi. Claro, a la versión más rentable de mis palabras: las protegidas por mi célebre y fingida muerte.

 

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