De Sergio Ceyca

Leyendo un poema de Leopoldo María Panero, estimados lectores, me topo con el siguiente verso: Vinum Sabbati, las bodas del diablo/ son consigo mismo; como ya sé que toda palabra extraña en un poema de Panero es una referencia, me lanzó al internet y me topo con un cuento de un desconocido autor, al menos para mí, llamado Arthur Machen, y con el cuento Vinum Sabbati. Según lo que voy leyendo, para entrar en contexto, por la época en que escribió lo relacionan mucho con Loius Stevenson, Oscar Wilde, Bram Stoker, y sus escritos crearon legado en autores como H. P. Lovecraft que en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura, lo incluye como uno de los grandes maestros de ese género en aquella época. ¿Pero entonces por qué no había oído mencionarlo antes?

vinum3Por suerte, ahora todo se puede encontrar fácilmente en internet y el cuento Vinum Sabbati estuvo por ahí. El nombre, en sí, me sonaba a Des vermis misteries, algo que se sumergiría en algo paranormal y grotesco. Por suerte, el cuento no me decepcionó aunque lo que resulta siendo el Vinum Sabbati en la narración, me recuerda más al Ubik de K. Dick.

La narradora del cuento es una mujer cuyo padre ya murió y su hermano vive con ella, siempre concentrado en sus estudios.

“Era un hombre que parecía sentir una total indiferencia hacia todo lo que se llama placer; aunque era más guapo que la mayoría de los hombres y hablaba con la alegría y el ingenio de un vagabundo, evitaba la sociedad y se encerraba en la gran habitación de la parte alta de la casa para convertirse en abogado. Al principio, estudiaba tenazmente durante diez horas diarias; desde que el primer rayo de luz aparecía en el este hasta bien avanzada la tarde permanecía encerrado con sus libros. Sólo dedicaba media hora a comer apresuradamente conmigo, como si lamentara el tiempo que perdía en ello, y después salía a dar un corto paseo cuando comenzaba a caer la noche. Yo pensaba que tanta dedicación sería perjudicial, y traté de apartarlo suavemente de la austeridad de sus libros de texto, pero su ardor parecía más bien aumentar que disminuir, y creció el número de horas diarias de estudio”.

El carácter abstraído y ofuscado de su hermano preocupa a la mujer, hasta que deciden hacer lo que, en aquella época, era siempre muy útil: llamar a un médico. Si se fijan un poco, los médicos eran no sólo curanderos del cuerpo y sus componentes, sino que parecían hasta médicos del alma. No ha de extrañar que la psiquiatría y el psicoanálisis tuvieran sus primeras vertientes en la medicina; Freud, en sus inicios, era psiquiatra. En fin, que el hermano va con el doctor y este le receta.

“—No es nada grave —me dijo—. Sin duda lee demasiado, come de prisa y vuelve a los libros con demasiada precipitación y la consecuencia natural es que tenga trastornos digestivos y alguna mínima perturbación del sistema nervioso. Pero creo, señorita Leicester, que podremos curarlo. Ya le he recetado una medicina que obtendrá buenos resultados. Así que no se preocupe”.

El hermano de nuestra protagonista va con el dueño de la droguería a que este le prepare la receta. Poco a poco, empieza a reanimarse: deja los libros a un lado, da pequeños paseos por la comarca, se encuentra a viejos amigos y pasa la tarde, y las noches con ellos. Es el miedo a la indecencia el que alarma a su hermana: la perversión creciente que ve surgir en su hermano a partir del consumo de la medicina. Y va notando cambios más físicos, más sobrenaturales, entre varias cosas que su hermano trae la mano herida, hasta que decide hacérselo saber al médico y van a investigar la medicina y descubren un producto extraño.

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Deciden hablar con el enfermo, sin embargo:

“—He visto a ese hombre —comenzó, en un áspero susurro—. Acabo de pasar una hora con él. ¡Dios mío! ¡Y estoy vivo y entero! Yo que me he enfrentado toda mi vida con la muerte y conozco las ruinas de nuestra fortaleza… ¡Pero eso no, Dios mío, eso no! -y se cubrió el rostro con las manos para apartar de sí alguna horrible visión. No me mande llamar otra vez, señorita Leicester —dijo, recobrando un poco la compostura—. Nada puedo hacer ya por esta casa. Adiós”.

Vinum Sabbati, estimados lectores, es la historia de la degradación de un hombre visto por su hermana, un ser más puro; un buen punto de acercamiento hacia un autor olvidado, así como El Gato Negro es un buen punto de acercamiento para aquel borracho de Boston.

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