Grabado de Guadalupe Posada

Francisco Guerrero “El Chalequero”, amante de la sangre galante

Texto de Ivonne Mota

Fueron siete años de angustia, siete años donde día a día quedaban impunes asesinatos de mujeres que se dedicaban a la vida galante. Siete años donde la policía mexicana rondaba las calles de esquina a esquina sin imaginar que por las noches, éstas se pintaban de rojo sangre.

La sociedad mexicana entró en pánico durante el período presidencial de Porfirio Díaz, entre 1880 y 1888, pues el feminicida andaba suelto y los cuerpos de mujeres jóvenes ensangrentadas eran encontrados en las orillas de Río Consulado y los alrededores de Peralvillo.

FranciscoGuerrero

Famoso por ser un excelente amante, se dice que Francisco Guerrero o mejor conocido como “El Chalequero”, fue el primer asesino serial en México. Él disfrutaba degollar, golpear y violar prostitutas.

Antonio Prida “El Chaleco” como le gustaba que le dijeran, era zapatero de oficio y de hecho se rumoraba entre cantinas que acostumbraba a vestir “con clase”, debido a que sus abundantes amantes lo mantenían. Sin embargo todo tiene un fin y gracias a las declaraciones de una prostituta que logró escapar de las garras de Guerrero, la policía logró detenerlo. Acusado por más de veinte asesinatos, fue sentenciado a muerte un año después de su arresto, aunque por órdenes del presidente Díaz, su condena fue modificada a veinte años de prisión en la cárcel de San Juan de Úlua, Veracruz.

En 1904 un golpe de suerte iluminó su criminal vida, su archivo se traspapeló entre algunos documentos de presos políticos que recibirían perdón y fue así que salió en libertad, aunque ésta no duró mucho pues en 1908 volvió a mancharse las manos con la sangre de una prostituta senil que también fue encontrada en Río Consulado bajo el mismo modus operandi.

El Chalequero

Debido a este último crimen, le esperaba una agonizante condena a muerte detrás de las puertas del Palacio de Lecumberri. No obstante al cumplir sus setenta años, Francisco Guerrero, “El Chalequero” enfermó de tuberculosis y era el destino que no fuera castigado como la ley lo había predicho, porque meses antes de ser enviado a la horca, murió a causa de una embolia en noviembre de 1910 dejando un escalofriante recuerdo en el Hospital Juárez de la Ciudad de México.

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