Turismo de Terror: Lugares embrujados en CDMX

Mórbido Film Fest llega a la Ciudad de México para su novena edición y en una ciudad tan enorme y ecléctica, detrás de toda esa modernidad, se encuentran rincones llenos de secretos y pasados turbios; lugares que llevan impregnados historias de fantasmas, almas en pena y rituales ocultos que hablan del lado oscuro de la urbe. ¡Ven con nosotros a pedir nuestra calaverita! Atrápalo te lleva a un recorrido espectral por el lado B de la CDMX. ¿Te atreves?

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No son pocos los lugares que cuentan con leyendas urbanas en la Ciudad de México, pero Atrápalo te invita a recorrer algunos de los destinos más tenebrosos:

El Hospital Juárez

El Hospital Juárez, ubicado en las calles de Jesús María y Fray Servando, en el Centro Histórico, data desde la Conquista, cuando Fray Pedro de Gante fundó las cuatro primeras iglesias, de las cuales, una fue denominada Parroquia de los Indios de San Pablo, que estuvo a cargo de los padres franciscanos.

Siglos después, cuando los Estados Unidos amenazaban a México con una guerra de invasión, Don José Urbano Fonseca, autor del proyecto de convertir en un hospital de sangre al viejo edificio de San Pablo, que servía como cuartel para los militares mexicanos, logró que se entregara parte de éste para los heridos de la guerra que en esos momentos se desataba.

Ladislao de la Pascua y Guillermo Santa María, fueron los primeros doctores que prestaron sus servicios gratuitamente en las Batallas de Padierna y Churubusco. Es en este tiempo que nació la leyenda de “La Planchada” y según cuenta la leyenda, el exceso de trabajo del escaso personal provocaba que por cansancio se quedaran dormidas las enfermeras y al despertar apresuradas para atender a los heridos de la guerra, se encontraran con la novedad de que ya habían sido atendidos por una enfermera que nadie conocía. Algunos trabajadores y militares se pusieron de acuerdo para seguir a la mujer que les brindaba cuidadosa atención, y se espantaron al ver que desaparecía a escasos metros del Hospital.

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Le dicen “La Planchada” por su ropa almidonada, pues los que la han visto y los que la conocieron coinciden en que se llama así por su pulcritud, pues almidonaba mucho su uniforme para que éste no se arrugara.

Según internos y trabajadores del hospital, han escuchado, sobre todo en las noches, ruidos y sonidos extraños. Lo más “común”, en el Hospital Juárez es la atención que esta enfermera tiene hacia los enfermos, ya que se dice que el fantasma de “La Planchada” se aparece cuando algún enfermo no ha tomado sus medicamentos, ya sea por negligencia de las enfermeras o por cualquier otro motivo.

Existe otra versión sobre La Planchada:

Se llamaba Eulalia. Cuenta la historia que su amor por su profesión la llevaba a atender exageradamente a los pacientes: Pasaba horas de más cuidando de ellos y supervisando que su recuperación fuera lo más pasadera.

Al lugar llegó un médico. El día que fue presentado al personal del hospital, la única ausente fue Eulalia, quien estaba atendiendo a unos de los pacientes. No se enteró de Joaquín y menos de los primeros informes de él, como que estaba próximo a casarse y podría ser temporal su estancia.

Pasaron los días y aunque llegó a escuchar del doctor Joaquín, no fue hasta que le asignaron el pabellón en que el médico realizaría unas rondas que lo conoció. De Eulalia se sabía poco; pese a su sonrisa contagiosa y su impecable relación con los enfermos, nadie le conocía un novio.

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Después de algunos días de tratar a Joaquín, una relación surgió entre ellos, pero era secreto. Argumentando que era lo mejor para ella, el doctor aseguraba que no quería que la vieran como una vía para ganarse un lugar en la institución.

Eulalia estaba muy enamorada y aceptaba todas las peticiones de Joaquín. Un día, sorpresivamente, el médico le dijo que quería casarse con ella, pero le pidió que hicieran pública la noticia después de un viaje que tenía planeado.

Eulalia aceptó. Le alistó su ropa y le preparó la maleta. El viaje tendría una duración de 15 días, pero transcurrió más tiempo. Eulalia se enteró pronto de la trágica verdad: Joaquín se encontraba de luna de miel y antes de irse tramitó su traslado de hospital… desde entonces la enfermera dedicada y sonriente se convirtió en una mujer fría, que constantemente recibía llamadas de atención por desatender a sus pacientes.

El tiempo pasó y la agonía de Eulalia la llevó al hospital y murió. Desde entonces, afirman algunos, la mujer se aparece en los pasillos del hospital atendiendo a enfermos, dando consuelo a dolientes y apoyando a enfermeras.

 

La Casa Negra

La Colonia Roma es una de las primera colonias que se construyeron en la Ciudad de México del siglo XX. Una zona de mansiones y casonas porfiarianas, todas ellas testigos silentes de un sinfín de historias, y que, poco a poco, fueron abandonadas o convertidas en vecindad.

A través de los años, una gran mayoría de las imponentes casonas han sido rescatadas para convertirlas en lujosos departamentos, restaurantes y galerías de arte. Sin embargo, en el número 191 de Álvaro Obregón, se encuentra una impresionante residencia porfiriana que, a pesar de su excelente ubicación, nunca ha podido ser rescatada del paso del tiempo; y es que, según cuentan, en este lugar se dan cita un gran número de fenómenos paranormales que han aterrado a todos los que han tratado de pasar la noche ahí. Es la llamada Casa Negra de la Colonia Roma.

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Por afuera, es una imponente construcción que ha sido devorada por el tiempo; su fachada ha sido tapizada con un sinfín de grafitis y estampas, mientras que en su banqueta se pueden encontrar diferentes puestos de tacos y tortas que hacen que el inmueble se esconda a simple vista.

Por lo mismo, la Casa Negra sería un refugio ideal para los vagabundos que buscan un lugar donde esconderse de las inclemencias del clima; sin embargo, todas las personas que han tratado de pasar la noche ahí han salido corriendo despavoridas por las fuertes experiencias paranormales que se pueden vivir ahí.

Cuentan que, pasadas las diez de la noche el ambiente se torna pesado y la temperatura desciende drásticamente. De pronto, se empiezan a escuchar ruidos a lo largo del lugar. Las puertas empiezan a abrirse y cerrarse. Poco después, los ruidos se convierten en voces y gritos de sufrimiento. Los objetos dentro de la habitación empiezan a flotar, mientras que manos invisibles comienzan a jalarte y empujarte, como si quisieran que salgas del lugar.

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Nadie sabe realmente lo que pasó en la Casa Negra de Álvaro Obregón para que ésta se llenara de espíritus que quieren alejar a todos los que entran; sin embargo, una de las historias más populares dice que en este lugar vivía la familia Mondragón, una familia bien posicionada de la Ciudad de México. Un día, los padres y sus tres hijos amanecieron muertos en su cama. Nadie supo por qué o cómo habían fallecido. Fue una muerte misteriosa.

Como la familia no tenía más descendientes o posibles herederos, la casa quedo intestada y pasó a ser propiedad del gobierno. Desde aquél entonces, la Casa Negra de Álvaro Obregón ha sido rentada en diferentes ocasiones para diferentes propósitos; sin embargo, las personas que han tratado de remodelar el lugar, han terminado negándose a hacerlo, pues aseguran que la misma casa les impide que realicen su trabajo, quedando nuevamente en el abandono total.

 

La Casa de las Brujas

Se conoce como el Castillo de las Brujas por los techos de dos aguas que se asemejan a un sombrero de bruja y por las ventanas con arcos que dan la ilusión de ser ojos. Con ese aspecto, no es de extrañar que durante mucho tiempo fuera objeto de historias y leyendas.

Vestigio del México porfirista (1877-1911), es obra del ingeniero R. A. Pigeon, quien lo construyó alrededor de 1908. Fue uno de los primeros inmuebles que se edificaron durante la conformación de la colonia Roma y hoy es una de las últimas joyas arquitectónicas del rumbo.

En la historia de tan sobresaliente edificio también participaron sus habitantes, quienes contribuyeron a forjar y difundir las leyendas que lo rodean. Por ejemplo, se dice que ahí vivió una bruja o chamana a quien llamaban La Pachita.

De acuerdo con lo que indica Jacob Grinberg-Zylberbaum en el tercer volumen del libro Los Chamanes de México, su nombre era Bárbara Guerrero y se hizo famosa porque en las décadas posteriores a la Revolución personajes de la vida pública del país acudían a consultarla y ella no cobraba su trabajo.

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Por los rituales practicados en esta casa se cuenta que se han quedado atrapados en su interior fantasmas y espíritus que molestan a las personas que han habitado recientemente el inmueble, escuchando ruidos extraños e incluso observando presencias desconocidas a todas horas.

Hoy el Castillo de las Brujas conserva su uso habitacional y se mantiene en constante mantenimiento para preservar su estilo arquitectónico.

 

El callejón del aguacate

Esta leyenda nos conduce a la época de Lázaro Cárdenas en la que un militar frío y solitario que vivía sobre el callejón, solía dar la vuelta por este lugar, percatándose continuamente de la presencia de un niño que anhelaba jugar con él porque le atraían su uniforme y trajes oficiales. Al militar le molestaba que se le acercara el niño con tanta insistencia por lo que en un momento de desesperación, lo golpea brutalmente llevándolo hasta el árbol que se encuentra en la esquina del Callejón del Aguacate, y lo ahorca colgándolo en el árbol (justamente el que está atrás de una virgen).

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Cuenta la leyenda que en este callejón, ubicado en Aguacate, en la Colonia Santa Catarina en Coyoacán, se oyen los gemidos y la presencia del niño, inclusive su cara de sufrimiento se forma en el tronco del árbol. Quienes han visitado este lugar a media noche dicen que el ambiente se siente lúgubre y tenebroso, como recordando aquel cruel asesinato en el que quedó como único testigo un monje que observaba el asesinato desde la ventana del claustro, donde vivían siete monjes.

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Otros aseguran que la virgen que está en la esquina del callejón llora sangre debido al trágico hecho, en punto de la medianoche. La leyenda habla de una cadena de sucesos de terror que vinieron después… por ejemplo, maldiciones que recibieron tres jóvenes que entraron al callejón en busca de un tesoro. Según algunos, una niña de siete años fue atropellada en el callejón y su espíritu se aparece en las madrugadas. También se dice que en una casa cercana se reunían personas que practicaban magia negra y que, jugando a la ouija, ésta les dijo que se iban a traicionar entre ellos y así fue, pues se mataron los unos a los otros. La leyenda cuenta también de un hombre que mató a toda su familia y que los enterró en el callejón, para después suicidarse.

 

La Casa de Don Juan Manuel

Cuenta la tradición que hace muchos años vivió un hombre muy rico en una casa situada en lo que ahora es República de Uruguay 94, en el Centro Histórico. Este hombre se llamaba Don Juan Manuel y estaba casado con Doña María, una mujer bella y con muchas virtudes. Pero la tristeza de aquel hombre estaba marcada por no haber tenido descendencia.

La pena lo consumía tanto que decidió enclaustrarse en el Convento de San Francisco. Mandó traer de España a uno de los sobrinos a quien más confianza y afecto tenía para que administrara sus negocios. Pasados algunos días, el temor por creer que, en su ausencia, Doña María lo había engañado con algún hombre, le hizo engendrar los más terribles e infundados celos, que lo arrastraron hasta la locura. Esa noche, trastornado por la desesperación, invocó al diablo prometiendo entregarle su alma a cambio de información sobre el supuesto adúltero que lo había deshonrado. Acudió Lucifer al llamado y ordenó a Don Juan Manuel que saliera del convento y que, justo a las once de la noche, matara al primer hombre que pasara cerca de su casa.

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A la noche siguiente del crimen, apareció de nuevo el demonio para informar a Don Juan Manuel que el individuo asesinado el día anterior era inocente; pero que, si quería encontrar al responsable, tendría que salir todas las noches a la misma hora y asesinar al primer hombre que encontrara próximo a su domicilio, hasta el día en que la propia figura del maligno se apareciera junto al cadáver del culpable.

De nuevo instalado en su mansión y envenenado por el odio Don Juan obedeció sin replicar, salía todas las noches a la calle, poco antes de las once. Cubierto con una capa negra, esperaba al primer individuo que pasaba enfrente y, acercándose, le preguntaba la hora.

Todos le respondían siempre “las once” y el contestaba: “¡Dichoso usted, que sabe la hora de su muerte!”. Brillaba el puñal en las tinieblas, se escuchaba un grito sofocado y el golpe de un cuerpo que caía. Terminado el sangriento trabajo el asesino, mudo, impasible, daba la vuelta y tranquilamente regresaba a su casa.

Una de tantas mañanas, tocaron a la puerta del caballero; era la ronda que, día a día, recogía el nuevo cadáver y lo transportaba a casa de sus familiares. Don Juan Manuel, al examinarlo, reconoció el cuerpo de su querido sobrino. La impotencia y la desesperación parecieron volverlo a la realidad. Desconcertado y arrepentido, corrió al convento de San Francisco. Entró a la celda de uno de los más sabios y fieles religiosos y, uno a uno, confesó todos sus crímenes, alegando que, al cometerlos, se encontraba bajo las órdenes de Lucifer. El reverendo, sin perder la calma, le mandó como penitencia, para poder absolverlo de sus culpas, que se presentara al pie de la horca durante tres noches seguidas y rezara un rosario.

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Durante la primera noche, cuando aún no concluía el rosario, Don Juan Manuel escuchó, sin saber de quién ni de dónde provenía, una voz sepulcral que suplicando decía “¡Un Padre nuestro y un Ave María por la salvación de Don Juan Manuel!”. Temeroso, el arrepentido volvió a su casa y esperó hasta el amanecer para ir al convento y contarle a su confesor lo sucedido.

Éste le indicó que continuara con su penitencia, ya que era la única manera en la que conseguiría la absolución. Humilde, sumiso y obediente, Don Juan estuvo a las once en punto en la horca; pero aún no había comenzado a rezar, cuando vio un cortejo de fantasmas, que con cirios encendidos conducían su propio cadáver en un ataúd.

Más muerto que vivo, tembloroso y desencajado se apresuró a casa de su confesor y, temiendo cercana la muerte, le pidió que le concediera la absolución; el sacerdote, satisfecho con el buen comportamiento del caballero, decidió otorgarle el perdón, con la condición de que no faltará esa última noche a cumplir su penitencia.

De esa última ocasión no se conocen muchos detalles, únicamente que, a la mañana siguiente, se encontró, colgado de la horca, el cadáver del señor Don Juan Manuel de Solórzano. La leyenda asegura que fueron los propios ángeles quienes colgaron a Don Juan Manuel. Se dice que sus pecados nunca fueron perdonados.

 

La Ciudad de México, es rica en leyendas, aqui nosotros sólo te contamos algunas y Atrápalo te da opciones de cómo llegar.

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