La inmortalidad digital

A estas alturas del partido, tres semanas después de su estreno y con el inmenso alcance de los medios electrónicos, esto ya no es ningún secreto. La más reciente aventura del universo creado por George Lucas, Rogue One: Una historia de Star Wars (Garret Edwards, 2016), ofrece las aportaciones más valiosas a este mito moderno en tiempos recientes. En esencia es el capítulo olvidado entre la trilogía original (1977-1983) y sus tres desiguales precuelas (1999-2005), donde dieron su vida un grupo de valientes para obtener los planos que permitieron la destrucción de la primera Estrella de la Muerte.

Argumentalmente, ello exige emplear personajes que se encontraban vivos o en su juventud en ese momento. He ahí el que es para mí su principal atractivo, nutrido por el poder de la nostalgia: revivir al Grand Moff Tarkin que interpretó el finado Peter Cushing, devolver su lozanía a la Princesa Leia Organa que encarnó la recientemente fallecida Carrie Fisher y ver de nuevo en acción –con toda su crueldad- al mítico Darth Vader. Y por si fuera poco con la espléndida voz de James Earl Jones. Sobre el deceso de Fisher, debo decir que fue una de las noticias más amargas del año que concluyó hace días. Pero volveré a eso. Los dos primeros regresos, facilitados por el avance de la tecnología, eran impensables hace tan solo una década y abren una puerta que no estoy convencido debamos cruzar. En algunos casos, con moderación, puede ser algo benéfico. Posibilitó que el equipo de producción de Rápidos y Furiosos 7 (James Wan, 2015) concluyera las escenas que no alcanzó a filmar el difunto Paul Walker, que el fortachón Arnold Schwarzenegger recuperara su esplendor físico en Terminator Genisys (Alan Taylor, 2015) o que Robert Downey, Jr. y Anthony Hopkins aparecieran rejuvenecidos en Capitán América: Guerra Civil (Anthony y Joseph Russo, 2016) y la primera temporada de la teleserie Westworld (2016), respectivamente.


En perspectiva, eso parece la mejor solución. Tarkin tuvo una fugaz aparición en el Episodio III: La venganza de los Sith (Lucas, 2005). Lo encarnó el actor Wayne Pygram, cubierto con un maquillaje que si bien era esmerado no lucia muy convincente.

El arribo de lo digital permitiría que comencemos a ver películas protagonizadas por astros de otros tiempos. Podríamos ver de nuevo a Marilyn Monroe en una comedia romántica junto a Rod Taylor, o a Bela Lugosi y Vincent Price, en la plenitud de sus capacidades, en una nueva historia del género que nos une. Y aunque la idea parece seductora, creo que debemos evitar caer en la tentación. Adoptarla como costumbre, puede ser perjudicial para el talento emergente. Si los grandes estudios están interesados –por sobre todas las cosas- en las jugosas ganancias económicas, siempre encontrarán más redituable realizar un proyecto que tenga en el primer crédito a Marlon Brando o Elvis Presley que a algún nuevo y desconocido actor. Y en este momento, pese a lo innovadora que es, la técnica se encuentra en pañales. ¿Recuerdan el revuelo que generó Final Fantasy: el espíritu entre nosotros (Hironobu Sakaguchi y Motonori Sakakibara, 2001)? Hoy, a 16 años de distancia, la cinta luce muy semejante al videojuego promedio. En sólo 10 años, las posibilidades alcanzarán su madurez. No estoy seguro de querer verlo. No es renuencia al progreso, ni aferrarse irracionalmente al pasado. Simplemente, lo nuevo no siempre es mejor. Hace muy poco me lo volvió a mostrar el pequeño Víctor en Frankenweenie (Tim Burton, 2012). “No tienes que regresar, amigo. Vivirás en mi corazón”. Sin importar la depuración de la técnica, la genialidad de Peter Cushing o Carrie Fisher se fue con ellos a la tumba. Son únicos e irrepetibles. Hay que aprender a dejar descansar a nuestros muertos. Intentar traerlos nuevamente a la vida me suena al viejito millonario que pretendió, con el milagro de la ingeniería genética, poblar un parque de atracciones con dinosaurios. Conocen bien el resultado.

Sobre la muerte de Carrie Fisher, a la que su señora madre Debbie Reynolds alcanzó el día siguiente, sólo puedo expresar mi más profundo pesar. Su partida es un aviso de mi propia mortalidad. Fue el punto culminante de un año en el que perecieron muchas de las figuras clave de mi educación sentimental: David Bowie, Alan Rickman, Umberto Eco, Gene Wilder, George Michael y tantos otros. Vi hace poco un gráfico en redes sociales que decía que el cantante británico, uno de mis héroes –como escribí en su momento-, había fundado un mejor universo paralelo y lo está poblando selectivamente. Sin duda es un lugar que me gustaría ver. Los últimos instantes de Rogue One, con la sonrisa franca y esperanzadora de Fisher, son simplemente conmovedores y nos confirma algo imposible de negar. Ahora ella es una con La Fuerza.

Les deseo a todos el mejor inicio de ciclo. Se avecinan tiempos difíciles. Por ello la imaginación y la fantasía cobran tanta relevancia. Nos leeremos la siguiente semana.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Escribió la puesta en escena “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.

 

Roberto Coria

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.
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