Directo del álbum

Platicaba sobre los emotivos sentimientos que pueden despertarnos el reencontrar una vieja imagen –o una serie de televisión- justo cuando nos sorprendió la Semana Santa. Debemos ese prodigio a los genios que, a lo largo de los siglos, depuraron la técnica para capturar y preservar esas vivencias irrepetibles. En mis clases de Ciencias Forenses suelo decir que no tenemos el poder de congelar en el tiempo y el espacio las circunstancias que ocurren después de cometerse un hecho delictivo. Por ello tenemos que recurrir a diferentes métodos, como la Fotografía. No es posible adjudicar ese mérito a una cultura o persona en particular, pero lo cierto es que se trata de un hecho que nos definió culturalmente. Es el cimiento de otro suceso cuya afición nos hermana. Me refiero naturalmente, a la Cinematografía. Y concretamente a ese género incomprendido que celebramos en Mórbido.

 

En lo general, como en nuestra cotidianidad, se emplea para capturar acontecimientos dignos de recuerdo. Así sucedió en la boda de Connie Corleone (Talia Shire) y el truhan Carlo Rizzi (Gianni Russo) en la joya –cuyo título no es necesario mencionar- que Francis Ford Coppola dirigió en 1972. O esa celebración, tras la primera redada exitosa de un grupo de justicieros, donde el contador Oscar Wallace (Charles Martin Smith), el agente hacendario Elliot Ness (Kevin Costner), y los policías Jim Malone (Sir Sean Connery) y George Stone (Andy García) del que somos testigos en Los Intocables (Brian De Palma, 1987).

 

En la escena final de Arma Mortal 4 (Richard Donner, 1998), el fastidioso Leo Getz (Joe Pesci) pide a un enfermero registre la felicidad de los personajes. “¿Son amigos?”, les pregunta antes de accionar la cámara. “¡Somos familia!”, responden todos a coro.

En ese mismo tenor, pero más cercanas a nuestro territorio, se encuentran las que se tomaron los integrantes de la pandilla infantil conocida como Los Siete Suertudos en la miniserie Eso (Tommy Lee Wallace, 1990), o la que conocimos ese mismo año en Volver al futuro, parte III (Robert Zemeckis, 1990) donde los viajeros en el tiempo Emmet L. Brown (Christopher Lloyd) y Marty McFly (Michael J. Fox) posan al lado del epicentro de su odisea.

 

No olvidemos la placa tomada a los valientes soldados estadounidenses al asegurar accidentalmente –para nuestro beneficio- al Hijo del Diablo en Hellboy (Guillermo del Toro, 2004) o la que captura el descubrimiento de la primera víctima oficial de Jack el Destripador en Desde el infierno (Albert y Allen Hughes, 2001).  Vale decir que esto nunca ocurrió en la vida real. Aunque la posibilidad ya existía (en el año 1888), no se usaba como un procedimiento habitual para documentar una escena del crimen.

 

Pero tenemos otro tipo de fotos: las que revelan un suceso crucial para la historia. ¿Recuerdan ustedes cuando la entomóloga Susan Tyler (Mira Sorvino), con sólo un doblez, se da cuenta del nefasto plan de la evolución en Mimic (Guillermo del Toro, 1997)? ¿O esos últimos momentos en la delicia taiwanesa Están entre nosotros (Shutter, Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom 2004)? Esta última no pudo escapar de la tendencia del remake (Masayuki Ochiai, 2008) con un resultado que no emula en absoluto al efecto de su antecesora. Sobre la fotografía de fantasmas, ya he escrito en el pasado.

 

En los ejemplos anteriores, todo es evidente a través de tomas hechas en el hoy obsoleto sistema Polaroid. Porque la Fotografía, como todas las áreas del conocimiento, avanza a pasos agigantados. Todos nuestros teléfonos celulares cuentan con una cámara –casi siempre de alta resolución- y conexión a Internet que no dudamos en utilizar a la menor provocación, cosa impensable hace sólo una década. Al menos el destello del flash de uno de estos primitivos aparatos sirvió a la inocente Kate Beringer (Phoebe Cates) para repeler a los maliciosos monstruos que la acechaban en la divertida Gremlins (Joe Dante, 1984). Creo que las instantáneas que la chica hizo debieron acompañar sus créditos finales.

 

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.

Roberto Coria

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.
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