Sucedió a la orilla de un lago

Siempre lo he dicho: ser leal con el niño que fuiste alguna vez puede ofrecerte grandes recompensas. En el otoño de 1998, mis obsesiones monstruosas me permitieron comenzar a dar clases sobre literatura de vampiros. Lo hice gracias a mi Universidad Nacional, institución incluyente y generosa a la que debo tanto. Fue en uno de sus recintos más preciados, su Casa del Lago. Ubicada en la primera sección del bosque de Chapultepec en esta capital, en un bello caserón de estilo francés, fue destinada en 1959 para ser el primer centro cultural extramuros del organismo. En el año 2002 adoptó el nombre de su primer director, el escritor Juan José Arreola, orgullo de la imaginación y las letras nacionales. En ella pude dar toda clase de cursos (desde asesinos en serie, el Demonio hasta personajes del período victoriano) y proponer ciclos de cine de distinta temática (sobre licántropos, Tim Burton¸ Boris Karloff y Vincent Price, entre otros). Vi en escena muchos de los trabajos del Teatro Gótico de Eduardo Ruíz Saviñón, como Los perros de Tíndalos de Frank Belknap Long o Asfódelos de Bernardo Couto Castillo. Fui parte de un homenaje al primer actor Ignacio López Tarso. Participé en numerosas presentaciones editoriales y conferencias. Fue una época gloriosa. Ahí ocurrieron cosas maravillosas que cambiaron mi vida. Casa del Lago siempre representará los cimientos de lo que soy actualmente.

Mañana regresaré a ella para acompañar a Abraham Castillo, erudito y apasionado del cine que nos gusta, para inaugurar la que estoy seguro será la primera colaboración de nuestro festival con este lugar extraordinario. Y será para presentar una cinta que conocí en mi tierna infancia y adoré instantáneamente. Producida en la última etapa de la era dorada de Universal Pictures, El monstruo de la Laguna Negra (Jack Arnold, 1954), conocida en España como La mujer y el monstruo, presenta a una de las criaturas más fascinantes e incomprendidas de su galería. A diferencia de sus antecesores, no fue creada por el talentoso Jack Pierce o por su carismático pero menos habilidoso sucesor Bud Westmore, sino por una artista que no ha recibido el justo reconocimiento: Millicent Patrick, pintora y antigua animadora de la casa Disney. Ella es la mejor prueba de que las mujeres pueden realizar los horrores más imperecederos. Su terrible ser acuático, llamado Gill-man por la producción, ha permeado de todas las formas a la cultura popular de nuestros días, como en su aparición especial en las viejas aventuras de la Familia Munster, en la cortinilla de la edición XXIV de la tradicional Casita del árbol del horror de la amarillenta familia Simpson, dirigida por nuestro paisano Guillermo del Toro, o su presencia en Lego Batman: la película (Chris McKay, 2017). Pero sobre eso hablaré en mi siguiente entrega.

Ojalá nos veamos por allá. Pueden consultar la programación completa aquí.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. Fue Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México por 22 años.

Roberto Coria

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.
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