El abogado del lobo

La semana pasada hablé de la relación de Bela Lugosi y Boris Karloff, los dos primeros integrantes de la que llamo La Santísima Trinidad de la Época de Oro del cine de horror estadounidense. La triada fue completada con el arribo al panorama de Lon Chaney Jr., único vástago del gran precursor de la industria, talentosísimo actor y Maestro consumado del maquillaje Lon Chaney.

En la estupenda antología de cuentos El hombre lobo insólito (Timun mas, España, 1996), el prólogo titulado ¡Que viene el lobo! de Harlan Ellison nos recuerda que llegó a este mundo como Craighton Tull Chaney el 10 de febrero de 1906, y que nació muerto. “Su padre lo tomó en brazos, salió a la noche gélida de Oklahoma, rompió el hielo de la superficie del lago Belle Isle con un mazo y sumergió al bebé en las aguas heladas, devolviéndolo así a la vida”. Al crecer siguió los pasos de su inmortal padre, quien inevitablemente lo eclipsó en el principio de su carrera. Eso fue hasta que llegó el papel que le valdría su propio lugar en el Olimpo del género que amamos. La melancolía natural que su rostro reflejaba lo hizo perfecto para encarnar al protagonista de El hombre lobo (George Waggner, 1941), un noble arrastrado contra su voluntad a la otredad. De esta cinta podría escribir largamente, pero la utilizo como punto de partida para cumplir otro pendiente que inicié hace meses, cuando reseñé el infame remake de su primo clásico La momia (Karl Freund, 1932). Ambos –el licántropo y la momia- compartieron el mismo destino.

Es cierto que Joe Johnston parecía la opción menos idónea para dirigir la reelaboración de El Hombre Lobo. Su trayectoria incluye cintas como Querida, encogí a los niños (1989), Rocketeer (1991), Jumanji (1995) y Parque Jurásico III (2001). Discípulo de Steven Spielberg, Johnston ha demostrado ser un hábil usuario de los efectos especiales. Si bien la calidad de sus productos es cuestionable para muchos, sus obras han demostrado ser entretenimientos eficaces. Yo las disfruté en su momento. De cuán redituables fueron, económicamente hablando, no discutiré pues las amables cifras hablan por sí mismas. De su desempeño como director de El Hombre Lobo (The Wolfman, 2010), sólo puedo dedicarle las mayores alabanzas, cosa que puede sorprender a más de uno. Por principio contaba con ingredientes de primera calidad: el respetuoso guión de Andrew Kevin Walker (Seven, El club de la pelea, La leyenda del jinete sin cabeza) y David Self captura el espíritu del que nos presentara Curt Siodmak en 1941, un sólido elenco que incluye a los laureados Benicio del Toro y Antony Hopkins, apoyados por Emily Blunt, Hugo Weaving y Geraldine Chaplin en una aparición especial como la gitana Maleva, un espléndido diseño de producción de Rick Heinrichs, una poderosa partitura de nuestro viejo conocido Danny Elfman y extraordinarias secuencias de transformación a cargo del talentoso Rick Baker, nombre siempre asociado a la zooantropía gracias a Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981),  y al video musical Thriller (también de Landis, 1982). El propio Baker, por cierto, tiene una breve aparición en la cinta. Por si fuera poco, ganó un Premio Óscar por su desempeño.

El hombre lobo de 2010 toma personajes y situaciones de la cinta original y los lleva en nuevas direcciones que incluyen tortuosos secretos familiares, la fascinación de la comunidad médica victoriana por los casos médicos extraordinarios, una referencia tangencial a los homicidios de Jack el destripador y tributos a otras cintas memorables del tema, como aquella masacre urbana en el desenlace de Un hombre lobo americano en Londres –con autobús de dos pisos incluido- o el enfrentamiento climático de Lobo (Mike Nichols, 1994). Incorpora con fortuna la estética del cine gore –con decapitaciones y sangre que salpica la cámara- pero se toma el tiempo de ser respetuosa con elementos del filme antecesor, como los cuartos traseros del licántropo, el pentagrama que se nota fugazmente en la palma de la mano del héroe o el mítico bastón con empuñadura de plata, voluminoso en 1941 pero ergonómico para nuestra era. Mi amigo Giancarlo DiMarco lo reprodujo para mí cuando tuve la necesidad de utilizar uno cotidianamente.

Si algo debiera reprocharle es la ausencia de algo que caracterizó al trabajo protagonizado por Chaney. Su Lawrence Talbot era trágico, pleno de remordimientos, muy semejante al adicto que se recupera de sus excesos y sufre por las acciones que realizó bajo el efecto de los paraísos artificiales. Su humanidad está en permanente conflicto con la bestia que se libera en las noches de luna llena. Es muy diferente del vampiro chillón que tanto he criticado, el que llora y se lamenta de su condición. Lawrence Talbot no tiene control sobre su otro yo. El hombre y el monstruo son dos entidades independientes, nunca conciliadas. He ahí su maldición. Benicio del Toro no logra capturar del todo ese atributo, y sin embargo no sale mal librado. Escuché en los días que siguieron a su estreno en la radio a un crítico calificar la película de “asquerosa” y “que no ha superado el maquillaje de Thriller”. Estoy en total desacuerdo. No es mala en absoluto. Viéndola en perspectiva, es todo lo que suponía la creación de un Universo Cinematográfico que rindiera un tributo cuidadoso a sus raíces. Poseía la atmósfera correcta y grandes actuaciones. El hombre lobo de 2010 no se apena de presentarse como una película de horror. No echa mano de risas o acción trepidante para “atrapar” a los nuevos públicos. Tampoco trata desesperadamente de replicar el efecto Marvel. No abusa de imágenes por computadora, sino que une eficazmente a los dos mundos –efectos tradicionales y digitales-. Y a pesar de todo fue un fracaso en taquilla. Costó 150 millones de dólares y apenas recaudó 140, lo que anuló cualquier posibilidad de emplearla como modelo y mucho menos de iniciar una franquicia. C´est la vie.

Finalizaré con un ejercicio de imaginación: El hombre lobo de 2010 fue un éxito moderado y los sabios ejecutivos de los Estudios Universal deciden seguir ese rumbo. Contratan a Guillermo del Toro –quien para ese momento tiene un premio Óscar en el bolso- para llevar a cabo su largamente acariciado proyecto de hacer una nueva versión de Frankenstein, y si recordamos que este personaje cruzó su camino con Lawrence Talbot en Frankenstein contra el hombre lobo (Roy William Neill, 1943), me encantaría ver nuevamente la batalla de estos dos colosos. Y ese es el inicio de su Universo Oscuro tan anhelado. Será mi primera petición de este año a Santa Claus.

Esta es mi última Tinta Negra en el agonizante 2017. Les deseo a todos lo mejor y mucho horror –del bueno- en el año venidero. Nos leeremos el jueves 11 de enero de 2018.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y La conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es autor de la obra de teatro “El hombre que fue Drácula”. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico.

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