Retomo la vida de Eugène François Vidocq (1775-1857), un interesante individuo cuyas hazañas han sido magnificadas con el paso de los años y con quien la Historia ha sido increíblemente benévola. Esto mayormente a causa de la autobiografía –hecha por un escritor fantasma por encargo suyo- publicada en la cúspide de su carrera policial. Vidocq nació en un hogar de clase media en la ciudad francesa de Arras el 24 de julio de 1775. Su padre era panadero, y conoció en la peor manera las inclinaciones del tercero de sus  cinco hijos: robó la caja del comercio en varias ocasiones. Esto fue el indicador de una juventud problemática, marcada por numerosos problemas legales por robo y fraude (muchos de los cuales lo enviaron intermitentemente a la cárcel), además de una conducta irresponsable y temeraria. Era el típico muchacho que saltaba al vacío sin preocuparse dónde iba a aterrizar. Creció como un hombre carismático, de palabra fácil, temperamento volátil y corazón ligero –era todo un Don Juan-. Se enlistó en el ejército en 1791, pero desertó eventualmente pues tenía serios problemas con la figura de autoridad.

 

Ingresó nuevamente a la penitenciaría de Bicêtre en 1809, poco antes de cumplir 34 años, pero con los privilegios que le supuso una encomienda de Jean Henry, Jefe de la Policía parisina: se convirtió en informante gracias a su facilidad para relacionarse con el mundo criminal. Tras 21 meses de servicio fue liberado y tomó una iniciativa sin precedentes. Puso a disposición de Henry sus amplios conocimientos en el bajo mundo –robustecidos por su memoria prodigiosa que le permitió crear el primer archivo delincuencial de esa nación- a cambio de no ser encarcelado nunca más. Henry aceptó. Desconozco su razonamiento, pero aceptó felizmente. Hay que contextualizar su decisión. En ese momento Paris, la Ciudad Luz, corazón del mundo de la época, era un hervidero de crímenes. Tal vez pensó que “sólo puede combatirse el fuego con fuego”. Vidocq pidió la ayuda de un grupo de valientes, dignos de su confianza –sus amiguitos de presidio-, para la peligrosa misión de devolver la seguridad a su urbe. Resolvió que su grupo se llamaría Brigade de la Sûreté. Curiosa ironía. La Policía Nacional de Francia fue fundada por un criminal.

Los métodos de Vidocq dieron resultados casi de inmediato –fundamentalmente porque investigaba durante el día los delitos que él y sus cómplices cometían por las noches y achacaban a bandas rivales, con lo que eliminaba a la competencia-, colocándolo en un pedestal ante los ojos de la población –para este momento sus Memorias (1827) eran ampliamente conocidas-. Se convirtió en una celebridad que trabó relación con figuras del mundo intelectual del momento, como los escritores Víctor Hugo y Honoré de Balzac. ¿Ustedes recuerdan que años más tarde Arthur Conan Doyle nos describía que su Sherlock Holmes se disfrazaba con gran destreza para conseguir información en sus investigaciones? Tomó el ejemplo de Vidocq, quien se caracterizaba para internarse en los bajos fondos de la ciudad y no ser reconocido. Pero su iniciativa e ingenio siempre serán ensombrecidos por los abusos y enormes injusticias que cometió durante su reinado.

Como dice la expresión popular, “no hay mal que dure 100 años”. Sólo fueron 21. En 1832, la brigada de Vidocq fue disuelta y la institución reestructurada con elementos sin antecedentes penales. Fue despedido y al año siguiente fundó Le bureau des renseignements, una suerte de agencia de investigaciones y cuerpo de seguridad privada    –con el aval de su “buen nombre”- donde dio empleo a su alegres secuaces. Continuó en  contacto con el mundo judicial, pues tuvo problemas legales por fraude y sus nuevas actividades –incluso fue encarcelado por una última ocasión-. Murió en su hogar el 11 de mayo de 1857 a la edad de 81 años. Aunque los hechos hablan por sí solos, existen testimonios que lo vindican como los del escritor y visionario político Alphonse de Lamartine: “siempre lo recordaré como un hombre honesto”.

Hace semanas hablé de su perdurabilidad. Y no me refiero a que muy probablemente fue la figura que inspiró a Edgar Alan Poe para crear a Auguste Dupin, o que fuera el modelo de Javert en Los Miserables (1862) de Víctor Hugo, o que sus consejos sirvieran a Sir Robert Peel para dar forma a Scotland Yard, o a la Sociedad de Investigadores Forenses que lleva su nombre –fundada en Filadelfia en 1990-, sino a que ya fue inmortalizado por el Séptimo Arte. En 2001 el diseñador de efectos visuales y cineasta francés Jean-Christophe Comar, quien firma sus obras como Pitof, nos entregó Vidocq (bautizada en estos rumbos como Muerte en Paris), una curiosa cinta –la primera en ser filmada en su país enteramente en alta definición digital- donde el detective investiga los crímenes de un asesino sobrenatural enmascarado conocido como El Alquimista. A nuestro héroe lo interpretó el laureado Gerard Depardieu, a quien vemos dando piruetas y arriesgando su vida para restaurar el bien. Vidocq no puede tener mejor reconocimiento.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas. Es asesor en materia literaria de Mórbido. Escribió la obra de teatro “El hombre que fue Drácula” y es co-conductor del programa de radio “Horroris causa”. Fue Perito en Arte Forense de la Procuraduría de Justicia capitalina.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.