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“El Comegente” de Venezuela

Por Pedro Soto de Landa

vargasLo interesante del mundo del terror es que es posible viajar por cualquier rincón del mundo y encontrar una noticia perturbadora. Esta semana, estimado mórbido lector, toca el momento de Venezuela. Dicha nación se ha colocado constantemente en la mira de los reflectores gracias a los característicos personajes que habitan el país sudamericano. Algunos amados, otros odiados e incluso temidos, los característicos venezolanos son siempre buena fuente para la nota política y amarilla. Pero no desespere, no vengo a aburrirlo con temas de campaña, ex presidentes recién fallecidos, análisis político-social o de un perfil psiquiátrico del presidente recién electo con síntomas esquizofrénicos, deidades que parecen filias y delirios que involucran aves parlanchinas. Todos estos politiquillos de alma malévola se quedan cortos con el asesino serial de esta semana; estoy hablando de uno de los más temidos de Venezuela, un psicótico que hace que la salud mental de cualquier loco promedio parezca la de un perro cachorro. Me refiero al asesino Dorángel Vargas.

Tal vez su nombre no sea de lo mas aterrador, pero si solías ser un visitante frecuente de algún parque en San Cristóbal no hubieras opinado lo mismo. Vargas era un vagabundo, como muchos otros a mediados de los años noventa. Recorría las calles buscando un lugar donde dormir y poseía un par de objetos. Pero algo lo diferenciaba del resto: era el vago mejor nutrido de todo el estado de Táchira. Su dieta rigurosa lo mantuvo fuerte y saludable durante la mayor parte de su vida adulta. Lamentablemente, ésta no incluía verduras, cereales ni lácteos. Dorángel Vargas se alimentaba de carne humana. Así es, el llamado “Comegente” solía cazar a sus víctimas en el parque Doce de Febrero durante las noches, a pocos kilómetros de Caracas.

Desde su juventud vivió bajo el castigo de la ley y siempre con hambre de por medio: se le atribuyeron un par de robos de gallinas y cabezas de ganado. Años más tarde lo encerraron en un psiquiátrico por degustar su primer bocadillo humano. La seguridad de dicho recinto no estaba a la altura de este insaciable sujeto, por lo que logró escapar. Se escondió tras la máscara de un vagabundo inofensivo, tratando de controlar su violento apetito. Su mente no soportó más y la bestia interna de Dorángel logró escapar. Así fue como la carnicería dio comienzo.

Vargas acepta haber consumido a más de diez víctimas a lo largo de dos años, aunque las investigaciones posteriores revelaron que podrían haber sido más de treinta. Durante su confesión, el “Hannibal Lecter de los Andes” reveló su (¿) nutritiva y deliciosa (?) dieta: sus cortes favoritos eran muslos, glúteos y otras partes carnosas. Trataba de evitar genitales, manos y pies, aunque acepta haberlos probado un par de veces siendo víctima de la curiosidad. Su bestia interna se fortalecía con un caldo de ojos que, según él, era rico en nutrientes. Y aunque la dieta parezca de un ogro o alguna creatura de un cuento de terror, todos los hechos fueron confirmados.

El mayor enemigo de Vargas fue la pobreza misma; al no poder comprar una nevera, le fue imposible conservar a sus víctimas por varios días, por lo que tuvo que cazar con mayor frecuencia y las zonas para enterrar los restos fueron escaseando. En  febrero de 1999 un grupo de jóvenes encontraron varios restos humanos al estar escarbando en el parque. Lo arrestaron a los pocos días.

Esta columna puede abrir el apetito o causar una náusea tremenda, por eso le pregunto, ¿estaría usted dispuesto a ingerir carne humana o un buen caldo óptico con tal de terminar con un hambre insaciable?, en fin, nos leemos la siguiente semana. Bon Appetit. 

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