Por Jesús Chavarría

Al momento de ver, en compañía del director Gareth Edwards, algunas escenas de lo que será la nueva película del célebre Rey de los Monstruos, el niño que aún se alberga en mi cabeza y mi corazón, aquél que se emocionaba al asistir a la proyección de las ya en ese entonces viejas películas bélicasEl Botín de los Valientes (1970)-, de monstruos gigantes – Godzilla (1984) – y similares, vuelve a hacerse presente de forma irremediable. Pero más allá de este sentimiento, que al menos a mí me parece un síntoma de cinéfilo saludable y me hace pensar que esta cinta podría volver a generar la magia de matiné, propia de las más representativas aventuras fílmicas de Godzilla, es un hecho que lo que tuvimos oportunidad de ver, también da suficiente material para algunas reflexiones. La primera de ellas es el manejo del tono, que deambula más por el melodrama, acercándose a los inicios del concepto y presentando al monstruo como una incontenible fuerza de la naturaleza, que llega para recordarle a la especie humana, que a pesar de lo que ha conseguido en la búsqueda de controlar su entorno, aún puede encontrarse tan indefenso como al principio. Esto al mismo tiempo, un cambio importante pues esta vez, no llega como resabio de los estragos bélicos vividos –los ataques de Hiroshima y Nagasaki- sino para remover a la sociedad instaurada en un engañoso estado de confort. De entrada esto pinta muy bien, habrá que esperar a ver el resultado completo. Ah, pero volviendo con el asunto del niño interno, si hay algo que le emocionó al ver esta selección de escenas, es la apariencia de Godzilla, onda las viejas botargas pero en CGI, amén de que parece habrá más de dos monstruos en pantalla, asegurándonos que el más espectacular de los catch fílmicos está de regreso.

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