Por Nico Ruiz

Cuando se supo que Tim Burton iba a hacer una nueva adaptación de Alicia en el país de las Maravillas, el mundo se paralizó en horror. En particular, lo que más me molestaba de ese prospecto no era que, como bien se dice, este tipo no haya hecho una película original desde Beetlejuice, ni que nos tuviéramos que soplar otra infumable interpretación a medias de Johnny Depp. No, lo que me molestaba no era tampoco la falta de fidelidad a los geniales libros de Lewis Caroll que conocí mucho después, sino la imagen que guardaba, sacra, de la película de Disney. Me dirán que eso es una aberración, que la película cincuentera era otra de las locuras demasiado calculadas y musicalizadas por Walt Disney. Y tienen razón. La cosa es que, dentro de todas las películas para niños que me soplé, esa era la que más podía llegar a producirme terror. Terror real, duradero, ese terror mínimo que se va instalando en la comodidad, que roza la normalidad y siempre se golpea con la demencia; el terror sutil, profundo, de no tener idea de lo que está pasando. La línea lógica de la película me parecía entonces tenue comparada con la irrealidad alucinante de las circunstancias. Y esto me producía una verdadera incomodidad. Digo, no es que no hubiera películas para niños que fueran terroríficas, en todas se moría la mamá, o el papá y el villano podía tener poderes sobrenaturales tremendos. Cierto, pero ninguna me parecía tan consistentemente encaminada a la locura, al derrape completo del sentido; y eso me causaba más ansiedad que toda lucha maniquea del bueno contra el muy malo. Claro que es ahí en donde Burton la embarró completamente.

Ahora me pregunto, tantos años después, por qué este simple precepto no ha sido aplicado con más frecuencia al cine de terror. En general, para causar esa incomodidad, ese miedo a lo inesperado, se necesita un mínimo de incertidumbre, una pérdida momentánea del sentido, y eso lo vemos en toda cinta del género. Sin embargo, nadie lo aplica en el cine occidental tan sistemáticamente como en Alicia en el país de las maravillas, ¡película de Disney y de los años cincuenta! Nadie claro, que yo sepa -mención honorífica a Kubrick-, hasta Pascal Laugier. Porque este es el meollo de las películas del director francés (St. Ange o House of Voices, Martyrs, The Tall Man). Hay algunas mucho mejores que otras, cierto, pero en todas encontramos la expresión tremendamente incómoda del sentido que se escapa hacia la locura. Laugier logra torturarte durante gran parte de sus películas con pistas de género, y en eso logra un terror que se contempla a sí mismo. Porque para perder el sentido hay que tenerlo primero. Así, sus películas empiezan con una cierta lógica según el subgénero que quiera probar primero: la mujer golpeada y desquiciada que rememora un slasher o asesino serial, los niños en el orfanato en referencia a algún terror sobrenatural… y luego derrapan en la completa locura. Te atrapa con la familiaridad del género y tranquilamente piensas en otra película de asesino en serie, en otro cuento de fantasmas, en cualquiera de los ya muy trillados esquemas narrativos que explota, más que nadie, Hollywood.

Tal vez ese sea el punto de la pérdida de sentido en las películas de Laugier. Mucho se ha comentado sobre el New French Extremity  y se han incluido grandes directores que no necesariamente entran de lleno al terror: Grandrieux, Leos Carax, Gaspar Noé… Lo que los caracteriza a todos es, sin duda, su lejanía con los fenómenos de masa hollywoodenses. Y no nada más por el tremendo gore, sino porque se alejan completamente de sus limitaciones en todo sentido: esquemas narrativos, traumas de género, respeto al espectador, buena corrección política y comprensible conducta moral de los personajes… Es por eso que utilizar pistas genéricas comunes para despistarnos completamente es parte de la comprensión crítica que tiene Laugier del terror de todos los días: sabe que como espectadores estamos cómodos en convenciones y nos quita el tapete de los pies para meternos en su mundo de elaborado terror psicológico en donde nadie sabe bien qué está pasando. El señor, no hay duda, sabe de intriga superior e inteligente.

No digo, claro, que siempre se salga con la suya. En particular, The Tall Man acaba siendo un comentario sociológico algo soso. Sin embargo nadie puede dudar del enorme logro que fue su obra maestra Martyrs y es justamente en respeto y admiración a esta tremenda película que fue espeluznante oír todos esos rumores sobre su remake en Hollywood. Y es en ese sentido que quería escribir algo sobre ella por que, a pesar de que los rumores siguen siendo rumores desde el 2010, lo que se anticipó daba escalofríos. Los productores de la cinta son, para empezar, los que nos trajeron Twilight y, aparte de la completa incompatibilidad que puedan tener con algo tan extremadamente brutal –en tantos sentidos- como Martyrs, son los responsables de una de las sagas más complacientes a nivel de estereotipos narrativos y genéricos. Nada bueno puede salir de eso. Y aunque el director escogido para el proyecto, Daniel Stamm, haya ya dirigido una película de terror –la también anecdótica The last Exorcism, lo que mencionó al L.A. Times sobre el remake acaba de tirar por la borda toda esperanza: “Martyrs es muy nihilista. El acercamiento americano [que estoy buscando] va a pasar por toda esa oscuridad pero tendrá un rayo de esperanza. No tienes que suicidarte cuando termine”. Esto no nada más promete destruir la violencia radical con la que se confronta al espectador, sino que apunta a un final diferente, un final esperanzador, es decir, uno en donde se resuelve la película, en donde se apagan las dudas y todos salen reconfortados. ¿No es esto el completo opuesto a la premisa de la película?

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Martyrs es, antes que nada, un comentario en uso de una amplia gama de géneros de terror y después, fundamentalmente, un enorme logro en algo poco explorado con eficiencia: el terror metafísico. La película toma prestados mecanismos genéricos y se forja su propio camino a un final inesperado y único que reflexiona ahí en donde todos estos géneros dejan de cuestionar. Completa demencia genérica llevada a su más alto nivel: la película comienza como terror sobrenatural, pasa por un asunto de home invasion, algo de slasher, se da una vuelta por el terror psicológico, y siempre se instala de lleno en el gore. Pero este no es el gore gratuito por el placer del impacto que nos trajo Eli Roth en sus hostales o que quiso lograr añadiendo un elemento sexual retorcido Srdjan Spasojevic con A Serbian Film; no es ni de cerca el tipo de gore que encontramos en sus compatriotas Frontière(s) o À l’intérieur; ni siquiera algo parecido al gore polémico del remake de Evil Dead o al sufrido y ya clásico, también automutilatorio, gore de Saw. Esta violencia se pasea por los géneros y termina por crear el suyo. Se trata de sangre siempre impactante que salpica la pantalla acompañando virtuosamente la invasión de hogar, lo sobrenatural, lo psicológico e instalándose de lleno en el terror metafísico. Y es, justamente, en este punto en que deja de ser la violencia a las que nos tiene acostumbrados el terror: exagerada, explícita, sucia, coreografiada para que parezca torpe. Ésta se convierte en la violencia metódica de la pequeña humillación, la violencia de un corte de pelo, de las cadenas, del alimentar a alguien con una papilla asquerosa diariamente, fríamente.

Esta violencia no responde ya a los placeres degenerados del ser humano, de los ricos, de los pobres, de los enfermos, de los marginados o de los encumbrados. Esta es la violencia que más ha aterrado al hombre en la historia: la violencia metódica, fría, impersonal de quien persigue una idea. Y tal vez por aquí vaya el comentario político de Laugier, elemento constante en el llamado New French Extremity; tal vez toda esta película sea un comentario de venganza fallida sobre los horrores del nazismo que perduran, en otras formas, sobre la manera en que alguien puede legitimar apropiarse del cuerpo del otro para perseguir una causa. Tal vez. En todo caso, esto no es lo que más nos puede impresionar del género que explota la película. Esta cinta persigue el problema metafísico de la vida después de la muerte mucho más allá de lo que lo hace cualquier película sobrenatural, cualquier horror religioso. Porque finalmente las historias de fantasmas y de demonios, particularmente en Hollywood, tienden a ser completamente explicativas. En ese sentido son también una tortura: se empecinan en explicarle la trama al espectador como una papilla sosa empujada a la fuerza. Todo termina por explicarse, el espíritu bueno pero vengativo, el demonio anquilosado viejo, la solución arqueológica, el exorcismo, la sinceridad valiente del héroe o heroína, etc. –ahí, justamente, podría residir toda la efectividad interpretativa de The Shining: en que no explica nada.

No, el terror metafísico de Laugier es totalmente diferente. Se acerca con paciencia a su clímax, nos hace sentir la lenta tortura, la espera ansiosa de quienes buscan descubrir en el martirio de otros una visión de lo que viene después de la muerte. Y todo regresa a eso, a viejas historias de mujeres y hombres jóvenes desaparecidos, de una organización esotérica adinerada de personas que entregaron sus vidas, su humanidad, para descubrir el más grande secreto de todos, el secreto que encierra la trama de gran parte del terror, el de la vida después de la muerte. Pero Laugier no se queda ahí, porque su película interroga profundamente. Es en ese sentido en que la cita del supuesto nuevo director para el remake americano muestra su profundo error: el final es tan inesperado como inquietante. Revelado el secreto a la líder del peculiar culto metafísico, ésta se suicida con la duda que pende sobre todos: a la pregunta de su asistente “¿Y entonces hay algo?”, ella responde, “siga preguntándose”. Ahí radica toda la inteligencia de la película que de un paseo genérico pasa a cuestionamientos que rebasan por mucho las dudas sobrenaturales de anteriores intentos.

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Porque seguiremos preguntándonos también: ¿Fue un regalo su suicidio, una forma de evitarnos una certeza terrible? ¿Fue más bien un castigo, una forma de adelantarse sin decirnos a algo deseable? ¿Fue la inutilidad de todo la que llevó la pistola a su cabeza, el saber que no queda nada después de la muerte? El mártir, el torturado, la víctima de la película, de tantas películas, aparece como el único humano libre: aquél que sabe qué sucederá. Nos quedamos, el resto, con la misma sensación de las películas de Laugier, la sensación de incomprensión, de pistas que nos hacen sentir en casa y que introducen el pequeño elemento siempre inquietante que destruye por dentro el calor de lo familiar. Nos quedamos con lo que siempre supimos como hombres: vamos a morir y no podemos adivinar nada más. Y tenemos que vivir en lo familiar del día a día con ese pequeño elemento de incertidumbre, falta de sentido y locura que es el después de la muerte. En eso, el terror de Laugier se extiende a la vida misma. Ojalá Hollywood deje a Martyrs en paz, porque no necesitamos su consuelo, seguimos preguntando y buscando y en eso vivimos: que las respuestas sean insuficientes y que nadie sienta el derecho de digerirlas por nosotros. Porque frente al resto de los seres humanos retratados en su enorme crueldad y en su pequeña, pequeñita, existencia nos preguntamos finalmente cuál es la verdadera tortura: la del mártir que sufre pero sabe o la de todos nosotros que paseamos libres sin poder respondernos.

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