Por Diego Merino

Fue una ominosa y lluviosa noche de noviembre, justo una hora después de la medianoche, que el Dr. Víctor Frankenstein pudo procurar de vida a la creatura,  trágicamente nunca su criatura. Es propio hacer notar esta sutil diferencia entre criatura y creatura. La primera responde a una crianza, a una especie de educación; mientras que la segunda refiere a la creación. De aquí que Pilar Pedraza sostenga en su libro Espectra que las tétricas elucubraciones del Dr. Frankenstein cinematográfico con respecto a la novia de Frankenstein (y para lo presente podemos adecuarlo al literario también, así como al monstruo en su versión masculina), no son propiamente resurrecciones, sino reanimaciones, porque el monstruo es nuevo, recién nacido. Así, lo que se ha de tratar es el problema que implica el momento en que el cadáver de la creatura es reanimado frente a la ausencia de crianza.

El monstruo de Frankenstein, para la creencia popular, mantiene una íntima, intrínseca y muy estrecha relación con la electricidad, y la conserva en tal magnitud que el mismo Bela Lugosi, interpretando a Ygor en El fantasma de Frankenstein sostiene: Tu padre era Frankenstein, pero tu madre fue el relámpago[1]. Los inquietantes electrodos en el cuello de Boris Karloff, quien interpretó a la monstruo como ningún otro actor, producto de la magistral mente de Jack Pierce, reflejan esta relación en la soberbia versión de James Whale, versión del año 1931 que pareciera la definitiva. El impresionante trabajo de Kenneth Strickfaden, responsable ingeniero de los instrumentos de retorcidos alambres cuyas agresivas descargas eléctricas de tan elevados voltios permiten la misteriosa transición de la muerte a la vida en la misma versión, afianzaron el imaginario colectivo en torno a la creación del monstruo. Incluso muchos años más tarde el Víctor Frankenstein de Kenneth Branagh, con innumerables anguilas eléctricas y pinchos tan afilados que penetran carne y hueso, recurre a la electricidad. Sin embargo, la novela en verdad difiere de la descarga, el rayo y el relámpago, no retoma estos elementos en ningún momento.

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Rudy Behlmer, historiador fílmico, se pregunta en el documental Los expedientes de Frankenstein: ¿Cómo Hollywood creó un monstruo? sobre cuáles habrán sido los artilugios utilizados para la reanimación, o animación, si atendemos a que es un ser parcialmente nuevo. Supone que tal vez el Dr. Víctor optó por la magia negra o posiblemente por un elixir secreto. Pero en verdad que Mary Shelley jamás dio pista alguna sobre los artificios y movimientos exactos, precisos, que llevó a cabo el siniestro doctor. Lo único que sabemos por medio de la novela es que un arduo estudio, y tal vez un par de utensilios, dieron vida a la horrorosa investigación. De este modo nos dice Shelley:

Una siniestra noche del mes de noviembre, pude por fin contemplar el resultado de mis fatigosas tareas. Con una ansiedad casi agónica, coloqué al alcance de mi mano el instrumental que iba a permitirme encender el brillo de la vida en la forma inerte que yacía a mis plantas. (…) De pronto, al tenebroso fulgor de la llama mortecina, observé cómo la creatura entreabría sus ojos ambarinos y desvaídos. Respiró profundamente y sus miembros se movieron convulsos.[2]

¡Ahora sé lo que siente ser Dios![3] Grita el Frankenstein de Whale tras el magno “It´s alive! It´s alive!”[4].

Ahora bien, la importancia de no saber cómo es que el Dr. Víctor Frankenstein procura al monstruo, o a la creatura como prefería llamarlo Karloff sosteniendo que éste era su mejor amigo, radica en la tragedia propia y misma de la novela. Y es que, ¿acaso Frankenstein dio vida al monstruo de una manera tan grotesca que, por eso mismo, lo apodera una repulsión invencible? ¿Qué monstruosidad se elucubró que sólo llevó a cabo la creación abandonado la crianza? ¿Qué ingenios, qué modos y maneras tan atroces procuró el joven doctor que condena a su experimento a ser criatura del mundo sádico, a ser criado no por sus propias manos, sino a fuerza de dolores y abandono, vejaciones y repudios? Esta es la materia propia de la presente desdicha.

Será que el Dr. Septimus Pretorius, en La novia de Frankenstein, también de Whale, conociendo semejantes implicaciones por lo tanto nos dice brindando: “Por un mundo de dioses y monstruos”[5]. La paradoja de otorgar vida a la muerte hace que la cotidianidad se confunda entre quienes son monstruos y quienes son dioses, pero sobre todo, entre quiénes son monstruos y quiénes son dioses. No saber cómo es que el Dr. Frankenstein otorgó vida al monstruo nos hace concluir lo que Pilar Pedraza sostiene: Dos hombres frente a frente o más bien un hombre que se mira en el espejo de su propia monstruosidad (y) tiene que reconocer ante sí mismo su fracaso[6].

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Bibliografía y Filmografía:

[1] El Fantasma de Frankenstein, E.U.A., 1942, Dir. Erle C. Kenton.

[2] Shelley, Mary, Frankenstein, Tr. Manuel Serrat Crespo, 1999, 239 p.

[3] Frankenstein, E.U.A., 1931, Dir. James Whale

[4] Ibíd.

[5] La novia de Frankenstein, E.U.A, 1935, Dir. James Whale.

[6] Pedraza, Pilar, Espectra, Madrid, España, Valdemar, 1ª edición, 2004, 374 p.
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