Por Adrián García Bogliano

Un poco antes de que comenzara la moda de gastarse un dineral en hacer cortos llenos de CGI o falsos trailers para subirlos a YouTube y esperar que algún productor de Hollywood te llame para hacer una película, Mike Flanagan agarró una cámara y un concepto sencillo -un personaje en una habitación con un espejo como antagonista- y dio uno de los cortometrajes más memorables y aterradores que yo recuerde, Oculus: Chapter 3 – The man with the plan. De ese corto se desprendían dos cosas clarísimas: que Flanagan era un narrador increíble, capaz de convertir los elementos más simples en una siniestra amenaza, y que con un buen concepto y claridad narrativa se puede ir muy, muy lejos.

Siete años y una película micro budget después (la interesante y minimalista Absentia), Flanagan vuelve a retomar el mismo concepto pero, lejos de quedarse en la repetición de un buen gag, multiplica la apuesta creando un universo nuevo donde las ideas visuales sorprendentes parecen no tener final.

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Y es que pocas veces se ha visto en el terror de los últimos años una película que, aproximándose a terrenos que pueden resultar familiares (una pincelada de The shining por aquí, otra de House on haunted hill por allá), consigue convertirse en una obra de una personalidad única, imposible de comparar. Parte del efecto lo consigue en base a su uso del tiempo. La película empieza con una estructura en dos, pasado y presente: el hecho traumático sufrido por los niños y su reencuentro años después en base a la promesa de destruír el objeto causante de su tragedia, un esquema ya visto que recuerda al It de Stephen King. Sin embargo, lejos de quedarse en una puesta plana de salto reiterativo hacia atrás y hacia adelante, a partir de la mitad del metraje la cinta se decanta por un planteo casi experimental, cercano a las búsquedas de los Hermanos Wachowski en Speed racer y Cloud Atlas, donde se plantea no ya un montaje paralelo sino una disolución del concepto de tiempo: presente y pasado conviven conformando una temporalidad diferente que pone a prueba al espectador e invisibiliza el montaje.

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Si no fuera porque tiene muchos otros méritos como la efectividad de sus sustos, su impecable factura y sólidas actuaciones, a Oculus habría que agradecerle al menos por el hecho de tratar a la audiencia con respeto. En un momento crítico donde la síntesis parece cosa del pasado y el género apuesta al efecto Teletubbie de reiteración constante al estilo Actividad Paranormal, o donde la cultura de series nos quiere hacer creer que, para entender la curva de un personaje se necesitan al menos 125 horas -o sea, King Lear; sería considerada demasiado superficial en esos estandares-, Oculus narra una antigua maldición, cuenta una tragedia familiar y una historia de venganza -llenas de ideas visuales- y se da el lujo de cerrar con un clímax altamente emocional en sólo 105 minutos, devolviéndonos la esperanza de que el cine de terror inteligente no es un ideal que murió hace mucho tiempo, sino una maquinaria narrativa compleja pero que puede ser domada, incluso con un presupuesto modesto como el de la película de Flanagan.

Oculus no es una película más. Es una sensación audiovisual ominosa que toma por asalto y juega con el espectador de manera continua, es una experiencia obligatoria para los fans del género y un nuevo gran clásico del cine de terror.

La película se estrena el 17 de abril en salas de cine.

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