Por Israel Mejía

*Kaiju (怪獣 kaijū) en japonés quiere decir bestia extraña, refiere a gigantescas criaturas que atacan o protegen a la humanidad.

Cuando era niño mi padre solía llevarme al cine Soto, un gigantesco inmueble que se encontraba en las calles de Soto y Degollado en la colonia Guerrero. Me llevaba a las funciones de matiné dominicales donde, por dos pesos, te recetabas dos bonitos churros fílmicos, casi todos blanco y negro o a “colores” de esos de los años setenta. Recuerdo haber visto Drácula vs Frankenstein, King Kong, El hijo de King Kong y una infinidad de películas domingueras que me maravillaban de chavito. Un buen domingo, con gaznate en mano, el telón se abrió y tuve mi primer encuentro con un monstruo gigantesco que escupía fuego, el padre de todos los Kaijus, el poderoso y chipocludo Godzilla.

En una animación sumamente precaria nos chutamos la famosa Godzilla vs MechaGodzilla y literalmente me volvió loco; conocer a Godzilla me introdujo al increíble mundo del Kaiju. Años después me enteré que esa era la 14ava entrega de una serie que producían los estudios Tōhō en Japón, desde 1954 (año en que debutó Gojira, título original del filme).

Se cree que Tōhō había pensado en Godzilla como una representación del miedo que sintió Japón después de sufrir un bombardeo atómico en la Segunda Guerra Mundial a manos de Estados Unidos.

Por años continué devorando entregas fílmicas de la cultura japonesa del siglo XX; Mothra, Anguirus, Rodan, Gamera, King Ghidora y los Ultra Kaijus, que a la postre me llevarían al mundo de Ultraman.

Eventualmente me hice “mayor” y supuse que las historias de Kaijus, Ultraman, Animes y Mangas eran solamente una cara publicitaria de Japón para mostrarse al resto del mundo, onda Frida Kahlo, alebrijes y calaveras de Posadas con las que México se vende al extranjero. Siempre supuse también que, como en nuestro caso, no formaban parte de la cotidianidad del mexicano promedio, es decir, claro que nos pertenecen y son parte prioritaria de nuestra cultura pero la verdad es que en el Oxxo, el pan Bimbo no utiliza calaveras de Posada ni Alebrijes oaxaqueños para vender el mediano integral.

Por años soñé con ir a Japón, pero fue hasta hace unas semanas que se hizo realidad; mi hija quinceañera, amante del Anime y el Manga (no sé por qué o.O ) pidió de regalo de XV un viaje a la tierra del sol naciente. Papá e hija hicimos maletas y partimos con la idea de buscar esos extraños lugares donde vivían escondidos esos maravillosos entes mitológicos japoneses.

A la llegada, primero lo vi en el Aeropuerto de Narita, lo cuál tomé como una rareza pero con una explicación lógica, tomando en cuenta que el aeropuerto es un lugar neutral internacional plagado de extranjeros, pero luego ocurrió en el tren hacia Tokio, lo cual se me hizo un poco más extraño. Fue hasta que me instalé y comenzamos a integrarnos a la cotidianidad japonesa que me di cuenta de la realidad. En la calle, en la tele, en la comunicación oficial gubernamental, en el Seven Eleven de la esquina, en los refrescos, las papas, la ropa, la comida, la industria automotriz, la industria editorial, la tecnológica, en fin, en todos lados.

Los Kaijus, Ultraman, el anime y el manga no están escondidos, y no son una cara de Japón hacia el mundo; el japonés promedio vive, sueña, come y caga de la mano de toda este maravilloso imaginario de personajes fantásticos. El fenómeno Kaiju, por llamarle de alguna manera, ha trasgredido círculos sociales, culturales y generacionales convirtiéndose en una parte fundamental de la cultura cotidiana japonesa.

Para los amantes de estos géneros ir a Japón es un hermoso viaje de la mano de los personajes de Hayao Miyazaki; Chihiro, Totoro y la princesa Mononoke inundando los centros comerciales de Shibuya, o ver a Urutoraman (Ultraman) anunciando jeans y dulces, así como los personajes de Dragon Ball Z de Akira Toriyama tomando café junto a ti en el Seven Eleven.

El propio gobierno hace sus interpretaciones Manga para comunicar información oficial para la población en el metro, en la calle o en la televisión, nadie (como ocurre en occidente) ve esto como “monitos para la chavitos”; el fenómeno Kaiju es una cosa por demás seria, me atrevería a decir que es casi indispensable para la comunicación en la vida japonesa.

Existen lugares como el distrito de Akihabara donde editoriales de 12 pisos venden miles y miles de títulos de Manga y Anime con los más diversos contenidos; inocentes para los pequeños, o los famosos Hentai (変態 ‘pervertido/perversión’ en japonés) que son versiones con muy pocas restricciones de violencia o sexuales debido a que se trata de personajes de ficción.

Existe en Ginza una estatua del Kaiju más famoso de todos; el Godzilla original, y obvio siendo los enfermos que somos del tema nos dimos la tarea de ir a buscarla. Bajándote en la estación Hibiya caminas un par de cuadras y en una pedorrísima plaza te encuentras una escultura de no más de 70 centímetros del famoso monstruo, se encuentra ahí porque justo detrás de ella se hallan las oficinas de los estudios Tōhō, los creadores originales.

Japón ha logrado reinterpretar, a su muy particular modo, una forma gráficamente más amable de ver el mundo, una visión que de cierta forma que sólo ellos son capaces de asimilar en su cotidianidad, en sus problemas y también en sus soluciones; un estilo que los hace únicos y que a muchos nos sigue maravillando por lo vasta y polifacética que es la cultura Kaiju.

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