Por Cristina Urrutia Aldrete

Es curioso observar cómo es que hay criaturas de diferentes mitologías, de culturas separadas por kilómetros e incluso siglos de existencia, que tienen características tan similares; un ejemplo son los vampiros, esas criaturas símbolo de todo lo que el humano siempre ha querido poseer pero que debido a la moralidad es mal visto: belleza, juventud, fuerza y seducción.

La sangre siempre ha sido un símbolo de poder, las guerras por conquistar territorios o ganar una libertad lo demuestran, ahora si combinamos este elemento con una mujer sugerente se obtiene un personaje mortal, y es que las novias de Drácula no fueron las primeras vampiresas de las que se tiene registro.

La cosmovisión griega es una de las más estudiadas ya que este núcleo es considerado como la cuna de la civilización occidental. En su panteón encontramos hermanos que rigen diferentes ámbitos de la naturaleza, dioses que controlan los elementos naturales, guerreros valientes a los que se les ofrecen altares y odas, e historias de amores improbables. Dentro de todo este bestiario están las lamias, mujeres seductoras, bellas y carnívoras; son consideradas como el prototipo de vampiresas actuales ya que suelen seducir a los hombres, sin embargo también se alimentaban de niños a los cuales robaban de sus cunas por las noches, característica que comparten con las brujas de la cultura popular actual.

Lamia

John Waterhouse (1849 – 1917), un pintor con mente de nigromante, nacido tal vez en una época incorrecta o resucitado para traer al realismo los mejor mitos y obras literarias. Con predilección por los temas clásicos, logra captar el momento justo, el instante en que la pasión, la seducción, la magia y la muerte tienen lugar.

Lamia (1909) es el retrato de una mujer que de manera inocente mira su reflejo en el agua, vanidosa cepilla sus cabellos entre dorados y rojizos, ambos símbolos de deseo y pasión. Su vestido rosa acompaña su supuesta castidad, sin embargo una de las mangas está colocada de tal manera que es posible ver su níveo pecho y la tentadora curva de su cintura, ella ni siquiera mira al espectador, sabe bien lo que tiene, sabe que es irresistible.

Entre sus piernas se enreda un manto azul y dorado, el primero está asociado a la sabiduría y el segundo al poder, es necesario recordar que los aristócratas y nobles solían se representados con este color; así pues Waterhouse coloca a una joven atractiva e inocente, sin embargo da una sutil alerta, es un personaje de alcurnia, inteligente y perspicaz, la advertencia se hace evidente simplemente a la vista de una prenda.

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