Por A. Cafard

«Si miras fijamente en el vacío por mucho tiempo el vacío va a mirar en ti. La Gran Limpieza comienza ahora.»

Despiertas. Son las cinco de la mañana. Tu cabeza gira a cincuenta kilómetros por hora. Te paras corriendo. Vomitas. Intentas volver a dormir pero sólo ves sombras con los ojos cerrados, no tienes paz. Las voces aumentan, el sonido es más violento cada vez. Intentas buscar un buen recuerdo, algún momento feliz en tu subconsciente que te salve de las pesadillas pero no hayas nada. Pareciese que jamás has sido feliz, pero sí lo fuiste. Si no lo hubieras sido no tendrías esa amarga sensación de haber perdido la esperanza en algún punto de la caída.

Por fin te cansas de luchar y te incorporas. Ya son las seis de la mañana. Necesitas apresurarte o no alcanzarás a tu chica. Te vistes lo menos llamativo y antes de salir le pegas unos buenos tragos a la botella de vodka que le robaste a ese anciano la noche anterior.

Caminas, trotas, corres al punto de encuentro. La ves donde siempre la has visto. Un ángel sin alas esperando ser despedazado por el demonio cazador. Caminas hacia ella. No hay nadie más en ese lugar. En ese momento. Sólo tú y ella. Te mira. Su dulzura te invade, el verde de sus ojos es tan profundo como el cielo y tan espeso como la neblina de un amanecer lluvioso y frío. Las ansias crecen con la súbita luz de ser saciadas. Tu alma estará en paz cuando esté entre tus brazos. La quieres besar, la quieres amar, quieres probar cada parte de su cuerpo desnudo, quieres hacerla soñar, anhelas que te ame como tú la estás amando y entonces, justo cuando ella se dispone a gritar la golpeas en la nuca. Ella duerme.

“Oh preciosa, cuanto te he esperado, cuánto tiempo te he amado y te he seguido, mi ángel, mi luz, mi salvación. Ahora seré tuyo y por fin descansarás en mí, el vacío estará lleno”.

La colocas en el auto. La llevas a su hogar. La subes a tu departamento y la acuestas en su cama. Debes atarla; no porque quieras aprisionarla, en realidad tú le quieres dar la libertad, sino porque desconfías un poco. Ella tal vez no quiera ser libre. Besas sus ojos, sus labios son como espuma de mar. Sus pechos caben perfectamente entre tus manos y su boca embona en tu boca. Son uno para el otro y ella es más que perfecta. Después de besarla lo suficiente sellas su boca. Las voces regresan.

“¡CÁLLATE!” Gritas pero no te escuchan, quieren que la entregues. El pánico y la ansiedad te vuelven a atacar y entonces vomitas. Vomitas tanto y tan rojo que pareciese que te desangras, pero no es así, es sólo tu cena, ese caldo de dedos no te cayó muy bien y el asco de perderla te asusta. Es normal. No temas. Te lavas los dientes, te duchas, te vistes con el mejor traje que tienes, esta noche debes verte elegante y formal. Sales al supermercado, la gente te ve raro, ¿Qué hace ese chico con ese traje tan elegante a las doce del día? se preguntarán. Tú sólo ignóralos. Compra lo necesario, una buena crema de champiñones, algo de pan de caja, vegetales y ¿por qué no? Un buen vino. El vodka no va con la cena que prepararás.

Mierda, en la fila de la caja hay dos policías. Tranquilo, ellos no saben que ella está perdida, ni mucho menos se imaginan que un chico tan bien vestido y con un porte tan noble la encontró. Paga y lárgate de ahí. Todo salió bien.

Llegas a casa y ella ya despertó, se ha estado intentando soltar y en su intento lastimó sus muñecas y sus tobillos. “NO, MI AMOR ¿QUÉ HICISTE?”

Maldita perra, se echo a perder. Su sangre moja las ataduras y sus lágrimas hincharon sus ojos de forma horrible. Estúpida niña. “¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ?”. Golpéala, se lo merece.

“ESTÚPIDA, LO ECHASTE A PERDER”. Golpéala más fuerte, más y más. Sus ojos son horrendos, su boca ya no es como la espuma del mar. Ahora ya no te deja tocar sus pechos, ya no te va a amar. Ha dejado de ser perfecta. “Cállate maldita sea, ¡CÁLLATE!” el vacío te comienza a gritar. ¿Lo puedes sentir? Te comienza a limpiar. El vacío está haciendo su trabajo, la espesa nube gris está dispersándose, la limpieza total ya comenzó y como punta de lanza te ha penetrado. Tú rostro no es el mismo. Ella ya no merece la libertad, ni que le dediques una cena elegante ni que uses tu mejor traje. Ve por las herramientas. Cúbrete con el delantal para carne y no uses analgésicos. Esta puta perdió todas tus consideraciones. Sus ojos expresivos y dañados te dicen que por favor la sueltes, que no le dirá nada a nadie, que su familia la espera, ¡CÍNICA! Que sólo quiere ir a casa, y a casa es a donde la vamos a mandar, la vamos a lubricar con nuestro aliento porcino y la vamos a querer en cada corte aunque sea una puta malagradecida. ¿Qué esperas? ¿Qué esperas? ¿QUÉ ESPERAS? ¡RÉBANALA!

EL VACÍO TE ESTÁ LLAMANDO, ÉL TE ESTÁ LLAMANDO. Ah comenzado a moverse y te está limpiando como lo hizo la ultima vez, por fin habrá paz y por fin habrá esa felicidad perdida en la caída. Estoy fluyendo desde lo más profundo, estoy surgiendo de la sima y lo estás sintiendo, te estoy tomando. Y así, comienzas a vomitar nuevamente, ya no por ansia, ya no por temor, sino por excitación y asco y placer y odio. Vomitas sobre ella y sobre tus herramientas. Vomitas sobre la comida y sobre ti mismo. Haz manchado tu vida. He fluido desde la profundidad, ya no eres tú. Ahora soy yo en ti.

Llegué a ti el día que tu madre se quitó la vida, ¿recuerdas? La encontramos colgando en el baño. Con la cara hinchada. Te he cuidado desde entonces. Antes ya me habías conocido, estuve ahí cuando tu padrastro te violaba por las noches, con su aliento a ron entrando por nuestras narices. Estuve ahí cuando los niños gordos te golpeaban en la cara y las niñas se burlaban y te escupían, pero ya no más. Ya han pagado. Abrimos sus capullos con suma violencia, al igual que el vacío se abrió en ti. Se tragó nuestra humanidad y nuestro amor. Y es él el que ahora se encarga de darnos la tranquilidad. Él nos devuelve el alma y a cambio nosotros le entregamos el tributo que nos pide. Yo soy tú y tú eres yo. Nosotros provenimos de él.

Y así comienzo el ritual mientras educadamente me observas desde tu asiento. Así comienza el sacrificio para completar la limpieza. Aquí no hay velas negras ni pentagramas ni animales degollados. Aquí no hay conjuros ni capuchas ni libros satánicos. Aquí sólo estamos nosotros dos.

El fluido rojo brota de cada herida que mis manos de cirujano provocan y es recolectada como el néctar de la uva, como la miel del panal. Ella patalea y lanza gritos ahogados por la tela con la que atascamos su boca. Ella llora porque no puede ver que la estamos salvando. Ella sufre el dolor que la sociedad ha implantado en su corazón y mente. Ella sangra de la yugular y se retuerce con fuerza sobrenatural. Ella ha dejado de patalear.

Preparamos la mesa, servimos la entrada, comemos con delicadeza. Brindamos por nuestra liberación, aún cuando es temporal, hasta que el vacío nos vuelva a llamar. Bebemos el fruto recogido. Recobramos la cordura.

El vacío ha dejado de gritar. Estamos limpios ahora.

*Un poco de música de David Lynch para acompañar tu lectura:

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