Por A. Cafard

Pedrito corrió por entre la multitud de estudiantes de secundaria que se veía venir como una avalancha de lodo. Todos empapados por una lluvia espumosa de toxicidad descendían al subterráneo para abordar el metro. Se movían como una masa amorfa avanzando por entre los pasillos y los andenes. Pedrito se había separado de sus amigos una estación atrás e intentaba alcanzarlos antes de que fuesen elevados al cielo. Tomados por los dulces ángeles que los llevarían a su nuevo hogar.

Aunque la aglomeración de trabajadores formaba filas muy estrechas, Pedrito se filtró entre ellos, muchas veces siendo aplastado, otras veces golpeado y refregando el rostro en tantos y tantos traseros insalubres. Era arrastrado por la densa ola de carne moviéndose de lado a lado y siempre al contrario de donde quería llegar.

Haciendo uso de toda su osadía logró salir del caldo humano. Un hedor picante se elevaba por entre sus cabezas, Pedrito se quitó el suéter y lo amarró a su cuello cubriéndose la nariz y la boca en especial, y gateando, cruzó el resto del pasillo.

En el andén 1614.3 de la estación Tacuba en la Línea 2, aguardaban tomados de la mano una fila de diecinueve niños de segundo de primaria. Todos parados correctamente detrás de la franja amarilla pintada en el suelo y que abarca desde el principio hasta el fin de la estación.

“Le dio miedo, no va a llegar.” Dijo Yon, el gordito, con los mocos extendidos sobre la boca y que no paraban de resopletearle bajo la nariz.

“¡A que sí viene!” Replicó Marcos, el flaco. Era el mejor amigo de Pedrito desde el primer día del primer año de primaria. “Pues que se apure porque el tren está por llegar y debemos abordar juntos. Por sí solo no lo logrará.” Regañó Tony mientras le soltaba la mano a Tita y se llevaba un dedo directo a la nariz, escarbando con un taladro por uña extrajo un moco largo y húmedo que hizo bolita con los dedos y arrojó a las vías del tren.

-“¡IIIIUUUGH! ¡Qué asco Tony!”- Gritó Tita sacudiendo las manos. Todos en la fila rieron excepto Marcos que miraba en ambas direcciones buscando a Pedrito, pero no aparecía.

“Ese cara de culo no va a llegar. —Dijo Yon burlándose—. Se le abrió. Mejor para mí, así puedo pedirle a Cyntia que sea mi novia, al fin y al cabo va a necesitar uno en el lugar a donde vamos. Nadie quiere estar solo.” Recitó mirando de reojo a Cyntia que jugaba con una de sus trenzas y mordía la punta de la otra. “A Pedro le da asco el olor de la baba en el pelo. Huele a caca.” Respondió Marcos defendiendo a su amigo. “Cállate pendejo, o te voy a partir tu madre.”

“Cálmense los dos, ya casi llega el tren, mejor regresen a la fila y tómense de las manos.” Volvió a regañar Tony.

Un pitido agudo y punzante de corto circuito chilló por el altavoz y una centésima de segundo después, una voz de grabadora, cálida pero no humana, se reprodujo. Anunció la llegada del tren proveniente de Cuatro Caminos con destino a Taxqueña de las 8:15 de la noche.

La lluvia se había comenzado a introducir a la estación en forma de río. Ligeras olas de agua sucia descendía por los pies de las personas que patinaban a sus destinos. Caían como pequeñas cascadas por los escalones y se encharcaban. Pedrito se derrapaba por un piso marmoleado con litros de líquidos variados y lodo. Corría contra la baranda e incluso empujaba a algunos individuos cuando le cerraban el paso. Vio los andenes bajando las escaleras inundadas y escuchó el anuncio en la voz femenina de la grabadora, necesitaba llegar antes que el tren o sus amigos se iban a ir sin él, y no podía dejar solo a Marcos y tampoco quería perder a Cyntia de quien estaba enamorado desde sus cuatro años, entre la algarabía escuchó el chiflido mecánico de los rieles crujiendo bajo el cuerpo metálico del tren.

La escalera no era demasiado larga pero estaba recurrida por muchas personas que bajaban y subían al mismo tiempo y que eran obvios obstáculos. Sin pensarlo y para ahorrar tiempo corrió y brincó las escaleras hacia abajo. Su vuelo fue excelso, el latigazo del despegue levantó una onda de agua que provocó muchas otras. Su cuerpo con posición de bola de cañón pasó por entre los cuerpos empapados de los individuos perplejos por la hazaña del niño, dejó el último escalón detrás y aterrizó en cámara lenta sobre el lago que era la estación Tacuba. Parecía que lo iba a lograr, todo indicaba que alcanzaría a sus amigos antes de que el tren llegara pero justo antes de caer, a quince centímetros de la superficie, el suelo se abrió y se lo tragó de tajo. Se cerró dejando sólo la perturbación del agua. Las personas dedicaron un segundo al suceso y siguieron avanzando.

Al final del túnel, o al principio del mismo, se dejó ver a través de un muro de oscuridad, una luz naranja difuminada. Un sonido grave y en ascenso comenzó a retumbar en las paredes de la estación. Todos los niños se pusieron firmes y se agarraron apretando sus manos. “Te dije que no venía.” Dijo Yon con la vista perdida. Marcos no contestó. “¡LISTOS, AMIGOS!” Gritó Tony. La luz naranja en el túnel se volvía más amarilla y cercana hasta que de un momento a otro, ésta pasó al lado iluminado. Tony gritó algo inaudible que sólo los niños escucharon. Alzaron los brazos y comenzaron a cantar:

“Triste domingo, con cien flores blancas

Y ornado el altar de mi loca ilusión

Donde mi alma se ha ido a postrar

Mientras mi boca llamándote está

Muere en mis sueños ocasos de hastío

Cansados de espera y de soledad”

El viento producido por la velocidad de la bestia de metal arrebató un paraguas abierto y el sombrero de paja de un viejito que comía pan remojado. Vibraba con furia cada que cruzaba por los andenes sin disminuir su fuerza. Como un infierno móvil se desplaza. Los niños caminan hacia adelante y ante la vista de miles de espectadores saltan unánimes a las vías del tren. Un rugir de sorpresa y susto hace eco en todo el lugar, y después los alaridos.

El tren despedaza los cuerpos como un molino de carne, un splash de tomates siendo machacados se escurre por los oídos. Las cabezas estallan salpicando cerebro y trozos de columna vertebral en los presentes, los intestinos de Tita se enredan en los pies de una anciana con bastón que cae al suelo y se rompe el cuello. Brazos, piernitas, manos, dedos, ojos, narices y muchos trozos pulposos más adornaron el lugar, y entre los gritos de desesperación y horror, son pisados por miles de pies aterrados resonando como tambores de guerra que tratan de escapar de esa muestra de purgatorio, pero sólo se hunden en la terrorífica imagen de los niños coreando y la sangre con olor a amoníaco que se expande por las canaletas y tiñe el agua sucia de rojo.

Para escuchar con la lectura:

Mi Tumblr

Share: