Por Cristina Urrutia Aldrete

El infierno, aquel lugar en el que tu abuelita te menciona que vas a ir si no te portas como debes, es decir, cuando no acatas las reglas morales y sociales con las que fuiste educado. Se describe como un sitio lleno de fuego, en donde los demonios latigan a los pecadores y los obligan a trabajar eternamente para, de alguna manera, pagar por sus acciones en vida.

También, cuando vendes tu alma al Diablo, llegas a este lugar paradisíaco, y es que las consecuencias de tener los poderes o fortunas que desees durante tu existencia, es llegar a este lugar, lo cual hace que el cielo pierda seguidores.

En entradas anteriores ya se ha mencionado cómo es que El Paraíso Perdido de John Milton (1608 – 1674) resignificó y fue un parteaguas para la cosmovisión de Satanás, ya que narra las cosas desde el punto de vista de este, evidenciando que el Todopoderoso no es tan benévolo y comprensivo como la religión católica ha hecho creer.

Su reino, según este autor, es el Pandemonium, capital del Infierno. Lugar construido por los mismos ángeles que crearon el cielo antes de seguir a Lucifer y ser exiliados; es decir, se trata del mismo esplendor, la misma arquitectura, sólo que aquí viven los rebeldes, los que no se conforman con el totalitarismo y siempre están cuestionando el orden del mundo.

John Martin (1789 – 1854) hace homenaje a la descripción de Milton de esta maravillosa ciudad. Rodeada de lava que brota de grietas se erige una espléndida construcción, imponente, el fuego es su amigo.

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Los colores oscuros y rojos lo resaltan aún más, haciendo que se vea temible y respetable; de espaldas al espectador un guerrero vestido a la usanza romana, con su capa roja y sus armas doradas, alzando las manos hacia el edificio, alabando su magnificencia… es él, el odiado, el exiliado, aquel que tiene su propio reino en el mundo bajo y es, aunque le pese a Dios, igual de bello que el cielo.

Con esta representación, es muy difícil creer que en realidad sea tan malo vivir ahí.

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