Por Héctor Reyes “El Cinéfilo Incurable”

El barroquismo glam que da forma a esta reinterpretación de la historia de Gaston Leroux consagraría a Brian De Palma como un maestro del exceso que sólo podría ser superado en décadas posteriores por nuestro querido Baz Luhrman.

La cinta El fantasma del paraíso (1974), narra la historia de un compositor, Winslow (William Finley), con un enorme talento pero pocas oportunidades. Winslow es descubierto con el andrógino productor musical Swan (Paul Williams), quien lo traiciona y le roba la que sería su obra maestra, la cantata Fausto. Cuando Winslow intenta reclamar lo que es suyo sufre un terrible accidente con una prensa para imprimir discos y es dado por muerto.

Tiempo después, Swan está por inaugurar el teatro Paradise, el más lujoso y exquisito recinto musical de la historia, y lo hará con el estreno de su cantata Fausto, protagonizada por la otrora inocente cantante Phoenix (Jessica Harper) de quien Winslow se enamoró pero que ahora ha sido seducida por Swan.

Así las cosas, una serie de extraños asesinatos comienzan a ocurrir en el Paradise. Swan descubre que Winslow, ahora deforme, es quien está detrás de todo ello y lo contrata para terminar Fausto. Ahora, Winslow deberá decidir entre su honor y su integridad artística o la fama y la carrera de la mujer que ama. Además de que, en el camino, descubrirá el terrible secreto tras el enigmático origen de Swan.

En un primer nivel, la película utiliza los colores saturados, las actuaciones grandilocuentes, vestuarios estrafalarios y un Fantasma que parece una pesadilla de Freddie Mercury para criticar la falsedad y vacuidad de la industria musical. A este respecto, llama la atención el personaje de Phoenix, quien representa a las artistas seducidas por la fama de a peso la docena.

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¿Por qué nadie retoma el personaje original creado por Gaston Leroux? Un genio de la ingeniería, las matemáticas y la música con ambiciones megalómanas, un rostro deforme y un sádico gusto por la tortura… aunque no por eso con menos carisma.

En contraste, en esta versión Winslow termina siendo un obrero que fabrica música empleado por su tiránico patrón Swan. Esto, aunado al tono faustiano de todo el asunto le da al show una interesante vuelta de tuerca al final.

Y, quizá debido a los colores saturados, a los vestuarios que oscilan entre lo kitsch y el rococó, a los números musicales melosos que se reparten a lo largo de la peli, a la perturbadora apariencia de Swan o no lo sé, quizá simplemente a que todo el conjunto resulta excesivo, pero el final es algo anticlimático. Digo, para el tono que había estado teniendo toda la película hasta su desenlace, la verdad es que el enfrentamiento final entre Swan y Winslow desmerece.

Para leer la “Edición del Director” de este artículo, visita mi blog.

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Héctor Reyes se tituló en la licenciatura en Literatura Dramática y Teatro de la UNAM, es director de teatro de la compañía Nouveau Grand Guignol, especializada en teatro de horror desde 2009. Ha escrito las obras de teatro El sistema del Dr. Tarr y el Profr. Fether y La muy truculenta, aunque moderadamente ingeniosa, farsa del mercader Pomponio y el Dr. Beleño. Es investigador literario y dramático, y conocedor del cine de terror, actividades que comparte con la docencia. Desde 2012 escribe su blog El Cinéfilo incurable. Recientemente, dirigió la obra de terror Los guardafaros.

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