La obra se titula el hombre y es el héroe triunfante el gusano.

Edgar Allan Poe. “El gusano conquistador”

Por Carlos Manuel Cruz Meza

A través de sus cuentos y poemas, Edgar Allan Poe idealiza la muerte y dos visiones de esta: la fe en una vida ultraterrena y el pavor ante la anulación existencial que promete. El cuerpo en Poe se convierte en un protagonista más de la historia; a veces, en el gran personaje. El cuerpo, sobre todo el femenino, es siempre pasto de los más grandes males, sean enfermedades, mutilaciones o posesiones. De esta forma, el cuerpo de la mujer es para Poe un sitio infecto, proclive a adquirir extrañas dolencias y una continua fuente de contagio, muerte y pestilencia.

En “La caída de la Casa de Usher”, mientras el protagonista lee en voz alta a su anfitrión un libro, los sonidos descritos en el texto van reproduciéndose en el interior de la añosa mansión. Estos son causados por Madeleine, la hermana de Roderick Usher, muerta y enterrada días antes. Los sentidos de Roderick captan los primeros movimientos de Madeleine dentro del ataúd, su lucha desesperada por escapar del féretro y su pírrica victoria final. Dos visiones del cuerpo, contradictorias, se muestran en este cuento: una es la de Roderick con el oído aguzado hasta lo insoportable (lo cual, aunado al temor que siente, explican su inaudible tono de voz) y el cuerpo exhausto de Madeleine al escapar, amortajada aún, de su sepulcro. Es destacable que algo que simboliza la vida, como el sonido cardíaco, en Poe se convierta en un signo ominoso. Lo muestra en “La caída de la casa de Usher” con la frase pronunciada por Roderick: “¿No percibo el pesado y horrible latir de su corazón?” Este espanto ante el latido se repetirá, como motivo de la trama, en “El corazón delator”.

En “Berenice”, la amada es una prima que, como casi todas las protagonistas de los cuentos de Poe, cae presa de una enfermedad que poco a poco la destruye hasta matarla. Esa “fatal dolencia” que aparece de manera reiterada es sólo un pretexto, un vehículo para que la mujer muera y permita el desarrollo de la trama. Todas las amadas muertas de Poe sufren ese mismo mal sin nombre, que las despoja de sus fuerzas y las convierte en remedos de lo que alguna vez fueron. A esto se añaden en Berenice una presunta epilepsia y además la catalepsia, rasgo que comparte con Madeleine Usher y con el personaje de “El entierro prematuro”. Un día, Berenice se aparece ante su amado en la biblioteca: toda ella es una sombra, un fantasma demacrado sin luz ni energía; pero le sonríe y es esa sonrisa (representada por los dientes de Berenice) lo que obsesiona a Egeo, quien nos cuenta los sucesos en primera persona. Esa sonrisa semeja más una mueca, que muestra lo descarnado de una mujer consumida. La pobre Berenice sufre un ataque de catalepsia y es enterrada. Esa noche, Egeo despierta en su biblioteca con una cajita a su lado; tiene heridas en las manos y está cubierto de barro. Los criados le comunican, horrorizados, lo que ha sucedido: encontraron a Berenice enterrada viva, gritando de dolor, bañada en sangre y con el rostro desfigurado. La cajita contiene los dientes arrancados en la tumba. Este final es, quizás, el más cruel en los cuentos de Poe, ya que elimina el aspecto sobrenatural y lo inserta de lleno en el mundo de los horrores posibles. De la pestilencia sepulcral, Egeo intenta salvar lo inmaculado: las treinta y dos piezas dentales cuya posesión demuestra que para él, Berenice quedó reducida sólo a eso: una eterna sonrisa. Es claro que las manos sucias y sangrantes de Egeo simbolizan su abyecta acción. Y los dientes representan la parte indestructible e inmaculada que pervive una vez que un cuerpo se ha consumido, no importa que ese cuerpo aún permanezca vivo en su sepulcro.

Berenice de Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poes Berenice
Ilustración de Harry Clarke

Otra de las primas amadas aparece en el relato “Eleonora”. Esta vez es su voz lo que encanta al protagonista. Como todas, es hermosa y muere joven. Como todas, recibe una promesa de amor más allá del sepulcro. Como todas, es enterrada. Su voz se hace presente en murmullos apenas audibles, en la voz del viento y en trinos y campanadas. Pronto se le olvida y en el corazón del hombre que la amó, se impone una nueva mujer: Ermengarda. El cuerpo es ahora el vehículo de las pasiones sexuales, que se imponen al amor romántico. Pero el protagonista solicitó que una maldición terrible se abatiera sobre él si olvidaba a la dulce Eleonora, maldición que no termina de acontecer. Una noche, recibe un mensaje en el cual se le comunica que queda relevado de su amorosa promesa, por razones que le “serán dadas a conocer en el Cielo”. Lo que parece un final dichoso presenta, sin embargo, rasgos funestos: Poe no gusta de los finales felices, así que una sombra ominosa, una amenaza latente, pervive en esa frase final. Debe disfrutar mientras pueda; pues en el más allá, el castigo por olvidar su juramento de amor a Eleonora será eterno. La moraleja es sencilla: ceder a los impulsos del cuerpo, a las delicias de la carne femenina, condena en la otra vida.

Con “Morella”, Poe nos describe otra vez a una mujer hermosa, llena de conocimientos (como lo será Ligeia), aunque esta vez se vinculan más con el esoterismo y la magia. Morella lee y cita a Fichte y a Schelling. El protagonista no siente pasión sexual por Morella, aunque terminan casados. La mujer lo inicia en algunos saberes ocultos, de los que el protagonista abjura. Desea la muerte de su esposa y la infaltable enfermedad hace presa de ella. Su agonía dura meses y él anhela que ya se muera de una vez. Vengativa, Morella lo condena a amarla en la muerte como nunca la amó en la vida. Da a luz a una hija, parida en el instante en que Morella muere. La niña se convierte en el objeto del amor de su padre, quien nunca le habla de su madre y además la conserva sin nombre, refiriéndose a ella sólo como “amor mío” o “hija mía”. A los diez años decide bautizarla y, sin saber por qué, en un impulso le pone el nombre de la madre muerta y detestada. La niña responde entonces “¡Aquí estoy!”, mientras cae muerta. Y al enterrar a la segunda Morella, el hombre no encuentra en la tumba rastros de la primera. El proceso de suplantación se da, como en “Ligeia”, entre la mujer fuerte y la mujer débil; en este caso una niña, concebida para servir como venganza y castigo por el desamor. Un cuerpo indefenso, parece señalar Poe, será avasallado siempre por uno agresivo. Y un cuerpo vivo servirá para ser absorbido, asimilado, por una esencia muerta.

Presentaremos “Poest Mortem: El cuerpo en los relatos de Edgar Allan Poe- Parte 2” el día de mañana.

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Carlos Manuel Cruz Meza (Xalapa, Ver., 1973) es escritor y criminólogo. Su libro más reciente es Monstruos entre nosotros. Historia y tipología de los asesinos. Es el creador del proyecto Escrito con sangre y coprodujo la película del mismo nombre.

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