Tiene poco más de un mes que el sello Timunmas lanzó la segunda parte de “La Caída del Gobernador” de Robert Kirkman y Jay Bonansinga. Al igual que con la primera parte, para reflexionar entorno a esta novela sin acercarse al cómic o a la serie de TV se requiere un esfuerzo mayor que el realizado por cualquier personaje para sobrevivir en la Georgia de los zombis. Es por eso que no lo haré, pero sí debe quedarnos claro que cualquier comparación que surja en el camino estará alejada de subjetividades en la medida de lo posible. En fin, aquí voy.

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Dividir una novela en dos, y hacerlo explícito en el título, representa varios riesgos. Probablemente el mayor es ese terror que experimenta el lector al encontrarse la frase “Segunda parte” en la portada del libro. Tenemos miedo a no entender qué rayos está sucediendo si no hemos leído la Primera parte. La franquicia tiene a su favor que muchos, o por lo menos los que comprarán el libro, ya han tenido un acercamiento previo a la novela gráfica, a la serie de TV  o por lo menos han escuchado entre conversaciones de amigos acerca del universo de The Walking Dead. Sin embargo uno de los grandes logros que encontré en esta secuela es que el imperativo de leer la primera parte no existe. De hecho no tener esa retrospectiva aporta una tensión que nos descubre como cualquier seguidor ferviente del Gobernador, una sensación pavorosa.

Todo amanece con un Philip Blake (El Gobernador) hecho trizas. Una bandida negra con melena de rastas le ha extirpado el ojo, cortado el brazo y cercenado el pene. Pero su convicción y amor por Woodbury (o el amor por controlarlo), el pueblo que rige, lo mantiene vivo. No es el único que se cae a pedazos. Toda la sociedad del poblado de sobrevivientes siente miedo, su único doctor ha muerto, unos intrusos violaron el cerco de seguridad y ahora los caminantes se desplazan libremente por las calles que alguna vez consideraron seguras. Sencillamente todo se viene abajo en Woodbury.

Pero el frágil balance que existía antes de la invasión se ve fortalecido, contrariamente a lo que imaginábamos. Ahora existe un motivo más allá de la ya dominada supervivencia en el apocalipsis social, un enemigo común: una tribu de sobrevivientes que habita en una prisión a unos cuantos kilómetros y que es la responsable de las calamidades que ocurrieron en Woodbury. Todo la primera parte gira entorno a la preparación de una invasión, algo que me resultó aburrido y tedioso, aunque pertinente para formarnos como adeptos al Gobernador. La acción comienza cuando el desbocado e irracional plan se ejecuta, una costosa invasión a la cárcel donde se esconden las bestias que destazaron Woodbury. A partir de ahí todo es balacera en un bosque lleno de muertos viviente complementada con sangre, tripas, huesos, carne putrefacta, uñas negras y guerra entre tribus, básicamente un día normal en nuestra realidad pero con zombis.

Más allá del terror, esto es lo verdaderamente rescatable de la segunda parte de “La Caída del Gobernador”. El juego de poder y control es la losa más pesada que cargamos en nuestra vida. Por ella nos revelamos como las verdaderas bestias que somos y llega un punto en el que incluso nos engañamos para no caer en la locura total a causa de las barbaries que cometemos. Es un tema que la novela aborda con simpleza, pero cada caído, cada cráneo que vuela, lo vuelve complejo.

Las batallas que conforman la segunda mitad del libro son emocionantes. Imaginemos una guerra prolongada, con diferentes episodios, donde hay tres bandos con objetivos claros; unos quieren invadir la prisión; otros quieren defenderse de la transgresión; y los terceros sólo quieren comer carne fresca de ser vivo. Ese comodín número tres, o sea los muertos vivientes, son el piquete del ponche, pues cada que algún bando parece resolver su victoria los planes se alteran por moles fétidas de músculo con dientes mohosos. “La Caída del Gobernador parte 2” deja claro que los conflictos bélicos a cualquier escala son alimentados en gran medida por una finalidad pertinente para un individuo o grupo (que no representa los intereses de la mayoría), sea racional o irracional, y que a fin de conseguirla lo más preciado del ser humano, su vida, pasa a segundo plano.

Las relaciones entre los personajes son sólidas, y la construcción de todos los individuos tiene su justificación en que nadie (o muy pocos) se conocían antes del apocalipsis. Y de nuevo, lo verdaderamente rescatable es lo que hay más allá del terror, esa exploración del efecto pastor/rebaño y de cómo por sí solo éste muestra lo imbéciles, o fácilmente manipulables para que suene elegante, que somos en montón. Un tema ad hoc en el patético momento mexicano de elecciones políticas que viviremos hasta julio de este año. Sencillamente Philip Blake hubiera tenido que ir a perseguir su venganza solo si el efecto no existiera penosa  y prácticamente como una máxima, en especial cuando más vulnerables al contexto son las personas ¿Y que más vulnerables que durante el fin de la sociedad?

Philip Blake es una representación perfecta de cualquier político. Poseen la preciada habilidad de encandilar multitudes con sus discursos prefabricados, carisma y aparente seguridad engalanada por cualidades físicas. Paralelamente controla a una sociedad que; A) lo reconoce como su líder; y B) que legitima su posición aceptando la fuerza militar que lo mantiene ahí (para el contexto mexicano esto son las instituciones que persiguen y castigan a los subversivos). Pero la contraparte, aquellos que se sienten beneficiarios de su proyecto de pueblo, son igual de responsables de las barbaries pues aunque asumen el papel de engañados, tienen la misma motivación que el Gobernador: el miedo a perder el bienestar percibido en un mundo lleno de “calamidades”. La diferencia entre Blake y ellos es que el líder está consciente del miedo de su gente, aunque por momentos olvida que también aplica para él. Las alegorías que Woodbury tiene con la sociedad occidental son abundantes.

Aún así no debemos ser tan duros con los pobladores de Woodbury ¿qué sentirían si un grupo de extraños violentara su cotidianidad y pusiera en riesgo todo lo que aman en el mundo (o todo lo que queda de lo que aman en el mundo)? Un miedo que sentimos constantemente y que nuestros líderes utilizan en nuestra contra, o a su favor para ser más específicos. Esa pregunta debe rondar nuestra cabeza para ayudarnos a entender la vida de Lily, Austin, Gabe y los demás guerreros improvisados que son partícipes de la invasión a la prisión que habita el grupo de Rick y Michonne.

Para complementar la lectura diríjase a la primera parte de “The Walking Dead: La Caída del Gobernador”.

TWD La caidadelgobernador

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