Por Cristina Urrutia Aldrete

Jugar con la psique humana, tratar de encontrar sus miedo más profundos y conjuntarlos para crear, de alguna manera, el monstruo perfecto, es algo tan subjetivo que sólo las descripciones de H.P. Lovecraft dan esa libertad.

Sus abominaciones son sólo descripciones con adjetivos como grotesco, sublime, horroroso; esto permite al lector que su imaginación tome vuelo y engendre aquello que cumple con estas características únicamente para él. Son sus demonios, sus miedos que sólo él entiende. Es debido a esto que este autor es y seguirá siendo un total éxito en la literatura de terror.

Jim Pavelec, un talentoso ilustrador toma como inspiración el miedo que le infunden estos relatos, tratando, como mejor pudo y gracias a su magnífico don, de plasmar lo que su imaginación le dictó para representar a sus quimeras.

Entre sus ilustraciones están representados personajes emblemáticos del autor como Cthulhu, Hastur y Dagon, pero aquí hablaré de una imagen menos importante, un personaje que pudiera habitar en cualquier clóset, debajo de la cama o en la esquina más oscura de la sala, un demonio.

Im-a-demon

I’m a demon, no es la típica representación de un hijo del infierno, al menos no como suelen realizarlos con cuernos de tamaño pequeño y accesorios como son los tridentes; aquí es la figura de un hombre carcomido por la avaricia y la desesperación, sus piel hecha jirones por la putrefacción, arremolinada debido las quemaduras gracias a los fuegos del submundo. Sus ojos son el reflejo del dolor y el abatimiento, el destino de su alma y cuerpo fue fijado en vida, su eternidad la pasará en esa catacumba desgajada y mugrienta.

Es un espejo, la reverberación de lo frágil que es la condición humana, de lo sencillo que puede ser llegar a convertirse en un demonio.

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