Por Yunuen Cuenca

Ocurrió en una noche serena. La oscuridad devoraba una pequeña embarcación pesquera. Las olas se estrellaban contra los costados del bote y un leve viento soplaba hacia el sur.

Los ojos de Dilan miraban hacia la bahía. Pudo distinguir la costa por la accidentada sombra de su superficie. Calculó que pescaba a 200 metros de tierra cuando una descarga eléctrica irrumpió la calma.

Al principio no se preocupó por la creciente tormenta, aunque notó que el agua se agitaba de manera extraña, como si algo la turbara desde las profundidades. Cuando estalló un poderoso trueno, Dilan distinguió una silueta al extremo del bote. Pensó que era su imaginación, pues sabía que su soledad podía traicionarlo en cualquier momento.

Otra ráfaga de luz surcó los cielos y comprobó que la forma desconocida era de gran tamaño. Parecía un muñón cubierto de escamas, como el cuerpo de un enorme molusco.

Dilan se arrastró en busca de una linterna. Sus manos chocaron torpemente contra las bancadas. Se astilló. Entonces emitió un lamento atroz.

—¡Quién eres! —gritó desesperado. Pero lo único que escuchó fue una respiración agitada.

—¡Carajo, contesta! —pero otro estruendo ensordeció su voz. Entonces pudo ver claramente a la bestia.

Dilan se paralizó. El único sentido alerta era su oído, que captaba el respolar del energúmeno. Supo que el bulto se levantaba cuando la embarcación crujió. Parecía que iba a atacar. El corazón de Dilan latía cada vez más rápido. Lo sentía en la garganta, en el estómago. El sonido aumentó incontrolablemente hasta que reventó sus oídos. Entonces cayó al agua.

Dilan me contó aquello la noche en que su débil cuerpo yacía sobre mi cama. Lo escuché atentamente, sin interrumpir, a pesar de las interrogantes que su relato me despertaba. Mientras narraba lo sucedido, noté que lo atacaban violentos espasmos y pude ver cómo la pulsación de su corazón le inflaba las venas del cuello. Al terminar lanzó una risa nerviosa que me puso los pelos de punta.

Antes de desvanecerse, Dilan me confesó que el silencio lo había perturbado durante muchos años, pero que el sonido de aquella bestia inmunda lo había hecho enloquecer.

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