Por Yunuen Cuenca

—Es aquél que está en el rincón —dije señalando al pequeño hombre que se acurrucaba contra la pared.

El capitán cruzó la habitación en penumbra. Lo único que refulgía eran las blancas córneas del sobreviviente. Sus ojos eran pequeños, como los de una rata, pero brillaban con lastimosidad.

—¿De dónde vienes?—preguntó el capitán.

—De Tiparén —contestó el hombre.

—Para llegar hasta aquí tuviste que haber cruzado la frontera de los hombres de polvo, ¿cierto? —El superviviente guardó silencio. Luego murmuró algo incomprensible. Parecía que hablaba desde una ciénega gelatinosa, sumergido en una región de arena sedimentada— ¿Es verdad que los que viven allá están hechos de polvo, que son seres monstruosos y que la tierra,  el mismo suelo que ahora pisamos,  los obedece? —El hombre intentó responder, pero fue interrumpido por un ataque de tos. En seguida nos dimos cuenta de que escupía arena, diminutas partículas de polvo que le provocaban heridas en la boca.

Al fin recuperó el aliento, pero sus labios escurrían sangre y sus ojos eran dos bolas de fuego.

—¡Se abrió la tierra y ellos se levantaron! ¡Vendrán, llegarán ligeros como el polvo y todo lo arrasarán! —gritó el hombre, pero la tos volvió y esa vez lo silenció para siempre.

Junto a su cuerpo se había formado un montón de tierra, como si sus palabras se hubieran petrificado. Por el contrario, el cadáver desapareció poco a poco, pues el suelo de la habitación lo tragó lentamente.

El capitán salió de la habitación. Noté que se dirigía al Este, hacia la frontera. Estábamos a poco más de 1 kilómetro de allí, la distancia mínima que el mismo capitán había impuesto entre el pueblo y aquella aterradora región.

—No vaya mi capitán —le dije—. Dicen que la línea trazada en el suelo se abre como las fauces de una criatura hambrienta. La mayoría de las historias coinciden en eso mi capitán, en que la tierra se parte, mejor no vaya. Ese hombre era el único que había sobrevivido y ya ve… No vaya mi capitán —repetí cuando me di cuenta de que la silueta del capitán había desaparecido en una polvareda de oro.

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