Por Cristina Urrutia Aldrete

La sangre ha sido a lo largo de toda la historia símbolo de fuerza, derrota, es el mayor sacrificio que alguien puede otorgar, es el líquido que da la fuerza motriz al corazón y, debido a esto, símbolo de juventud, de inmortalidad.

Uno de los personajes que engendran este mito es el vampiro, figura que se puede rastrear hasta la antigua Grecia; sin embargo, la creencia de que este líquido es mágico en algún sentido ha estado presente en todas las culturas.

Cuando se piensa en chupa sangres la primera imagen que aparece en la mente gracias al imaginario colectivo es la de Bela Lugosi o Gary Oldman seduciendo a Mina Harper mientras interpretan al Conde Drácula, sin embargo, este personaje, además de estar inspirado en un aristócrata balcánico (Vlad Tepes) su monstruosidad es retomada a partir de una mujer de alta alcurnia, la cual fue acusada del asesinato de 650 mujeres.

Bram Stoker se inspiró en esta asesina serial para dar base a lo que es el vampiro más famoso de la literatura universal.

Elizabeth Bathory (1560 – 1614) fue condesa en Hungría y actualmente es conocida por sus pérfidos crímenes, más que por su desempeño como aristócrata. Se dice que esta mujer, junto con cuatro sirvientes engañaban a jóvenes del pueblo con promseas de empleo y una vez dentro nadie más sabía de ellas, pues sus cuerpos eran mutilados, desollados y vaciados de sangre para que la dueña y soberana, pudiera tener su baño en la fuente de la juventud eterna. Los crímenes fueron perpetuados de 1585 a 1610.

Después de los rumores del castillo maldito, se procedió a una investigación encontrándola culpable, como consecuencia sólo fue encarcelada en diciembre de 1610 en el castillo Csejte en Eslovaquia, donde permaneció hasta su muerte cuatro años después.

Como tributo a su fatal naturaleza, al terror que infundió en su época y a la inspiración que es hoy en día, Alejandra Pizarnik (1936 – 1972) le dedica un poemario en donde describe sus violentas acciones de la manera más sublime que un asesino pueda desear, a esta obra maestra se sumaron años después las ilustraciones de Santiago Caruso (1982 – ).

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La imagen contiene el resumen del horror que era caer en las garras de la aristócrata. Sus secuaces, disfrazados de aves nocturnas y de rapiña; son los encargados de hacer el trabajo sucio, mutilar y descuartizar a las doncellas. La condesa está a unos pasos, inmaculada, ella no se mancha de sangre, se baña en ella; su alcurnia se hace ver en su postura, en sus manos unas tijeras, cual moira decide en qué momento cortar el aliento de su vícitimas para ser sacrificadas en su honor.

Las víctimas son evaluadas, con una su piel es comparada con la de la condesa, tal vez es hora de también reemplazar ese órgano, de hacerlo más joven. El vientre de otra es una hermosa rosa, llena de sangre dispuesta a ser absorbida por la inmaculada muerte.

Al fondo, de manera difusa como la mente maestra de la brillante idea está la Venus de Milo, Venus, Afrodita, la diosa del amor y de la belleza; la exuberancia en todo su ser, teniendo a ella como inspiración ¿quién no sería capaz de matar con tal imitar aunque sea el cabello de esa diosa?

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