Por Yunuen Cuenca

Escuchó una voz pero no sabía si venía del cuarto contiguo o de su imaginación.

—¡Tienes que! —ordenó la voz. Ignacio esperó la respuesta del interlocutor, pero no hubo ninguna.

—Si deseas entrar, tienes que hacerlo —inquirió de nuevo la voz. Era una voz ronca, aplastada como por el muro que separaba a Ignacio de aquella habitación.

—Anda, levántate y hazlo —ordenó la voz aplanada. Ignacio pegó la oreja a la pared y escuchó el ruido de una silla arrastrarse sobre el suelo. Luego oyó el movimiento de algún mueble que pudo haber sido una cama, un banco, un escritorio o un sillón pequeño.

—Ahí, ponlo en el medio —continuó la voz. Y un chirrido como el que hacen las uñas sobre un pizarrón enchinó la piel de Ignacio. Luego la voz dijo,

—Bien, ahora tómate esto —Se escuchó que alguien vertía un líquido en un recipiente de cristal.

—No vas a sentir nada, nadita —aseguró la voz—. La taquicardia, las náuseas y el miedo desaparecerán. Es veneno del bueno —dijo finalmente la voz con un dejo de orgullo—. En ese momento Ignacio se convenció de que debía interrumpir cualquier cosa que estuviera pasando en el otro cuarto.

Abrió la puerta de su dormitorio con mucho cuidado. Caminó sobre el pasillo deslizando los calcetines de algodón sobre la alfombra. Mientras caminaba, lamentó no poder ver a través de las puertas de la residencia.

Entró al cuarto vecino de golpe. Estaba oscuro y aunque la ventana permanecía completamente abierta, el humo de cigarro aplastaba a un grupo de estudiantes sentados alrededor de una mesa. La luz del farol de la calle apuntaba como si fuera el foco de un escenario a un vaso de cristal con un líquido verdoso. Cuando Ignacio levantó la vista pudo ver el rostro pálido de un estudiante que dudaba si tomar del contenido o no.

—¡Alto! —gritó Ignacio. Los estudiantes soltaron una carcajada.

—Relájate Nacho, es sólo ajenjo —dijo la voz que Ignacio reconoció de inmediato.

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