Por Bernardo Esquinca

Algunos de los grandes perversos de la Historia pudieron dar una salida creativa a sus pulsiones. Ejemplos sobran: de los azotes y la humillación practicada en la alcoba por el Marqués de Sade, parafilias que inmortalizó en diversas novelas; pasando por la vinculación entre el sexo y la orina establecida por Georges Bataille en su perturbadora Historia del ojo, hasta las relaciones carnales con cadáveres que Gabrielle Wittkop llevó a lo sublime en El necrófilo, estos personajes hicieron de la transgresión una forma de arte.

Sin embargo, existen también muchos casos de quienes no supieron canalizar sus obsesiones, y su celebridad se debe a que cometieron actos criminales y abominables. Basta mencionar las orgías demoníacas de Gilles de Rais, donde la carne de los niños era el platillo principal, y los rituales sangrientos de Elizabeth Báthory con las doncellas que la proveían de “juventud”, para comprender la otra cara de la moneda. Como explica Élisabeth Roudinesco en su libro Nuestro lado oscuro, “aunque los perversos resulten sublimes cuando se vuelven hacia el arte, la creación o la mística, o abyectos cuando se entregan a sus pulsiones asesinas, constituyen una parte de nosotros mismos, una parte de nuestra humanidad”.

Pero ¿cuál es la relación entre perversidad e imaginación? ¿Un perverso es por definición un sujeto con una imaginación desbordada o fértil? No necesariamente. Al analizar el caso de Aleister Crowley, otro perverso legendario, surgen cuestiones reveladoras. Considerado en su momento como “el hombre más malvado del mundo”, Crowley se hacía llamar a sí mismo “La Gran Bestia 666” y escandalizó a la sociedad inglesa de principios del siglo XX con sus actos de blasfemia y libertinaje. Además de pretendido mago y satanista, “Perdurabo”, como también se hacía llamar, alimentó una ambición a lo largo de su vida: la de convertirse en un poeta reconocido. Con este objetivo, se autopublicó decenas de libros que, para su frustración, pasaron sin pena ni gloria, y que hoy en día son más bien objeto de colección, un trofeo para sus seguidores.

"El sueño de la esposa del pescador", Katsushika Hokusai, 1814

“El sueño de la esposa del pescador”, Katsushika Hokusai, 1814

Aleister Crowley fue miembro de la Hermandad Hermética de la Golden Dawn, fundó su propia secta llamada La Estrella de Plata, escaló montañas como el K2 en el Himalaya o el Popocatépetl en México; incluso se podía hacer invisible, como él mismo afirmaba, pero lo que nunca consiguió fue ser buen escritor. ¿Por qué?

En La Gran Bestia, la biografía sobre “Perdurabo”, John Symonds lanza una teoría interesante al respecto. Sostiene que una persona que da rienda suelta a sus pasiones y las ejecuta en la realidad sin ninguna restricción, no desarrolla ideas elevadas: “La imaginación surge del juego entre las pulsiones y las inhibiciones, y como Crowley carecía de inhibiciones no conseguía sublimar ninguno de sus deseos”. El problema radica, explica Symonds, en que no se pueden exteriorizar todos los impulsos e instintos sin ceder a cambio la necesidad de una vida interior. La vida inmaterial, que es la que permite que la imaginación de desarrolle. “Su vida fue como un poema decadente, cuyas estrofas no llegan a convencernos”, concluye.

Esto nos trae de regreso a Sade, quien es recordado por sus excesos y la manera en la que desafió al sistema con su comportamiento y su erotismo transgresor, pero no precisamente por su imaginación. Michel Foucault dijo de su escritura que “nos aburre, es un disciplinario, un sargento del sexo, un agente contable de culos y sus equivalentes”. Por su parte, Octavio Paz escribió que “Sade carecía casi enteramente de la facultad poética que distingue al verdadero novelista del fabricante de historias: el poder de evocar y hacernos ver a un personaje”.

Podríamos concluir entonces que el poder de las fantasías; es decir, de aquello que no se realiza pero que habita la mente de una persona de manera obsesiva, es el mejor aliado de la imaginación. Como es sabido, las fantasías que se concretan pierden su atractivo de inmediato. Por eso, en la Rotonda de los Perversos Ilustres, son preferibles los que dejaron un resquicio para el misterio, para el delirio de las promesas que no se cumplen. Como bien saben los personajes del escritor japonés Yasunari Kawabata en La casa de las bellas durmientes -quienes pasan la noche entera contemplando los cuerpos desnudos de las doncellas sin tocarlas-, siempre será más estimulante la fiebre que la descarga.

Bernardo Esquinca. Narrador. Es autor de Belleza roja, Los niños de paja y Demonia, entre otros libros del género de terror y fantástico. / @besquinca

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