Por Al-Dabi Olvera

Mi primer recuerdo de la Sierra Norte de Puebla es lúgubre.

Repican las campanas de Zacatlán de las Manzanas. La densa y viva niebla no deja ver más allá de tres metros. Cuando se rasga el velo celeste, se alcanza a mirar la iglesia colonial de este pueblo enclavado en una enorme cañada, respingada, profunda, madre de muchas corrientes de agua.

Se celebra una boda. Miro siluetas. El vestido de la novia se ve con nitidez, adornado con lluvia tenue.

La plaza, su carácter fantasmal, resalta la vida de quienes comen, respiran, se casan, tienen hijos aquí, en este lugar de umbrales.

El novio, de traje oscuro, como viste la muerte si es hombre, lleva del brazo a la novia. Ambos se cubren del arroz nebuloso que les cae encima. El novio ríe, pero su risa es lejana, dulcemente opaca. Luego, la cortina eterna del lugar se cierra frente a ellos. Sólo se ven los soles tristes de las farolas.

Por el imborrable horizonte gris o por el frío helado que me rajaba los labios y coloreaba mis cachetes como duraznos maduros, el recuerdo de aquella boda se me grabó profundamente en el cuerpo.

Desde entonces, hablo de la sierra como si hablara de un perpetuo día de muertos.

Así son mis recuerdos.

*

Sale el sol. Hace calor. El clima ha cambiado. Suena la cumbia. Brillan las luces de una tienda de la cadena Oxxo, presente en casi todos los lugares que forman parte del programa “Pueblos Mágicos”. Los parquímetros indican dónde debo estacionarme. No llueve. Zacatlán, pueblo vecino del lugar donde nació mi padre, ha cambiado. Mucho.

¿Y cómo habrán cambiado la laguna, las personas, la cara de Chignahuapan?

El pueblo de mi padre lleva nombre nahua sin santo castellano.

Chignahuapan, así, a secas, significa el extendido nueve veces o agua que se difunde en todas direcciones. La mitología que en los últimos años le han colgado corresponde con con las aguas que los nahuas debían cruzar para arribar al territorio de la muerte.

laguna y pirámide chignahuapan_Daliri Oropeza

Foto: Daliri Oropeza

En un libro titulado Chignahuapan, Sierra Norte de Puebla, voces y miradas de su historia, leí una cita del libro El pueblo del Sol, de Alfonso Caso:

En primer lugar, para llegar al Mictlán tienen que pasar por un caudaloso río, el Chignahuapan, que es la primera prueba a la que lo someten los dioses infernales.

En el libro está escrito que después de cruzar el Chignahuapan, hay apretadas montañas, un monte de obsidiana, vientos helados que rompen la piel, un lugar donde flotan banderas, otro lugar de acechantes flechas; luego, el lugar de las fieras come corazones, un último lugar de piedras y, finalmente, el Chignahumictlan.

Complejo camino dantesco, ilustrador y didáctico descenso al infierno el que quiere mostrar este nuevo Chignahuapan.

*

El festival de día de muertos, junto con la feria de la esfera de navidad, hace que puños de turistas retaquen el pueblo. El gentío es más voluminoso que en Zacatlán. Nunca de niño vi este espectáculo; hoteles a reventar, personas varadas, bolsas por doquier. Todo en Chignahuapan se apretuja, empuja, enloda; los niños tosen, se empapan, ríen. Elotes azules, vino de manzana, de frambuesa; dulces de pepita, barbacoa roja, verde; fluye a borbotones; algunas cosas alimentan el cuerpo; otras, las vanidades del alma. Colgadas de mi mareada mirada, hay una variedad demencial de esferas de navidad.

Taller de esferas chignahuapan_Daliri Oropeza

Foto: Daliri Oropeza

Un pueblo de cuento para vender; Chignahuapan.

Un lugar insertado en la globalidad; Chignahuapan.

Es difícil digerir.

Ching…

Todos en el pueblo saben la hora decisiva. Cientos de botes con fuego iluminan la negra orilla de la calle que va a dar a la laguna.

Y cientos de chignahuapenses caminan con rapidez.

Las manos de algunos sostienen antorchas.

Quienes bailarán pronto alrededor de la pirámide recorrerán el camino nahua de los muertos.

Danzan.

Se detienen.

Caminan con prisa.

Danzan.

Casi se debe correr para apreciarlos.

Botes prendidos rodean toda la laguna.

Así como se va la vida, se encuentra uno en el encharcado terreno donde se termina el paseo.

Allá atrás, mi padre recitó:

tonatiu tatatziné tituitzé itezteocalli tihuantimo tlamahualquetzal tisimó tlashostamati tishihuan ashoshcahuani.

Nunca, en tres décadas, lo había escuchado hablar en náhuatl.

*

Un presentador nombra al pueblo como si se tratara de un luchador de la WWE: “¡Chignahuapan!” Los versos del espectáculo no se escuchan. Los policías miran cómo algunas personas apilan dos, tres, cinco sillas para mirar la pirámide de luces de neón y la danza azteca. “Un espectáculo que da la vuelta al mundo”, dice el presentador. Frente a él, los actores no pueden pasar por la multitud curiosa. El espectáculo comienza entre la lluvia. Los actores se esfuerzan, pero los asistentes están más preocupados por intentar grabar un video con celulares que no alcanzan a captar nada. Al final, nadie comenta de qué trató el cuento. El viaje final, no importa. Las palabras sobre la vida y la muerte, se las llevan los cuetes. Una extraña luz en el cielo aparece al final del acto. Todos migran a mirar la banda sinaloense que tocará en el recinto de la feria.

espectáculo chignahuapan día de muertos__Daliri Oropeza

Foto: Daliri Oropeza

*

Aprendí dos leyendas que contó un joven a un pequeño grupo de espectadores antes de que comenzara el espectáculo.

Dicen que en el centro de la laguna se forma un remolino, y aparece una sirena. Te atrae, te lleva. Si vas por ella, morirás. Tu cuerpo será devuelto pero en alguno de los otros ocho ojos de agua del municipio.

Dicen que de la laguna emerge una burbuja con la imagen del viejo Chignahuapan. Carretas, borregas, casas de madera; todo. Si te acercas a la burbuja, terminarás atrapado por el pueblo del pasado.

Había una tercera leyenda, pero no la recuerdo.

*

Sí recuerdo que, de niños, íbamos a dejar flores a la tumba de la abuela. Mi hermano y yo nos parábamos frente a la tumba, sin saber qué decir. Ahora, mis botas están enlodadas después de volver del panteón. En la vieja casa del abuelo, miro fotografías que nunca había visto. El abuelo es físicamente igual a mi padre, yo soy igual a él también. Enterraré a mi padre, o el me enterrará a mí. Los dos formaremos parte de la niebla que dejamos atrás. La muerte nos igualará más.

Dos pequeños, con horribles máscaras, una roja, la otra grisácea, de pelos parados, piden su “calaverita” en la carretera, en medio de los recios montes verdes del pueblo. Sus calabazas son auténticas calabazas verdes. Imagino el dulce preparado en sus casas. Mi padre les da dinero.

niños calaverita chignahuapan_Daliri Oropeza

Foto: Daliri Oropeza

Al volver de Chignahuapan, miro rostros blancos, pintados supuestamente como calaveras, en el Distrito Federal. Moda Spectre de James Bond, pienso. Lo mismo ocurre en redes sociales, en televisión: rostros de catrina, rostros de oso panda. Ya no es necesario despotricar contra el Jalogüin. Ya reivindicamos nuestra propia tradición, la podemos colgar en Instagram, convertirla en película de acción, ya podemos montarla y vomitarla después. Escucho un comentario sobre la fiesta de día de muertos de Mixquic: “puro espectáculo”.

*

¿Y qué es ahora el día de muertos?

¿Cómo podemos comprenderlo?

¿Nos interesa comprenderlo, conservarlo, venderlo: o las tres cosas a la vez?

O nada. Sólo es.

*

“Tlashomocamatli”.

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