Por Nico Ruiz

Piensen en algún tema particularmente árido: una visita al dentista, la vida de un empleado en una empresa que vende papel, las microfluctuaciones diarias de la economía global… Todos estos podrían ser temas intratables para una película, espacios perdidos de banalidad cotidiana por los que no se interesa la pantalla. Y, sin embargo, todo puede crear un gran relato porque el tema no instaura lo épico: un dentista puede ser un sádico torturando a un Bill Murray masoquista, Rainn Wilson puede crear al vendedor de papel más excéntrico y torcidamente encantador de la pantalla chica y, claro, Adam McKay puede darle vida a la profundamente compleja, retorcida y dolorosa historia de la crisis financiera del 2008.

Porque sí, no se engañen, “The Big Short” es la historia de los hombres que apostaron en contra del mercado inmobiliario de Estados Unidos antes de su colapso en 2007. Y por más que los protagonistas sean personajes excéntricos e intrigantes (en particular el brillante Michael Burry interpretado por Christian Bale), por más que tengas a actores de gran capacidad histriónica como Steve Carell, Brad Pitt y Ryan Gosling, nada te asegura que un drama financiero pueda llegar a ser tan interesante como la película que logró McKay. Esta cinta nace del libro homónimo escrito por el periodista financiero Michael Lewis (escritor también del famoso Liar’s Poker y de Moneyball, libro adaptado para la pantalla por Pitt en 2011). Y claro, la enorme capacidad narrativa de Lewis para convertir eventos financieros en historias intrigantes, detectivescas y de alto contenido humano que se venden como pan caliente se refleja en la potencialidad de las adaptaciones. Pero McKay trajo algo más a esta cinta.

El también guionista y prolífico productor se inició en la comedia haciendo stand up y fundando grupos de improv para después conseguir sus laureles en varias películas protagonizadas, principalmente, por el polémico Will Ferrell (Step Brothers, The Other Guys, Anchorman: the Legend of Ron Burgundy, por dar algunos ejemplos). Pero la capacidad de McKay se puede notar más, recientemente, por su mano en el guión de la película de Marvel por la que nadie daba un centavo: Ant-Man. La importancia de McKay en esta cinta se puede ver en todos los guiños cómicos de un guión que logró rescatar con originalidad fiel a un personaje viejo anclado en problemas que correspondían a otro orden mundial (en particular, a la guerra fría y a la lucha ideológica americana en contra del comunismo en los años cincuenta y sesenta). Y sí, Ant-Man es la película menos solemne de Marvel: la presencia de Michael Peña, los chistes bien emplazados y los maravillosos guiños humorísticos en una épica batalla de miniaturas fueron esenciales para la inesperadamente buena recepción que tuvo la cinta.

En “The Big Short”, este talento natural para la comedia se enfoca de forma completamente distinta sin dejar de lado la gran solvencia y originalidad de Ant-Man. Porque la película no deja de sorprender con su virtuosa edición, sus bien dirigidas actuaciones y un trepidante ritmo que mezcla las historias personales de los protagonistas con su participación en la crisis financiera. Además, la increíble adaptación de este guión fluido, complejo y oscuro nunca deja de ser, a pesar de las terribles cuestiones que narra, algo completamente apelativo y sinceramente simpático. Nada más se necesita dar un ejemplo: un sencillo y directo corte que rompe la cuarta pared –y de paso, toda solemnidad narrativa- nos muestra a Margot Robbie en un baño de burbujas explicando qué son los paquetes de deudas hipotecarias con los que los bancos hicieron ganancias billonarias. Estas peculiares intervenciones en la cinta (con más cameos explicativos de Anthony Bourdain metaforizando los nefastos CDOs mientras hace sopa de pescado y Selena Gómez enseñándonos acerca de los CDOs sintéticos en una mesa de Blackjack) sirven para señalar constantemente la delgada línea entre ficción y realidad. Y esto es más que un efecto gratuito.

La narración a cargo de Ryan Gosling, las rupturas constantes de la cuarta pared para aclarar qué parte de la historia es más licencia poética que realidad transpuesta sirven para reforzar el profundo enojo que se siente detrás de la apasionada dirección de esta cinta. Porque “The Big Short” es una película terriblemente oscura en la que se siente, en cada rincón de cada segundo, el profundo malestar, la indignación y el franco enojo del director. Y sí, el libro de Lewis, aunado a las críticas de muchos prominentes economistas mostraron al mundo la enorme responsabilidad de los bancos y de las corruptas agencias de calificación de riesgos en la crisis financiera de 2008. McKay absorbió con gran pasión todos los principios de responsabilidad que adjudicó Lewis a las instituciones financieras para presentarnos cómo la codicia, la falta completa de regulación y los muy bajos estándares morales de Wall Street se combinaron para dejar sin trabajo y sin hogar a millones de ciudadanos estadounidenses en sectores marginales mientras que los banqueros, intocables y ominosos, siguieron enriqueciéndose.

Así, la constante presencia en la película de elementos que señalan la tenue frontera entre ficción y realidad sirven para mostrar, elegantemente, una profunda incredulidad. Al ver lo que hicieron los bancos frente al inminente desplome del mercado inmobiliario americano sólo queda reír o llorar. Y McKay, con gran soltura y un profundo coraje, nos lleva, simultáneamente, a esos dos extremos. La comedia de la cinta provoca una risa terrible, la risa de quién no puede creer que esto sea verdad, de quien se siente impotente frente a la irresponsabilidad maniaca de quienes controlan el poder financiero del mundo y juegan con nuestras vidas como si de cifras frías se tratara. Y de esa risa incrédula y desesperada nace el enojo con el que termina la película: la última frase de Carell cuando decide vender las permutas de incumplimiento crediticio muestra que ni siquiera los personajes más conscientes, aquellos pocos hombres que parecían tener algún tipo de compás moral, son ajenos al juego despiadado del intercambio financiero de alto nivel. No hay héroes en esta historia, como no puede haberlos en el juego despiadado de Wall Street: alguien siempre gana a costa de otros. Y bueno, en este caso, algunos hombres lucraron con cantidades inconmensurables de dinero frente a la quiebra de millones y millones de personas desprotegidas. La idea es terrible.

“The Big Short” puede parecer, en un principio, la película de una victoria del débil frente a los poderosos, de los genios marginales frente a las enormes instituciones financieras, de aquellos que previeron la crisis frente a un gobierno incapaz de contenerla (tanto en regulación anterior como en persecución posterior). Pero, en realidad, ésta es una película sin héroes y los protagonistas aquí no son los personajes centrales que terminaron castigando con sus apuestas a las instituciones financieras más rapaces del planeta. Aquí los verdaderos personajes centrales no están encarnados por estrellas de Hollywood nominadas o ganadoras del Oscar. No, la cinta se centra en nosotros, los comunes espectadores laterales del drama financiero que se juega sobre nuestras cabezas: ésta es una obra de divulgación llena de enojo y no una cinta satisfecha con ella misma que celebra a falsos ídolos (como la más reciente entrega de Danny Boyle, Steve Jobs).

Desde que el narrador se dirige directamente a nosotros, desde que todos los cortes rápidos de la edición nos muestran imágenes de archivo de la vida americana cotidiana, desde que todo se enfoca en mostrarnos cómo seguimos comprando y adquiriendo deudas crediticias sin saber qué se hace con esas deudas, quién juega con ellas, quién se enriquece de nuestros pagos mensuales, quién apuesta sobre nuestra capacidad de pagarlos, esta cinta nos pone como los protagonistas de un drama mundial en el tono de una advertencia. Aquí no hay ídolos de bronce, no se levantan estatuas ni se mitifican héroes; aquí hay pura decepción y advertencia: los que se enriquecieron una vez por la crisis nos advierten todavía que vienen, en un futuro, las guerras por el agua, las más agudas crisis de hidrocarburos y el posible fin del capitalismo en el colapso global de una economía que, tal vez, no pueda ser rescatada en la próxima e inminente crisis.

Y sí, tal vez todo esto suena algo fatalista, tal vez todo parece un cuento de origen para una distopía que sólo soñó Tyler Durden, tal vez todo se encamina hacia un regaño paternalista o un grito que señala al lobo sin que haya verdadero peligro. Y sí, tal vez “The Big Short” sea todo esto también. Pero, sin duda, el panorama que pinta es profundamente inquietante y nos transmite a la perfección la risa nerviosa de quién siente, por primera vez, que el piso en el que siempre confió comienza a derrumbarse bajo sus pies. El acto rebelde de esta cinta está en mostrarnos todo esto sin caer en la solemnidad y mostrando, por su propio impulso enérgico, que tampoco es la desesperación y la derrota la que lo motiva.

Así que, a pesar de algunos pecados de sobreactuación, a pesar de la densidad compleja de un guión que trata con cuestiones económicas bastante retorcidas (y, si no me creen, échenle un ojo al terriblemente inquietante reporte sobre la crisis financiera y sus razones profundas por el gobierno americano), a pesar de que se le catalogue erróneamente como una película de superación personal, ésta cinta es una llamada de atención tan efectiva como contundente. La mezcla perfecta de drama y comedia, los juegos con el realismo y la anécdota, la entregada dirección furiosa de McKay piden que reaccionemos de forma violenta a la cinta, nos implica y nos llama a un despertar de curiosidad financiera. Esto, en sí, es un enorme logro. Con todo, lo único que nos queda esperar es que el grito violento y potente de la risa desesperada que provoca esta intrigante película no se silencie a golpe de estatuillas doradas.



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