Por Paco Limón

La CARA B de la opulencia vive a varios niveles por debajo de nuestras vidas, arrastrándose y devorando ratas en las cloacas. Podemos oírla gritar en las noches más silenciosas, intentando reptar por las tuberías y emergen por las tazas de nuestros váteres. ¡BAJAD LAS TAPAS! ¡Llega el KRAKEN!

Lo primero que habría que destacar de KRAKEN sería sin duda su falta de escrúpulos.

No me malinterpreten, siempre he creído que KRAKEN es sin lugar a dudas el mayor y mejor exponente de una época dorada del cómic español. También es cierto que la primera vez que lo leí, en los lejanos ochenta, contaba con poca edad. Leer revistas para las que legalmente me faltaban varios (muchos) años para cumplir con el requisito impreso en la portada (Para Lectores adultos) siempre influía para que esas POTENTES y SÓRDIDAS imágenes se me clavasen en la retina a fuego lento. Pero habiendo realizado una relectura para este artículo he comprobado que es tan moderno, actual y salvaje como lo recordaba (aunque muchos lo tacharán de una pestilencia ochentena espantosa, aunque para un servidor, eso sólo señalaría sus magníficas virtudes).

*Para ver la galería de imágenes completa y leer el texto de los cómics visita nuestra galería especial de Kraken: reseña del cómic.

 

Cuando digo que no tiene escrúpulos, esta formula también podría aplicarse (en mayor o menor medida) a casi todos los cómics que se realizaban en aquellos tiempos. Entiendan que por aquel entonces, en el año 1983, este, mi país, experimentaba una libertad que había sido denegada a lo largo de muchos años (décadas) por señores armados con metralletas y cruces. Veníamos de una dictadura marcada por el ABURRIMIENTO más cutre y casposo. Todo esto explotó en manos de nuestros creadores en un brutal EXABRUPTO CULTURAL. Es la época de las primeras películas de Almodóvar, de las bandas punk-rock,  de Arrebato… y por supuesto de las REVISTAS DE CÓMIC. Había que demostrarse muchas cosas, sobre todo que éramos libres y cuanto más alto ERUCTÁBAMOS más libres nos sentíamos.

Sí. Hubo una época que al acercarte al quiosco podías elegir entre un gran abanico de publicaciones de CÓMICS con todo tipo de temáticas: Terror, ciencia ficción, aventuras, erotismo, pornografía…  Entiendan que ahora lo máximo que puedes encontrar en un quiosco es algún tebeo Marvel o Mortadelos. El Boom terminó con la década y la mayoría de los artistas que nos habían deleitado con sus pinceles y máquinas de escribir se tuvieron que marchar al extranjero para poder seguir comiendo de su oficio. Pero bueno, esa es otra historia.

Nos encontramos en el año 83. Las revistas de cómics (para adultos) son cuanto menos un buen negocio. El público se encuentra con ganas de que le cuenten historias y si es posible historias que antes no podían disfrutar por la censura: alto contenido de violencia, crítica social, y por supuesto todo el SEXO que quepa (casi siempre gloriosamente injustificado). En este ambiente de prosperidad en los libros de cuentas de las editoriales, el autor, ese rara avis que tanto nos da y tan poco recibe (en dinero), se suele preguntar: “¿Por qué necesito un señor que edite mis dibujos, qué se lleve todo el dinero y qué encima me diga como tengo que hacer mi trabajo y cuales son mi límites?”.

Algo así debieron pensar Fernando Fernández y Leopoldo Sánchez dos grandes artistas que trabajaban para las editoriales fuertes, que decidieron que había llegado el momento de crear su propia empresa. Un lugar donde primaría la calidad y sobre todo la libertad creativa, donde los autores tendrían voz y voto y donde se buscaría formulas y vanguardias que explorar dejando a un lado la vena más comercial que caracterizaba los trabajos alimenticios.

La editorial y la revista se llamaron Metropol. Dibujantes como Manfred Sommer, Carlos Jiménez, José Ortiz o guionistas como Abulí pululaban por sus páginas. El concepto era muy atractivo. El nombre de Metropol hacía referencia a una ciudad ficticia en la que todas las historias de la revista se desarrollaban. Las únicas reglas editoriales eran que la OBLIGACIÓN de los autores era NO TENER LIMITES y sus órdenes eran buscar nuevas formas de expresión plástica y de bordear por IMPOSICIÓN los límites del noveno arte sin más protección que su propia imaginación. Sin autocensura. Vamos, sin ESCRÚPULOS.

El experimento duró doce gloriosos números y después la publicación cerró. Muchas de las series emigraron de nuevo a las editoriales grandes conservando su esencia, todo hay que decirlo. Pero el daño ya estaba hecho.

METROPOL era una ciudad de relato pulp, de serie negra como el carbón. En ese contexto dos autores de gran valor (o insensatez) insinuaron que una ciudad de ese calibre, tan llena de energía negativa, inundada de sucesos bochornosos, de crimen sin control y de gente que ha dejado de creer en casi todo, tendrían seguramente las peores CLOACAS del mundo. Unas cloacas donde irían a parar todo los “residuos” de una civilización más muerta que viva. Por el  water se tira todo lo que no nos gusta para que simplemente desaparezca de nuestra vista y podamos olvidarlo: Mierda, vómitos, tampones, fetos de los abortos clandestinos, armas implicadas en asesinatos impunes, droga mezclada con polvos de talco, incluso los sueños rotos de la gente (soy un poeta, lo sé). ¿Y si por casualidad todo ese amasijo de podredumbre se mezclase amalgamado por el más oscuro psique colectivo y se transformase en un monstruo terrible que aglutina todos nuestros miedos?

Ahí es donde nace KRAKEN.

Según las referencias clásicas, el KRAKEN es una criatura mitológica con forma de calamar gigante que atacaba a los marineros escandinavos y finlandeses. (Las gentes y sus mitos). El de de METROPOL recuerda más en su forma a un ser parido por la mente de Lovecraft. Algo tosco, gigantesco y que con solo mirarlo te hace perder la razón. Su única razón (aparente) para existir es para recordar constantemente a los habitantes de la urbe que debajo de sus pies está el mismísimo DEMONIO y por supuesto, el INFIERNO. Un laberinto de miles de kilómetros cuadrados de canales, túneles, y lagos de mierda (literalmente) donde es muy fácil perderse. Y eso es lo que piensa la mayoría de la escoria de la ciudad que después de perpetrar algún crimen capital, sueña que será fácil desaparecer de circulación una temporada, bajando por esos bonitos lares. ¿Quién en su sano juicio se adentraría en las entrañas de la bestia para buscarlos? La respuesta en fácil: Los KRAKENEROS.

Los Krakeneros, cuerpo de élite de la policía (muy mal pagados por cierto, como mandan las ordenanzas municipales de cualquier serie negra que se precie) que patrullan las alcantarillas para cazar a los malhechores que se esconden en ellas e intentar localizar y destruir (cosa bastante difícil) al KRAKEN. Su líder es DANTE, un personaje clásico hasta la extenuación y el exponente más claro del ANTI-HÉROE. Policía serio, legal, honrado, de vuelta de todo y que se parece a Clint Eastwood, pero de gatillo firme y desapasionado cuando se trata de matar a un hijoputa. (Sí, hemos dicho que eran los ochenta ¿vale?). Como su nombre indica es el único capaz de recorrer el “infierno” sin perder la razón. Y si la ha perdido parece que lo considera un mal menor consecuencia de su amado oficio.

Cada historia nos lleva de la mano a recorrer cada uno de los nueve círculos del infierno: el círculo de las madres asesinas psicópatas, el círculo de los policías corruptos mal nacidos, el círculo de lo “enanos negros e impotentes asesinos”… Y así hasta cubrir todo el espectro de la maldad humana. Son en esos momentos, cuando vemos a un grupo de sicarios violar en grupo a una pobre mujer desvalida, para luego matarla sin piedad cuando nos damos cuenta de que el pobre KRAKEN no es tan malo comparado con los otros “monstruos modernos” que bajan a darse un vueltecita por el vecindario.

La mezcolanza de géneros es uno de sus grandes hitos, ya que en una historia puede pasar de un relato con grandes dosis de acción y violencia explicita (brutales persecuciones, uso excesivo de armas de gran calibre por gente no entrenada para ello) para pasar, con solo girar la página, al más puro terror sobrenatural donde los “pobres” humanos pierden la razón con lo solo mirar una vez a la bestia.

Los homenajes son varios. En una historia sale Orson Welles en el papel de policía corrupto de TOUCH OF EVIL. En otra MAX VON SYDOW se pone el pantalón del Padre Merrin e intenta exorcizar al KRAKEN con resultados tan lamentables como divertidos.

Los guiones comparten con los dibujos muchos puntos en común. Son directos como un puñetazo al estómago, no esconden nada ni hacen concesiones.

Los padres de la criatura, ANTONIO SEGURA (tristemente fallecido hace poco más de un año) y el gigante del cómic español JORDI BERNET (Conocido por su inmortal “Torpedo 1936”) afirman: “El monstruo era sólo una excusa para contar historias de pasaban en un submundo putrefacto pero que de alguna manera aparecían en la vida cotidiana (…) Antonio Segura, escritor de gran imaginación y talento supo trasmitir su entusiasmo, punto de partida para que yo pudiera ‘disfrutar’ como nunca lo había hecho: Ambientes sórdidos, sombras independientes y expresionistas (independientes de las figuras que las proyectaban), túneles, cloacas, mugre, malvados con cara de rata, madres asesinas, HIJOS DE PUTA en general, acción, violencia y secuencias gráficas que sin duda, estarán entre lo mejor que he conseguido en mi carrera, en un época, todo hay que decirlo, era posible CREAR historias así por que había un entorno vivo que permitía libertad de estilos y soportes comerciales para las mismas”.

¿Para cuándo la adaptación a la gran pantalla?

En España hay tres ediciones sin contar las entregas serializadas por  capítulos en METROPOL y ZONA 84. La más reciente es el INTEGRAL que GLENAT  publicó en 2003.

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