Por Ximena Apisdorf

Una de las cuestiones más escalofriantes de la literatura de J. G. Ballard (China 1930- Inglaterra 2009) es el “futuro real”, un futuro que se podría ver cada vez más cerca. No es un futuro inventado como el de la ciencia ficción, sino aquel que se va a construyendo día a día, y que por un lado se esconde en la parte positiva, como un “presente visionario”, tal como el que deseaba Steve Jobs y que se ve reflejado en su más reciente interpretación cinematográfica de su biografía, escrita por Walter Isaacson y adaptada por Aaron Sorkin, bajo la dirección de Danny Boyle; la excelente actuación de Michael Fassbender se desarrolla en tres actos (muy teatral): la construcción de ese presente visionario, en donde, aunque todavía no tenía todas las herramientas que requería para hacer funcionar su computadora como él quería, iba creando las expectativas más altas, una a una, así como cada elemento que requería. En el primer acto resalta tanto la presentación del comercial de televisión “1984”, dirigido por Ridley Scott y basado en la novela homónima de George Orwell, que presenta un tiempo distópico donde una heroína lanza un martillo para romper la pantalla de un “Gran Hermano”, mientras todos los personajes grises quedan bocabiertos. Por otro lado, la Macintosh 128K dijo su primera palabra al mundo “Hello” y, en efecto, los escalofríos estuvieron presentes, tanto por la tensión de lograrlo como por la referencia a la computadora más representativa del cine hasta ese momento, la HAL 9000. La película es el trayecto de Jobs por tres momentos públicos y críticos de su presente visionario, por esa visión que en muchas ocasiones lo posicionaba más allá de una categoría de lo bueno o malo, principalmente en sus relaciones de trabajo; Steve es retratado como un dictador de la compañía en la que presiona a todos a ser mejores todo el tiempo, y que sus logros borrarán todas aquellas malas acciones.

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Esa decisión de borrar la idea de lo bueno o malo es lo más representado en las distopías, así en las salas capitalinas no sólo hemos visto a “Steve Jobs” (2015), sino también a un personaje emblemático Alex DeLarge de “Naranja Mecánica” (1971) en la pantalla grande. A partir de la novela de Anthony Burgess, y dirigida por Stanley Kubrick, nos presentan a un estudiante psicópata totalmente carismático, cuyos placeres en la vida son Ludwig (Van Beethoven), el sexo y la ultra violencia. En un discurso de placer y poder, la ultra violencia acompaña su relación con otros personajes, principalmente en la intensidad de los sentimientos; no es solamente que él la ejerza (sino que también la recibe), es confirmar al cuerpo como separado de su mente, y sin embargo, después de someterlo a una serie de sesiones de lavado de cerebro, sus placeres se entremezclaban (música y violencia) para generarle una especie de aberración enfermiza por ambas. Curiosamente, “Odisea en el Espacio” está nuevamente presente como guillo dentro de la ambientación de una tienda de discos, donde podemos ver la portada del LP.

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Finalmente, dentro del Festival Internacional de Cine de Morelia se exhibió la más reciente adaptación de una novela de Ballard: High Rise (2015) del director Ben Wheatley. Es una interpretación abierta de su novela homónima de 1975. Tanto la novela como la película relatan la historia de los habitantes de un rascacielos que es autónomo, sí, como los que se están construyendo en Santa FeIrrigación o Polanco; conjuntos que sean capaces de mantenerse por sí mismos, de los que no tengas que salir, con autoservicios, piscinas, restaurantes, lo suficientemente altos que casi tocan el cielo. En esta historia el edificio tiene 40 pisos, se yergue tal como el monolito negro de El amanecer del hombre en Odisea, y cada piso representa un nivel dentro de la escala social. En una mezcla entre lo lujoso y accesible, llega a su nuevo apartamento el Dr. Robert Laing, interpretado por Tom Hiddleston, con un paseo por un loft totalmente automatizado. El caos florece en el momento que los servicios comienzan a fallar, como esas encuestas en los nuevos edificios donde te preguntan sobre los elevadores, los servicios básicos; los primeros habitantes se vuelven como conejillos de Indias encargados de revisar cómo funciona todo. En esta historia la idea es que construirán otros dos. La arquitectura se vuelve una metáfora de la sociedad, en donde la nueva arquitectura concreta puede transformar tanto la moral como las cuestiones sentimentales de quienes la habitan. El Dr. Laing se vuelve en el ideal habitante, cool, sin emociones que se pueden adaptar a las presiones psicológicas de esta nueva sociedad, y logra transitar entre el estacionamiento y el pent-house, sin pertenecer realmente a ninguno, sino al edificio. Así que mientras en el inicio vemos a un motivado patólogo, al final cambia y se adapta a las necesidades del edificio, siendo capaz de cocinar en la terraza de su loft, encontrando su espacio perfecto con un solo color, y permaneciendo lo más cool del mundo.

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La distopía está presentada en el presente visionario de la ultra automatización de 1975 y en la película es un futuro del pasado, desde el futuro sabemos que muchas de esas tecnologías y actitudes realmente llegaron para quedarse y que esos edificios inteligentes siguen produciendo una ola de modernidad, moralidad del lujo en donde los habitantes de estos suelen no preocuparse de los otros ocupantes, convirtiéndose en una crítica directa a Le Corbusier y su “máquina de habitar” del estilo internacional, donde también habitaba Alex. Es presentada como un experimento en el cual, a pesar de no haber un impedimento directo, los habitantes no logran salir y se enfrascan en los problemas de todo el edificio. Tal como en “Naranja Mecánica”, el final no es del todo cierto ya que ambas no son una advertencia de lo que pasaría sino son afirmaciones de lo que sucede en ese tiempo que viaja entre el futuro y el presente, y que podemos denominar como “presente visionario”.

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