Por Nico Ruiz

Anomalisa comienza con murmullos. Retazos de conversación que no logramos distinguir del todo, palabras aisladas que sobresalen, de pronto, entre la mezcolanza monótona de conversaciones múltiples proferidas por la misma voz en cientos de interlocutores. Todo este murmullo apaciguante causa una tensa tranquilidad, es un ruido de fondo que reconocemos de forma vaga. ¿Han comenzado a quedarse dormidos durante una reunión, una comida, o peor aún, una junta de trabajo o una clase? ¿Recuerdan ese momento en el que las voces que los rodean empiezan a tomar un tono mate, a volverse un arrullo delicioso y monótono, en donde toda exaltación se convierte en peculiar canción muda de cuna? ¿Recuerdan ese sueño único y delicado, repentino y voraz, que se pelea con la necesidad de mantenerse despiertos, con la angustia de tener que abrir los ojos? Pues ese mismo murmullo que apacigua e inquieta, que angustia y tranquiliza, es el que introduce, con una vivacidad única, la segunda película como director del admirado guionista Charlie Kaufman.

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Muchos consideran que Kaufman es un escritor de lo inusual o lo fantástico; que es algo completamente descabellado plantear que una obra de teatro puede tragarse al universo, que una puerta de oficina puede conducir a la cabeza de John Malkovich, que un grupo de borradores profesionales de memorias puedan hacerte olvidar un amor doloroso o que un guionista pueda desdoblarse en el hombre que escribió su existencia. Pero ninguna de estas ideas es fantasía gratuita. Como los aficionados a la ciencia ficción (y otros delirios de género) sabemos muy bien, las tramas más descabelladas siempre ocultan una realidad aparente: los alienígenas nos invaden porque nosotros mismos nos consideramos colonizadores despiadados, construimos máquinas del tiempo por miedo al futuro, porque sentimos la agonía del pasado, el ansia del presente y la inevitabilidad del tiempo, nos aterran las inteligencias artificiales porque todavía no comprendemos el increíble azar de tener consciencia. Y lo mismo puede decirse de las fantasías de Kaufman; lo que impacta tanto de sus guiones no es lo descabellado de algunas ideas que nos transportan a otros mundos posibles, sino que todos estos mundos se relacionan íntimamente con nuestros problemas más banales: el ego devorador que nos motiva, el miedo a perderse en el otro, la necesidad aterradora del olvido o la fina línea entre lo que creemos ser verdad y lo que se nos impone como realidad. Kaufman no escribe fantasías desperdigadas: lo suyo es crear motivos épicos con lo más banal de nuestra existencia cotidiana.

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En la forma de representar estos problemas está la verdadera fuerza y la originalidad angustiante de sus guiones. Porque Kaufman es, finalmente, un realista inconforme, alguien que quiere interrogar su mundo con medios imaginativos, alguien que, para reflexionar lo cotidiano, tiene que cuestionar lo extraordinario. Esta dimensión esencial del pensamiento de Kaufman resulta en algo mucho más personal de lo que aparenta y también en algo íntimamente desolador. Como guionista, este peculiar creador siempre pone, al frente de sus escritos, su propia angustia, porque para hablar de lo cotidianamente aterrador de la existencia sólo falta mirarse al espejo. El resultado es, muchas veces, desolador: al darle una dimensión épica a nuestra pequeña banalidad entendemos lo profundamente importante de nuestros problemas mientras nos observamos como seres completamente intrascendentes y pequeños.

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Y es por eso que no debe sorprendernos la temática aparentemente anodina de “Anomalisa”. Éste es Kaufman en su más puro estilo, mostrándonos un relato extraordinario (por la forma) basado en un tema completamente cotidiano; la película cuenta un breve momento en la vida de Michael Stone (David Thewlis), un exitoso escritor de libros sobre eficiencia comercial en la relación personal con clientes. En una gira de trabajo para dar una más de sus entusiastas (y francamente deprimentes) conferencias en el lobby de algún hotel, en alguna parte fría de Estados Unidos, Michael se encuentra con una joven representante (Jennifer Jason Leigh) que fue, entusiasmada, a escuchar su conferencia y con la que mantiene una aventura amorosa de una noche. Esa noche marca también un giro en la vida de Michael; un giro introspectivo y aterrador en el que entiende, por momentos, su enorme aburrimiento, su depresión crónica y su completa incapacidad de mantener cualquier tipo de relación con los humanos que lo rodean.

Esta historia pausada, introspectiva y paciente sobre la soledad de un hombre y los demonios a los que se enfrenta, toma una dimensión fantástica por el medio en que está narrada. Utilizando un minucioso realismo en marionetas, Kaufman se alió con el genial Duke Johnson (Mary Shelley’s Frankenhole) para crear una obra de enorme fuerza cinemática a través del stop-motion. De pronto, dejamos de ver las marionetas, quedamos inmersos en este mundo; de pronto entendemos lo cercana que es esta representación animada de nuestra realidad cotidiana; muy rápido sentimos que nuestro mundo se convierte en un set diminuto de marionetas mientras que las figuras en pantalla se encarnan con una dimensión única de lo humano. De nuevo, como en sus anteriores creaciones, Kaufman nos enfrenta a la realidad a través de una distancia fantástica que pasa aquí por la forma única de personajes fabricados con impresoras 3D.

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Y el trabajo de marionetas es sobresaliente. El realismo vivaz de las locaciones recreadas en set, desde el interior de un avión hasta los ejes intercambiados de miradas en el retrovisor de un taxi, los cuartos de hotel monótonos, los pasillos, las salas de conferencia, las casas siempre iguales de los suburbios americanos, todo señala nuestro mundo hasta hacernos olvidar la representación. La construcción de cada marioneta en su unicidad y en la repetición de rostros es extraordinaria, y los movimientos de cada una llegan a ser tan sutiles que uno se pierde por completo en una actuación que se conjunta, espectacularmente, con un enorme trabajo de doblaje. Todo esto llega hasta momentos de extraordinaria sutilidad en los que las marionetas adquieren una profunda vida interior que no puede dejarnos indiferentes.

(…)

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