Por Diego Eduardo Merino Lazarín

No puedo existir por mí misma porque tengo miedo de mí misma, porque soy la creadora de mi propia maldad.

Sostiene Anna encarnada por Isabelle Adjani en la magnífica obra de Andrzej Zulawski: Possession.

Esta obra del director ucraniano es ominosamente enigmática. Más de uno podrá preguntarse tras contemplarla, –pero ¿Qué diablos acabo de ver?-; similar a lo que ocurre cuando se lee por vez primera Los Cantos de Maldoror del Conde de Lautreamont. El acercamiento a primera instancia es trasgresor, pero el espectador/lector no entiende qué ha sido aquello que lo ha ultrajado. Tal vez sabe, pero no comprende, tal vez comprende, pero no asimila. Para esta ocasión se dejará a un lado la obra literaria para centrarnos en la cinematográfica.

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¿De qué va, entonces, Possession? ¿De qué trata esta película? ¿Trata de algo?

Como los Cantos, no debe saberse. Los autores no tienen cuidado en ser claros, de aquí que no se deba; no en tanto la obligación del espectador es interpretar, recrear con cada vista la obra. Circunscribir a una explicación semejantes trabajos sería encerrar y mutilar lo que por naturaleza es salvaje y libre. Por tanto, lo siguiente no es una explicación del celuloide protagonizado por Isabelle Adjani y Sam Neil, sino una exégesis más al larguísimo catálogo de lecturas posibles.

El absurdo se revuelca con lo ininteligible; muy en el fondo de la película, el eje son un par de calcetines rosas (si el lector avezado no lo cree, vea de nueva cuenta este filme y me creerá), este recurso sin sentido es el preámbulo de Zulawski, preámbulo que nos habla de dualidades (como un par de calcetines).

Isabelle Adjani interpreta tanto a Anna como a Helen que de pronto parecen ser la misma persona. De igual modo Sam Neil, como Mark, descube un horror mórbido sin nombre que resulta ser, al parecer, él mismo. Possession es un juego dialéctico a cada secuencia, es una lucha de contrastes cuya dualidad explícita no denota otra cosa que unidad implícita: Un caos nihilista.

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Como los amantes, un encuentro de voluntades que se arrebatan para ver quién gana y arroja primero al otro al abismo. Si algo pudiera decirse categóricamente de esta película es que es una película de amor; ni de cerca, por supuesto, en el sentido de una Chickflick, sino en un sentido mucho más profundo: Es eros. Una película erótica, una película que en su discurso narrativo cuenta de dos amantes que se anudan y despojan, se muerden y besan, se desuellan y lamen las heridas.

Más aun, Zulawski despliega toda una serie de categorías oníricas que dan cuenta de la ontología que sufre el ser del ser humano cuando ama. Por ejemplo Mark (Sam Neil), obsérvese la necesidad que tiene por conocer los detalles y los lugares en donde se halla su esposa Anna; la verdad le carcome, muy en el fondo pareciera no querer saber, no obstante lo que lo hace ser lo que es, o sea, un amante, exige el dolor de la verdad porque sin dolor parece ser que no hay Amor. Sostiene Mark: El amor no es algo que sólo pueda ser cambiado de un canal a otro.

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Anna, a su vez, lo ama y lo desprecia al mismo tiempo. Por supuesto, ¿cómo podría ser de otro modo? Los amantes que se admiran se repugnan mutuamente.

Y este amor es vacío, negro y muy hondo. He aquí la clave, la acción misma de la creación; ahí donde nada hay es que se facultan las condiciones de posibilidad para crear. Es en el vacío de su amor donde se gesta el monstruo. Esa desagradable creatura creada por Carlo Rambaldi. El monstruo es carne ahí que se mueve, es carne arrojada en la existencia cuyo acto de protegerla insta al asesinato. Con este amorfo engendro Zulawski metaforiza el eros.

Pero al final, en aquella dialéctica llamada amor están en contrastado juego individualidades. Individuos y nada más: Anna y Mark, Anna y el Monstruo, Mark y Helen. Asiéndonos de la interpretación que hace Onfray sobre la ontología del Marqués de Sade en cuanto a las mónadas cerradas, es decir, que nada hay que pueda entrar en nosotros porque somos agentes cerrados, herméticos, es que podemos dilucidar mucho más de Possession.

El yo está en vilo todo el tiempo. Ese yo egoísta (egoísmo que nada peyorativo o perverso guarda en sí), ese yo responsable, responsable de sus placeres, responsable de su propio mal, ese egoísmo hace de los humanos, dioses:

Anna: ¿Crees en Dios?

Mark: Dios.

Anna: Es en mí

De aquí, tal vez, y sólo tal vez, el reclamo que hace Anna al Cristo crucificado. Recuérdese ese momento en que contempla un Jesucristo en la cruz mientras le reprocha con gemidos. Una de las escenas más hermosas de toda la película. Cuando se ama egoístamente el amante se convierte en Dios.

Tras el silencio vacío, la locura y la liberación: nada me debes, nada te debo.

Ese momento de soledad atea insonora es la piedra angular para dejarse poseer. Cuando Anna está en el metro se logra el momento culmen de la película, la posesión agresiva. Entonces, la revelación, ningún Amor es inmaterial, toda pasión semejante o aledaña al amor es desde y a través de la carne; la carne implica violencia, el yo es violento, como el amor y todo arrebato erótico. Cuando el yo deja de ser importante por otro yo idéntico al mío (como una especie de extrapolación de la conciencia que tenemos de nosotros mismos) Dios deja de existir y el Amor propio nace.

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Pues bien, la pregunta obligada como corolario, ¿Por quién se está poseído? Por el yo, pero no cualquier yo, sino por el yo amante. ¿Quiénes son los posesos en Possession? Anna y Mark desde luego, poseídos por ellos mismos. Así como a nosotros nos pasa cuando amamos; poseídos por nosotros mismos, un yo poseído por mí: En el acto humano que es amar nos vemos poseídos, luego entonces, poseídos por Dios.

Heinrich: No hay nada que temer excepto Dios, sea lo que sea que signifique para usted.

Mark: Para mí, Dios es una enfermedad.

Heinrich: Esa es la razón por la cuál a través de una enfermedad alcanzamos a Dios.

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