Por Cremance

Con el estreno de “The Final Girls” (Todd Strauss-Schulson, 2015) sobre cómo una chica que ha perdido a su madre -una actriz ex-Scream Queen– en un accidente, de pronto se reencuentra con ella cuando es absorbida por el mundo de celuloide de terror ochentero del que fuera estrella, los escritores responsables de esta comedia-terror llena de guiños a las convenciones de la slasher movie -como ya lo hiciera “Scream” (Wes Craven, 1996), pero aquí desde un perspectiva más entrañable y conmovedora como una suerte de chick click madre-hija de terror– han hablado de cómo fue una gran inspiración para ellos otra película que igualmente habla del cine dentro del cine, y de una mujer que se enamora de un personaje de una película y de quien lo interpreta, debatiéndose entre la ficción y la vida real: “La Rosa Púrpura del Cairo” (“The Purple Rose of Cairo”, 1985, Woody Allen); dada esta conexión, es inevitable regresar a la figura de Mia Farrow.

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Siempre que surge un recuento más sobre las mejores Scream Queens o inclusive, una simple cronología de ellas, nunca aparece Mia Farrow en el listado. “El Bebé de Rosemary” (“Rosemary’s Baby”, 1968, Roman Polanski) siempre aparece en los mejores sitios de los recuentos de las mejores películas de terror/suspenso. Se han escrito innumerables cosas de ella, de la novela, del genio de Roman Polanski -quien dicho sea de paso, no la quería como protagonista en un principio, pues le parecía muy débil, delgada, sumamente frágil; él tenía en mente a una mujer más robusta, más inscrita en el prototipo de la mujer americana sana y fértil. Dicho de otra forma, no es que no se hable de Mia Farrow, pero pareciera que su talento siempre está supeditado -cuando no eclipsado- por alguien o algo más.

Partamos de este preámbulo: existen 2 parámetros de la Scream Queen (que podrá o no convertirse en final girl): la que grita y después entiende que su destino es enfrentar a la bestia pues sólo se tiene a ella misma y decide pelear, y la que grita y quiere sobrevivir, pero huyendo. No quiere enfrentar a nadie; la primera es una protagonista activa, tiene miedo y ha perdido mucho -sus amigos, familia, su novio-, se ha librado, momentáneamente, del monstruo, pero ya no le importa sobrevivir, sino acabar con él, porque los monstruos regresan si no se les mata por completo -así en las películas como en la vida real-, y con coraje y valentía lo enfrenta. Nos gusta esta protagonista porque nos inspira y nos hace querer dar lo mejor de nosotros mismos. Un ejemplo de ella es Nancy (Heather Langenkamp) en “A Nightmare on Elm Street” (Wes Craven, 1984). La otra es una protagonista pasiva, también tiene miedo y también lo ha perdido todo. Los dioses de la tragedia la han señalado. Aunque no queramos identificarnos con ella, es más real, con más credibilidad -¿cuántos de nosotros de verdad enfrentaríamos al monstruo? Ya no hablemos de algo supernatural como Freddy Krueger, sino un psicópata de la vida real, un Charles Manson: en algún punto saca su instinto de supervivencia más primitivo y huye del peligro. Aquí hay algo interesante. A algunas de ellas -más o menos inscritas dentro de este rubro- las amamos. Una de ellas, venerada Scream Queen de todos los conteos, es Sally (Marilyn Burns) en “The Texas Chainsaw Massacre” (Tobe Hooper, 1974); tal vez nunca se ha visto correr y gritar tanto a una mujer en el cine de terror, al menos. ¿O sí? Una Scream Queen que tampoco sale en los recuentos y tiene paralelismos curiosos con el personaje de Farrow, es Wendy (Shelley Duvall) en “El Resplandor” (“The Shining”, Stanley Kubrick, 1980).

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Es sabido que Stephen King dijo que le parece uno de los personajes más misóginos de la historia, pues él, al igual que la Rosemary que imaginaba Polanski, conceptualizó en su novela una mujer más fuerte, capaz de enfrentar su destino. Como recientemente dijo John Waters (“Pink Flamingos”, “Hairspray”) sobre ‘El Resplandor’: “The Shining arruinó un montón cosas; arruinó el arquetipo de la Scream Queen heróica, porque por primera vez en la historia del cine la audiencia tuvo empatía por el maniático que lleva el hacha, rezando porque le hiciera una rajada en la garganta a Shelley Duvall, para ver si así se podía calmar de una puta vez“. Wendy y Rosemary tienen al menos dos cosas en común (dejando de lado que “El Bebé de Rosemary” fue referencia esencial para Kubrick al momento de idear “El Resplandor”): son dos Scream Queens apestadas por los defensores de la final girl empoderada y lo único que logra sacarlas de su pasividad, dentro del trance del horror, es su condición de madres. Sus hijos son lo único que importa al final, por sobre ellas mismas, incluso (¿no es lo que haría una buena madre?).

Mia Farrow y su Rosemary, con su caracterización poseedora de una femineidad entendida como clásica -una buena ama de casa- remarcada por su aspecto lánguido, melancólico, de una nobleza ingenua, que dibujara en su semblante en todos sus personajes subsecuentes, huye del monstruo, representado en primera instancia por sus vecinos, la sociedad en que confía y su marido; al final, lo único que la hace una disidente, es buscar el bienestar de su hijo nonato -aún no sabe que ella misma lleva el monstruo dentro de sí-, no se enfrenta, sino hasta el final, queriendo rescatar a su bebé de los vasallos de Lucifer. Y aquí la tragedia: su destino es aceptar al monstruo como parte de ella, ¿acaso tiene otra opción?

Un paradigma que se ha retomado a últimas con éxitos que ahondan en ello como “It Follows” (David Robert Mitchell, 2014) o “The Babadook” (Jennifer Kent, 2014). Rosemary no encaja exactamente en ninguno de los dos parámetros de Scream Queen. Ella es un antecedente de la final girl que aprende a vivir con el monstruo, en su supervivencia lleva implícita la supervivencia de lo maligno, pues es algo más grande que ella, algo de lo que no sólo no puede huir, sino que termina por no querer hacerlo, aprende a aceptarlo (¿a quererlo, incluso?).

Entiende y acepta su destino. Hay algo de valentía y bravura en ello. En una exacerbación de Rosemary tenemos su siguiente personaje en terror ciego (“See No Evil”, Richard Fleischer, 1971), donde para enfatizar su carácter indefenso, representa a Sarah, una mujer que queda ciega al caerse de un caballo. Una tarde, al regresar a casa, se percata con horror que han matado a toda su familia, descubriendo los cuerpos con el tacto, uno a uno. Un empleado moribundo le advierte que el asesino dejó una esclava con su nombre grabado, y regresará por ella. Está sola contra un atacante que llegara en cualquier momento. Es algo que no puede siquiera ver, puede ser en cualquier momento, por cualquier flanco. La maldad se vuelve, una vez más, casi omnipresente, inevitable. Al igual que Rosemary, Sarah confía en la amabilidad de los extraños y éstos, ya sea como los vecinos diabólicos de aquella o como los gitanos traicioneros de ésta, no hacen sino aprovecharse -como siempre- de su vulnerabilidad. Después de ésta, pasaron muchos años para que Mia Farrow regresara al género de terror. Curiosamente lo hace en otra película donde la maternidad también es cuestionada. Katherine (Julia Stiles) en “La Profecía” (“The Omen”, John Moore, 2006) se pregunta, al ver los acontecimientos extraños que circulan al rededor de su pequeño hijo, si no habrá algo extraño con él; eso, aunado a la problemática Per Se de la extrañeza del niño, la hace sentir una mala madre, por el hecho de siquiera poner por un momento en duda su cariño o inclusive, su sentido de pertenencia hacia su hijo. En este remake de la película homónima de 1976, Farrow interpreta a Mrs. Baylock, la niñera suplente del pequeño Damien, después de que la anterior se suicidara inexplicablemente. En ésta, hace acopio de todas sus características recurrentes, un eco de aquella mujer dulce y confiable, con sus ojos de ciervo expectante, con una vocecita apacible y reconfortante, pero pervertidas, pues sólo son una máscara. Ya no es una víctima, al contrario: es un esbirro de Lucifer que dará la vida para proteger a su hijo en la tierra, como si independientemente de la calidad o relevancia de dicho refrito, el cine hubiera puesto fast forward, llevándonos muchos años después, para ver a una Rosemary anciana; corrompida por la maldad del mundo, ¿o que siempre lo daría todo por su hijo?

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Mia Farrow ya no regresó al género, pero la influencia de su mundo de terror es innegable (“Lyle”, película de Stewart Thorndike, 2014, por citar sólo un ejemplo, ha sido llamada por muchos “El Bebé de Rosemary” lésbico, nuevamente poniendo en juego la dinámica del matrimonio y el papel de la madre y esposa, pero desde la perspectiva de una pareja de mujeres). La próxima Scream Queen que se alce con la corona deberá responder, naturalmente, a las necesidades de nuestros tiempos. En “The Final Girls” vemos un mosaico de los arquetipos de la mujer joven en el cine de terror. Sentimos empatía con la historia porque entendemos que no sólo la chica sensible, inteligente, algo tímida y con gran corazón quiere sobrevivir; tampoco quiere morir la despreocupada y alegre, ni la puta, ni la mejor amiga. Aunque parte de la comedia y del estereotipo, justo lo que nos dice al final, es que no son personajes unidimensionales, y que todos merecen una oportunidad para sobrevivir. Algunas se enfrentarán al monstruo de frente, otras correrán; unas más se entenderán como sólo un eslabón de la maquinaria para derrotarlo. Y lo asumirán con valentía. Seguimos amando a la protagonista que enfrenta su destino, que se convierte en heroína, the ultimate final girl. Las personas que van al cine piden mujeres fuertes, con decisión, capaz de enfrentar la batalla. Rosemary, al igual que otras Scream Queens que parecen relegadas al archivero del viejo modelo de mujer, el cajón del arquetipo casi sumiso y débil: este escrito es un recordatorio de que así como el monstruo, en su analogía con la vida, no es un mal unidimensional, tampoco lo es ni la forma en que se le combate, ni las heroínas que lo hacen; Rosemary es una de ellas.

Elbebederose

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