Por Fernanda Jardí

El monstruo fue el mejor amigo que pude tener”

Boris Karloff

 

Prácticamente ningún dúo goza de tanto reconocimiento en el plano de la cultura contemporánea como lo hacen el Conde Drácula y la criatura de Frankenstein.

Tanto el vampiro moderno como el cadáver reanimado tuvieron su nacimiento la misma noche veraniega de 1816. Se dice que el mal clima dispuso a un grupo de amigos a contar y escribir historias de horror en una famosa villa al sur de Suiza, la villa Diodati. Ahí, Mary Shelley concibió a su Frankenstein o el moderno Prometeo(1818) y John Polidori desarrolló un fragmento de Lord Byron para dar forma a El Vampiro (1819), novela que tuvo gran influencia en Bram Stoker, autor de Drácula (1897).

En la década de los veinte del siglo XIX, tanto The Vampyre como Frankenstein inspiraron diversas adaptaciones teatrales que no fueron fieles al texto original sino más bien inclinadas al melodrama o burlesque victoriano. Por su lado, el primer montaje escénico de Drácula fue escrito por el propio Stoker e interpretada en una función única en el Lyceum Theatre (del cuál Bram era administrador) en Londres con el propósito de generar derechos de autor teatrales. Drácula o El No Muerto se representó el 18 de mayo de 1897, ocho días antes de la publicación de la novela, con quince actores y cuatro horas de duración.

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Drácula fue adaptado por segunda ocasión en el Reino Unido, con el permiso de la celosa viuda de Stoker, en 1924 por el actor Hamilton Dean. Esta escenificación generó tal expectativa en el nuevo continente que el productor estadounidense Horace Liveright, con ayuda del dramaturgo John Balderston, convencieron a Florence Stoker de que cediera los derechos para una “tercera” adaptación. Liveright ayudó al vampiro a cruzar el Atlántico a un nuevo continente. Irónicamente, el papel del conde fue encarnado por un actor húngaro llamado Béla Ferec Dezsö Blasco, de nombre artístico Bela Lugosi, quien no hablaba inglés y memorizaba todos sus diálogos fonéticamente. Esta nueva personificación del conde valió a la producción estrenada en 1927 en Broadway discrepancia entre los críticos sobre la actuación de Lugosi. Aun así, la obra fue todo un éxito.

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En 1928, Hamilton Dean producía en el Reino Unido una adaptación de Frankenstein de Peggy Webling, que alternaba con su Drácula en escena. El texto de Webling es más una interpretación que una adaptación del texto. La producción resultó un espectáculo escenotécnico y el maquillaje de Dean como la creatura sentaría bases imperecederas. El éxito del montaje llegó a oídos de Balderston y Liveright, quienes buscaron a Webling y a Dean para conseguir los derechos norteamericanos. En la versión de Balderston se incluían por primera ocasión los aparatos eléctricos para dar vida a la creatura y se dramatizaba por primera ocasión la creación de la novia del monstruo. Sin embargo, Liveright atrasó su visto bueno ante su fallida ambición por llevar él mismo a Frankenstein al cine.

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Carl Laemmle Jr., director de producción de Universal, tenía la firme intención de producir obras de teatro en nueva York que sirvieran como base a futuras adaptaciones fílmicas y así saltarse las costosas negociaciones teatro-cine. En 1930 Carl Jr. compró los derechos para la adaptación de Drácula con la condición de que Lon Chaney interpretara al vampiro, empero fue diagnosticado de cáncer de garganta y pulmón que lo imposibilitó de tomar el papel. A pesar del miedo a la censura y críticas negativas, Universal comenzó el rodaje con Tod Browning como director y, a regañadientes, dieron el papel del conde a Lugosi.

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Tras el éxito comercial de Drácula en 1931, Carl Laemme Jr. adquirió los derechos de la adaptación de Balderston y Webling de Frankenstein, texto que fue sólo tomado parcialmente como referencia. James Whale escogió ser el director de la cinta y, tras el rechazo del papel por el vanidoso Bela Lugosi, Whale encontró en el rostro de Boris Karloff un buen lienzo para el exhaustivo maquillaje del monstruo.

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(Continuará…)

Referencias:

David J. Skal, “Monster Show: una historia cultural del horror”. Valdemar. Madrid. 2008.

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