Por Cristina Urrutia Aldrete

La humanidad, desde que tiene uso de razón, siempre se ha preguntado: una vez que el beso de la muerte toca nuestros labios… ¿qué sigue?

Múltiples teorías y creencias han nacido alrededor de esta sencilla pregunta, algunas de ellas son la versión católica de la dualidad cielo e infierno, la reencarnación es otra de las favoritas, dimensiones paralelas y la conversión en un espíritu ambulante; éstas son sólo unas cuantas dentro del amplio repertorio cultural.

Bao Pham, artista vietnamita, tiene otra teoría y es una desalentadora: lo que queda es la nada, el vacío, y lo demuestra en su obra Angel of The Void.

Esta hermosa figura espectral es la que nos encontraremos cuando demos el último paso, cuando todas las preocupaciones y sentimientos desaparezcan, y sólo nos dejemos caer.

Su piel gris y putrefacta es el estandarte de la muerte. Su dedos largos arañan el alma, su rostro hace recordar a un ser extraterrestre, con su boca succiona el espíritu y sus dientes desgarran el aliento.

Sus ojos no son evidentes, al fin y al cabo no discrimina por razas, belleza o estatus; no le importa ver, sólo saborear, sentir las palpitaciones agonizantes.

Sus vestiduras moradas, opacas, simbolizan el fin de la vida: pero, a pesar de todo el horror que pueda infundir, es un santo y proclama su título con una aureola.

Es quien nos salvará del sufrimiento de vivir, aquel que nos liberará de esa carga que se hace intolerable muchas de las veces.

Y esta criatura, con su majestuosidad, nos llevará a donde no importa ya nada.

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