Por Roberto Coria

El martes pasado, hace 115 años, murió de pulmonía el escritor mexicano Bernardo Couto Castillo. Tenía 21 años de vida. Su nombre no es todo lo conocido que debería. Confieso que lo leí por primera vez hace poco más de 15 años y de inmediato me cautivó. Poco se sabe sobre su corta vida. El grabado que acompaña este texto, hecho por el gran Julio Ruelas (1870-1909) es tal vez su más difundida efigie. Testimonios y anécdotas de sus contemporáneos nos brindan un retrato que nos lo presenta como un bohemio al que fascinaban los excesos, poseedor de una erudición y sensibilidad que rebasaban los de alguien de su edad, un joven impetuoso y adicto a los paraísos artificiales que reflejó el espíritu decadentista de algunos artistas de su momento. Perteneció a una familia acaudalada de políticos y literatos. Entre sus méritos se encuentra ser uno de los fundadores de la Revista Moderna, publicación creada en 1898 y que estaba dedicada a la prosa, la poesía y la cultura en cuyas páginas desfilaron autores como Rafael Delgado, Manuel Puga y Acal, Manuel José Othón, José Juan Tablada, Ciro B. Ceballos, el mismo Couto e ilustrada en muchos momentos por Ruelas.

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¿Por qué es relevante recordarlo? Además de sus artículos, sólo nos legó un libro de cuentos, Asfódelos, un espléndido compendio de 12 relatos aparecido en 1897, el mismo año que el Drácula de Bram Stoker se encontrara en los estantes de las librerías de Inglaterra. Tomó su título de las flores que supuestamente se encuentran en abundancia en los cementerios y que forman parte integral de los Prados Asfódelos, lugar importante del inframundo griego –Hades– donde residían las almas ordinarias tras sobrevenirles la muerte. Sus historias, protagonizadas por prostitutas, borrachos y asesinos nos recuerdan los ambientes de pesadilla explorados por Charles Baudelaire o Edgar Allan Poe. En el cuento Blanco y rojo, publicado por primera vez en 1897 en el semanario El mundo ilustrado, Couto nos da un párrafo que nos confirma que toda obra de arte posee matices autobiográficos. Ese es sólo uno de los aspectos que nos obligan a conocerlo.

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Nací inquieto, de una inquietud alarmante, con avidez por ver todo, conocer todo y de todo saciarme. Crecí solo, entregado a las fantasías de mi capricho que en mis primeros años me llevó a la lectura, entregándome a ella golosamente; devoraba hojas, rellenaba mi cerebro de ideas opuestas, verdaderas o falsas, razonables o absurdas, dejando que dentro de mí se fundieran a su antojo tan opuestos manjares. Me complacían, sin embargo, los libros, extraños, los enfermizos, libros que me turbaban, y que helando mi corazón, marchitando mis sentimientos, halagaban mi imaginación despertando mis sentidos a goces raras veces naturales.

La obra reunida de Couto, incluido Asfódelos, fue publicada hace un par de años en la Colección Ida y regreso al siglo XIX por mi Universidad Nacional, en una edición Coral Velázquez Alvarado que además cuenta con una gran introducción, estudio preliminar y notas de ella misma. Y no olvidemos que gozamos del beneficio del Internet. El que busca, encuentra.

Cada ocasión que recorro las calles del Centro Histórico de esta Ciudad de México, especialmente por las noches cuando el tránsito humano y vehicular casi ha desaparecido, no puedo evitar pensar que por esos mismos lugares caminó el joven Couto más de un siglo atrás. Y seguramente como muchas personas en la época sintió un asomo de temor por las noticias de un demente que asesinaba prostitutas en la urbe. Como sucede al escritor, el asesino no ha sido suficientemente estudiado. Y sobre él, escribiré la siguiente semana.

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Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.

 

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