AUTOPSIA DE LEX RANGEL MUÑOZ ILUSTRADO POR JRCHAVEZ MAYO 2016

Una noche más ha transcurrido, igual que las muchas anteriores, larga y pesada. Algo pasa en él, no puede conciliar el sueño y eso ha hecho meya… Luce débil y esquelético. Sin embargo, ahí está nuevamente encerrado en el baño ingiriendo las pastillas que le recetaron para poder controlar sus problemas. Solo que en esta ocasión él mismo decidió que la dosis sea más elevada.

Por el efecto de los medicamentos despierta alertargado y se da cuenta que no puede moverse; por más fuerte que lo intenta, su garganta se resiste a producir sonido alguno.

Fuertes luces circulares se encienden sobre su rostro, sus ojos tardan en adaptarse a ese brusco cambio, aún así, aunque borroso, ve el movimiento de cuerpos hablando en términos que no alcanza a comprender.

Con gran esfuerzo, logra traer a su memoria lo sucedido antes de estar en ese frío y desconocido lugar. Existe un hueco en su memoria, recuerda su apatía a la fiesta que asistía, su elevada dosis de medicamentos, recuerda la discusión con su novia Lucy y lo más incisivo, recuerda sus problemas mentales.

-Pobre hombre- dijo alguien a su lado. Por el tono de voz, sabía que era un hombre, aunque aún no distinguía bien a aquellas personas, comenzaba a entender. -Lleva tres días aquí y nadie ha venido a preguntar por él- agregó.

-¿Qué me pasó? ¿Por qué no puedo moverme?- intenta decir, pero de su boca no sale ningún sonido. -¡¡¡Ayudaaaa!!!-

Una voz femenina, en un tono familiar, agrega -Sí, pobre, no sabemos cómo se llama, ni dónde vive, nada de él. Los paramédicos solo nos dijeron que lo encontraron repitiendo el nombre de Lucy-

Mostrando sus grandes deseos por hacerse notar, logra enfocar bien a la pareja que hablaba a su lado, seguida de una evaluación imperceptible para sus acompañantes. Es entonces cuando se da cuenta que es un doctor y una enfermera, quienes no se dan cuenta de que él está ahí respirando, escuchándolos, viéndolos.

Intenta gritar con todas sus fuerzas, envía señales a sus músculos para que se muevan, todo sin resultados. Al querer parpadear se da cuenta que sus ojos duelen, están secos y no puede humedecerlos, el ardor es incomparable.

En un tono despreocupado, típico de muchos doctores, escucha lo que dice -Si nadie pregunta por él en un par de horas, lo desconectaremos, es un caso perdido- deja la habitación firmando antes la orden que había dado.

Mientras el hombre se derrumba en su conciencia, grita desesperadamente tumbado en esa plancha fría -Aquí estoy, no estoy muerto- sin obtener alguna reacción de los que habían hecho un juramento de salvar vidas.

Así pasaron dos largas horas con el cuerpo inmóvil, y lamentando su mal actuar, principalmente con su novia Lucy. Quiere pedirle perdón pero ya era demasiado tarde. De pronto siente cómo le quitan la jeringuilla del antebrazo por donde le pasaban el pobre alimento químico. Siente cómo le quitan el tubo nasal y los sensores que están pegados al pecho y que marcaban, con un molesto pitido, el ritmo de su corazón.

Según los médicos, ha muerto…

Siente como es empujado en la camilla donde ha estado desde hace días, la luz intermitente de los largos focos avanza sobre él. Después de un largo descenso en el elevador, el movimiento se detiene justo en una puerta que anuncia la morgue. -No estoy muerto, los veo, los escucho, aquí estoy, por favor!!!- ya no son gritos, solo lamentos.

Al cruzar la puerta, un atisbo de esperanza ilumina su momento, ella está ahí, Lucy, hermosa como siempre. Verla ahí es un alivio. -Lucy, amor, que bueno que eres tú, mira mis ojos, aquí estoy, te amo- intenta decir sin darse cuenta del lugar, pintado con pentagramas, un altar, veladoras, la imagen etérea de un ser oscuro.

Lucy se convertía en su verdugo y él en el sacrificio…

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