Al comienzo, Jonathan Pine es simplemente el encargado nocturno de un lujoso hotel. Pero, cuando un intento de traficar información acerca de un hombre de negocios internacionales con tratos sospechosos alojado en el establecimiento se vuelve en su contra de una manera terrible y empiezan a morir personas cercanas a él, Pine se compromete a luchar contra unas fuerzas cuyo poder no podría ni imaginar.

En un relato escalofriante sobre corruptas agencias de inteligencia, sumas millonarias y la verdad tras el brutal comercio de armas, John le Carré crea un mundo paranoico en el que no se puede confiar en nadie.

A continuación, disfruta un fragmento del primer capítulo de “El infiltrado” (The night manager), de John le Carré:

“Hacían el amor cada día o cada noche. En las primeras horas de la madrugada, cuando él volvía de la discoteca, Yvonne esperaba despierta en la cama su discreta señal en la puerta. Él se acercaba de puntillas y ella le atraía a lo más profundo de su cuerpo, su último trago antes del desierto. Su manera de hacer el amor era casi estática. La buhardilla era como un tambor, cualquier ruido retumbaba por todo el edificio. Cuando ella empezaba a gritar de placer, él le ponía la mano sobre la boca y ella se la mordía, dejándole en el pulgar la marca de sus dientes.

—Si tu madre nos descubre, me va a echar —le dijo él.

—Y qué —susurró ella, arrimándose más—. Me iré contigo. —Parecía haber olvidado todo cuanto le había dicho acerca de sus planes.

—Necesito un poco más de tiempo —insistió él.

—¿Para el pasaporte?

—Para ti —replicó él, sonriendo en la oscuridad.

Ella no quería que se fuera, pero no se atrevía a retenerle. Madame Latulipe tenía la manía de presentarse en su cuarto a las horas más intempestivas. «¿Duermes, mi cocotte? ¿Eres feliz? Sólo faltan cuatro semanas para la boda, mon p’tit choux. La novia ha de descansar.»

Una vez, cuando apareció su madre, Jonathan estaba acostado junto a Yvonne a oscuras, pero por fortuna madame Latulipe no encendió la luz.

Fueron en el Pontiac azul claro de Yvonne a un motel que había en Tolérance, y gracias a Dios que él le dijo que saliera primero de la habitación, porque cuando se dirigía al coche oliendo todavía a él vio a Mimi Leduc sonriéndole a medias desde el coche contiguo.

—Tu fais visite au show? —chilló Mimi, bajando su ventanilla.

—Ajá.

—C’est super, n’est-ce pas? ¿Tú as vu le vestidito negro? ¿El très estrecho, très sexy?

—Ajá.

—¡Me lo he comprado! Toi aussi faut l’achêter! Pour ton aju-aaar!

Hicieron el amor en una habitación desocupada mientras su madre estaba en el supermercado, y también en el armario de los uniformes. Ella había adquirido la temeridad del obseso sexual. El riesgo era como una droga para ella. Se pasaba el día entero preparando el momento de estar a solas con él.

—¿Cuándo irás a ver al cura?

—Cuando esté preparada —contestó ella con algo de la singular dignidad de Sophie.

Yvonne decidió estarlo al día siguiente”.

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