Durante años, la Eastman Kodak Company –que tardó mucho en incorporarse a la era digital- capitalizó una frase del dominio popular que es certera en muchas maneras: “recordar es volver a vivir”. Podemos transportarnos a otras épocas de incontables formas, como abrir un álbum de fotografías, escuchar una canción, reencontrar un libro o pulsar la tecla de un control remoto. Facebook se encarga diariamente de darnos una dosis de pasado. La idea de retroceder en el tiempo es tentadora para todos, sea para volver a disfrutar otros momentos o corregir los errores que cometimos. Ejemplos sobre el viaje temporal sobran, desde antecedentes notables que nos ofrecieron Hans Christian Andersen, Mark Twain o Washington Irving, la novela fundacional del tema de Herbert George Wells (La máquina del tiempo, 1895), innumerables películas –tópico que por sí solo ocuparía muchas Tintas Negras-, ejemplos televisivos notables como los intrépidos Tony Newman (James Darren) y Douglas Phillips (Robert Colbert) en El túnel del Tiempo (1966-1967), el cándido Hiro Nakamura (Masi Oka) de Héroes (2006-2010) y naturalmente el caso que inspira estas líneas.

Hace unas semanas me reencontré con una repetición de La Ley y el Orden: Unidad de Víctimas Especiales que tenía como invitado al actor Scott Bakula, uno de los héroes de mi juventud. Y a pesar que lo he visto en otras teleseries, no pude dejar de asombrarme por el paso del tiempo. Ahora es un maduro y respetable señor, que sólo me aventaja en edad por casi una década. Pareciera que fue ayer cuando encarnaba al Dr. Sam Beckett –ninguna relación con el dramaturgo- en la joya noventera Viajeros en el Tiempo (Quantum Leap), serie creada por Donald P. Bellisario que tuvo una vida de 5 temporadas, transmitidas de 1989 a 1993.

No alcanzo a describir los modos en que el programa cautivó –cautiva- mi imaginación. Las aventuras del Proyecto Salto Cuántico, su artífice accidentalmente condenado a vagar por el tiempo “corrigiendo lo que alguna vez salió mal”, su “consciencia” holográfica Al Calavicci (Dean Stockwell) con su mando de control que anticipa al hoy tan común smartphone, el operador Gooshie (Dennis Wolfberg) y la computadora Ziggy (heredera el Hal-900 de 2001, Odisea del Espacio) son parte importante de mi formación y de una época más simple que definió el adulto que soy. El destello y sonido característicos que anuncian cada viaje de Sam viven indeleblemente en mi memoria al igual que el tema musical de Mike Post. De hecho, cuando ayudo a alguien suelo decirme “ya puedo saltar”.

La variedad de temas que Viajeros en el Tiempo abordó va de la opresión de las minorías (“El color de la verdad, 8 de agosto de 1955”), la pena de muerte, la violencia contra la mujer y la igualdad de derechos. Hubo tiempo también para misterios sin resolver (“Nave fantasma, 13 de agosto de 1956”), caer en el cuerpo de un chico con Síndrome de Down (“Jimmy, 14 de octubre de 1964”) o en un chimpancé (“Lo equivocado, 24 de enero de 1961”), y coquetear con la historia, como la vez en que Sam cayó en el cuerpo de Elvis Presley (“Melodía de Memphis, 3 de julio de 1954”), conoce a un adolescente Stephen King (“El coco, 31 de octubre de 1964”) o participa en los hechos que rodearon el asesinato del presidente John Fiztgerald Kennedy (“Lee Harvey Oswald, 5 de octubre de 1957- 22 de noviembre de 1963”). En este último, abrumado por la percepción de su fracaso, Al le revela que cumplió su misión. “En la historia original, Jackie fue asesinada también”.

Hace unos días, gracias a la magia de YouTube, vi nuevamente su capítulo final (“Imagen en el espejo, 8 de agosto de 1953”). En él, Sam regresó al día exacto de su nacimiento –como él mismo-, se reencuentra extrañamente con muchas personas cuya vida cambió de manera positiva y conoce a Al, el cantinero (Bruce McGill), el responsable de su aventura (Dios, el Destino o como quieran llamarle). Le reconoce todo el bien que ha hecho y le da la opción de regresar a casa. Elige continuar su labor, ayudando a alguien que lo merece: el propio Al, tras ser prisionero de guerra en Vietnam y ser creído muerto en acción, sufre el abandono de su amada esposa. Sam le advierte que su marido está vivo y está por regresar a casa. Las cámara se desplaza hasta posarse sobre una fotografía de Al, que comienza a resplandecer de la forma que bien conocemos. La serie concluyó con una leyenda agridulce: “Beth nunca volvió a casarse. Ella y Al tienen cuatro hijas y celebrarán su trigésimo noveno aniversario de bodas en junio. El Dr. Sam Beckett nunca regresó a casa”. Corregir la vida de su gran amigo, aún a costa de su propio bienestar, es el mejor ejemplo de entrega y heroísmo que recuerdo.

El programa tocó a muchas personas, como hizo su protagonista. Se organizan convenciones anuales a su alrededor y ha alcanzado un estado semejante al culto. Cuando lo comentábamos hace tiempo en Twitter, mi amigo Jorge Báez dijo algo muy cierto: “nadie quiere un remake de Automan, pero todos agradeceríamos uno de Quantum Leap”. Por supuesto uno digno, porque la serie da para mucho.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.