Otro recordatorio de mi propia mortalidad. El pasado 26 de abril dejó de respirar en su hogar en Manhattan, seguramente rodeado por sus seres amados, Robert Jonathan Demme. Desde hace un par de años luchaba contra el más terrible enemigo, un implacable cáncer de esófago que finalmente lo derrotó. Tenía 73 años de edad.

Hablar de su carrera como guionista, documentalista y cineasta es obligatorio por un título específico y tres más que pueden ser de nuestros intereses Mórbidos. Oriundo de Baldwin, Nueva York, comenzó su trayectoria en 1971 en el terreno del drama y la comedia, impulsado por su amigo y mentor Roger Corman, con cintas inteligentes pero que seguramente conocimos superficialmente: Chicas renegadas (1974), Manéjese con cuidado (1977), Melvin y Howard (1980), Nadando en Camboya (1987) y Casada con la Mafia (1988), uno de los primeros estelares de la bella y talentosa Michelle Pfeiffer.

Pero sin duda ganó la inmortalidad en 1991 gracias  su onceavo largometraje, El silencio de los inocentes (The silence of the lambs), adaptación de la tercera novela del estadounidense Thomas Harris y segunda aparición de su entrañable Hannibal Lecter. Todos los halagos que pueda dedicar a su trabajo siempre serán insuficientes. Es una película perfecta, legitima del mejor modo a “todo un subgénero que no solo se nutre de la nota roja cotidiana, sino del suspenso, el relato policial, el horror y sus derivaciones el gore y el splatter, e incluso de la pornografía”, asegura el crítico de cine Rafael Aviña. La atmósfera lóbrega y opresiva que plantea el novelista es cabalmente plasmada en el guión de Ted Tally, la espléndida fotografía de Tak Fujimoto –aliado frecuente de M. Night Shyamalan– y una partitura poderosa y sombría de Howard Shore. Posee tantos momentos brillantes que corro el riesgo de extenderme si los menciono. De acuerdo a los sabios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos, no puede reprochársele nada. Junto a Sucedió a una noche (Frank Capra, 1934) y Atrapado sin salida (Milos Forman, 1975) posee el inusual mérito de ser ganadora de las cinco categorías principales en su premiación anual por todos conocida: Mejor película, Mejor director, Mejor actor (Anthony Hopkins), Mejor actriz (Jodie Foster) y Mejor guión adaptado. Creo que no se puede decir más al respecto. Un último dato curioso: Corman aparece brevemente –y sin diálogos- como el Director del Buró Federal de Investigaciones. El Maestro presente.

 

En 1993 dirigió Filadelfia, filme ganador de otro par de Óscares –uno para Tom Hanks y otro para Bruce Springsteen por su canción Las calles de Filadelfia– y pertinente pues el rechazo que sufre la comunidad homosexual es un muy similar –aunque mucho  menos indignante y nocivo- al que padecemos los que gozamos de estos temas. En 2003 nos entregó La verdad sobre Charlie, remake de Charada, el clásico a medio camino entre el suspenso y la comedia romántica de Alfred Hitchcock, y el año siguiente El embajador del miedo (The Manchurian candidate), curiosa mixtura de thriller, ciencia ficción e intriga política basado en la novela de Richard Condon y previamente llevada a la pantalla en 1962 por John Frankenheimer, muy atractiva en estos tiempos electorales.

“La música fue mi primer amor, las películas llegaron después”, confesó Demme alguna vez. Y esto es evidente gracias a Stop making sense (1984), concierto de mis adorados Talking Heads y Neil Young: Corazón de oro (2006), entre otros.

 

Las palabras de Jodie Foster son suficientemente elocuentes para rematar mi columna esta semana. “Tengo el corazón roto por perder a un amigo, un mentor, un tipo tan singular y dinámico que tendrías que diseñar un huracán para contenerlo. Jonathan era tan extravagante como sus comedias y tan profundo como sus dramas. Él era pura energía, la animadora imparable para cualquier persona creativa. Tan apasionado por la música como por el arte, fue y siempre será un campeón del alma. Jonathan Demme, el más querido, algo salvaje, hermano de amor, director de los corderos. Lo amo tanto”.

Existe la tendencia a hablar bien de los muertos, pero los que conocieron aseguran que era un caballero en el más amplio sentido del término. Lo cierto es que, como dijo Foster, tocó positivamente la vida de muchas personas. Ese es el mejor legado. Brindemos por él con un buen chianti mientras escuchamos, como su caníbal, Las variaciones de Goldberg de Johann Sebastian Bach. Jonathan Demme lo merece con creces.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.

Share:
Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.