Hoy es un día muy especial en muchas maneras. Una de ellas es que, hace exactamente 40 años, miles de cinéfilos en Estados Unidos se maravillaron cuando dos caballeros espaciales –escoltados por su leal escudero peludo- recibieron un merecido reconocimiento con la sonrisa de una bella princesa –con una estruendosa ovación incluida- por haber salvado a un planeta del exterminio y restaurado –momentáneamente- la paz en una galaxia lejana, muy lejana. En ese momento, nadie imaginaba que el tercer largometraje de George Walton Lucas, treintón en ese momento, iba a convertirse en el fenómeno multimillonario que todos conocemos. Su inmenso potencial económico, en conjunto con la visión comercial –que raya en la voracidad- de los actuales propietarios de la franquicia –la enorme Walt Disney Company-, aseguran su permanencia en la cultura popular más allá del momento de mi futura e inevitable muerte física. No pretendo discutir sobre La Guerra de las Galaxias en este momento –así la conocí por más que se empeñen en llamarla correctamente Star Wars-, sino en uno de los elementos que podrían explicar su impacto y del que se aprovechan muchos creadores: la nostalgia.

Hace muy poco pudimos ver el regreso televisivo –originalmente como una miniserie- de la dupla conformada por los Agentes Dana Scully (Gillian Anderson) y Fox Mulder (David Duchovny), luego de 14 años de ausencia. Esto generó un revuelo que no sólo polarizó las opiniones del público y la crítica, sino que motivó a sus productores a realizar una nueva temporada que se emitirá a finales de este 2017.

 

Esta misma semana hizo lo mismo su colega Dale Cooper (Kyle McLachlan) y el pueblito boscoso de Twin Peaks, Washington. Los devotos del programa creado por Mark Frost y el indispensable cineasta David Lynch saben que esto se debe a una cita onírica que el investigador hizo con la difunta Laura Palmer (Sheryl Lee): “nos vemos en 25 años”. Esto genera sentimientos encontrados en los espectadores. Por una parte, para los que conocimos la obra en su origen, una verdadera emoción por reencontrarnos con personajes y situaciones que te fascinaron en una época más simple y en que tu juicio crítico posiblemente no se encontraba tan desarrollado. Pero como siempre digo, todos los excesos son malos. Pareciera una suerte de tendencia, que puede leerse como una falta de creatividad y arrojo para experimentar con ideas novedosas, simplemente porque se trata de productos con un éxito garantizado. Más de uno se emocionó –pienso que hasta las lágrimas- por ver de nuevo a Han Solo (Harrison Ford) ingresar –arma en mano- en el entrañable Halcón Milenario en La Guerra de las Galaxias: El despertar de la Fuerza (J. J. Abrams, 2015) y decir “Chewie, estamos en casa”.

 

 

En el mes de octubre podremos ver a Ford encarnar otra vez al cazador de replicantes Rick Deckard, un cuarto de siglo después, en la muy tardía continuación de la cinta de culto dirigida por Ridley Scott en 1982. Aunque los avances de Blade Runner 2049, ahora a cargo del francés Denis Villeneuve, parecen visualmente prometedores, no deja de causar incertidumbre –un escepticismo bien fundado- entre sus devotos. Y su agenda está saturada. Si esto no fuera suficiente, se ha anunciado que se reunirá una vez más con Steven Spielberg y se volverá a poner su chamarra de piel y su sombrero para dar vida en una quinta aventura del intrépido arqueólogo Indiana Jones que, por la edad del héroe (74 años), deberá ambientarse en los años setenta.

 

La sensación se traduce en una molestia, común entre algunos de mis contemporáneos, por la fiebre que podría llamarse “la nostalgia por lo no vivido”. Las nuevas generaciones –los llamados millenials– se sintieron inmediatamente fascinadas por la reciente teleserie Stranger Things, creada por los hermanos Matt y Ross Duffer, cuando en realidad muchos de ellos sólo eran información genética en los hoy distantes años ochenta –del siglo pasado-. Pareciera que hay una especie de reclamo emocional, como si esto fuera un derecho exclusivo. Es verdad que ellos no conocieron el candor del momento, pero eso no los descalifica en absoluto. Si a esas vamos, yo tenía sólo tres meses de vida cuando se estrenó El Exorcista (Willim Friedkin, 1973), película perfecta a la que rindo veneración en todos los espacios en que tengo alcance. Mucho menos vi en pantalla grande, en el momento de su estreno, ninguna cinta estelarizada por Vincent Price o Christopher Lee. A ellos los vi en acción cuando eran unos adorables viejitos, y no en el esplendor de sus carreras.

 

En cambio, hace poco vi a Michael J. FoxMarty McFly para los cuates- cantando Johnny B. Goode del inmortal Chuck Berry al lado del grupo británico Coldplay. A los que crecieron adorando el tríptico Volver al futuro de Robert Zemeckis, esto puede provocar –cuando menos- un nudo en la garganta.

Creo que el problema puede encontrarse en apropiarte indebidamente de algo que no conociste, en no ser consciente de tu realidad. Los grandes estudios de cine se aprovechan de esto. Si no lo creen, examinen el resultado de la última entrega de la saga Alien, promovida y realizada por su principal artífice –el ya mencionado Ridley Scott-. Las opiniones, casi unánimemente negativas, demuestran el fracaso de la repetición y que la añoranza puede ser un pretexto perfecto para arrastrar a las personas a las salas de cine, como si eso nos permitiera recuperar la infancia o la juventud.

 

Las grandes productoras –como la del ratoncito- cuentan con ese anhelo. Las hordas de seguidores –de “hueso colorado”- de sus universos, tienen en promedio mi edad. Y contagiaron su devoción a sus hijos, y éstos casi seguramente los suyos. Será así, como dijera Michael Ende, una historia interminable. Pero retornemos a la creación de Chris Carter, para cuya resurrección convocó –para escribirla- a sus antiguos colaboradores Darin Morgan, James Wong y Glen Morgan –los fanáticos extrañamos al hoy casi inalcanzable Vince Gilligan-. “Soy de la vieja escuela. Soy Pre-Google”, dice con un dejo de añoranza la Agente Scully a su compañero cuando vuelven a la actividad. El paso del tiempo es evidente en ambos –ella envejeció con gracia-. “Había olvidado cuán divertidos pueden ser estos casos. En los viejos tiempos…”. Él la corrige abruptamente. “No, Scully. Éstos son los viejos tiempos”.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.