Algo que se desprendió de mi más reciente experiencia en territorios poblanos (por mi nuevo curso La era de Lovecraft), oportuno ante la inminente edición 49 de la Marcha del Orgullo LGBTTTI.

Sólo puedo imaginar la inmensa sorpresa –y la aún mayor felicidad- de un muchachito de 13 años llamado Robert Hayward Barlow cuando recibió la correspondencia en su hogar en Fort Benning, Georgia, la mañana del 4 de diciembre de 1931 y descubrió que entre ella se encontraba una carta remitida en Providence, Rhode Island, y que estaba firmada por su ídolo literario Howard Phillips Lovecraft. En nuestra época, sería el equivalente a que Guillermo del Toro respondiera un mensaje que le enviaste en Twitter. Pero en su caso, las cosas fueron un poco más lejos de los 140 caracteres que permite este recurso. Desde ese momento, ambos iniciaron una estrecha comunicación epistolar en donde el Maestro –como a todos los miembros de su Círculo- le animó a escribir sus propias narraciones y que  derivó en seis cuentos poco conocidos: La matanza del monstruo y El tesoro del hechicero (1933), La batalla que dio fin al siglo (1934), Hasta en los mares y Cosmos en colapso (1935) y El océano nocturno (1936). María José Esteva los reunió y editó en 2012, con la traducción de Brissa Rodríguez Castañeda, como Media docena de pesadillas: cuentos para leer aquí y para llevar y que muy apropiadamente se presentó en la Feria del Libro de la delegación Azcapotzalco de nuestra bella y caótica urbe.

Lovecraft (entonces de 41) y Barlow se convirtieron en grandes amigos. De hecho, visitó a su pupilo en su posterior domicilio en DeLand, Florida. Para efectos legales, ante la inminencia de la muerte, Lovecraft lo nombró su albacea literario; Barlow por su parte le dedicó el libro On Lovecraft and life. Cuando el deceso ocurrió, entre muchas otras razones, Barlow emigró y se estableció definitivamente en la Ciudad de México en 1942, en el número 27 de la Calle de Santander en la demarcación ya mencionada. Persiguió con fortuna sus propios intereses antropológicos como estudioso y divulgador de las antiguas culturas mesoamericanas –campo en el que realizó importantes contribuciones, como la publicación Mexihkatl Itonalama o Tlatelolco: rival de Tenochtitlan, hasta su suicidio por ingestión de barbitúricos en la noche del 1 al 2 de enero de 1951, seguramente por temor a la exposición de su preferencia homosexual. Estaba por cumplir 33 años de edad.

Indudablemente, las cosas no terminaron para ellos de la manera que merecían. En 2014, la Revista de la Universidad de México publicó un ensayo de mi amigo Vicente Quirarte titulado Morir en Azcapotzalco, que será la base de su siguiente trabajo escénico con Eduardo Ruiz Saviñón y del que recupero su parte inicial. Este es el mejor ejemplo de que, en ocasiones, la literatura es mejor que la vida:

Imaginemos la siguiente historia. Gracias a la contribución económica de los amigos y admiradores de Howard Phillips Lovecraft, a principios del año 1937 el paciente es trasladado de Providence al mejor hospital de Nueva York. Tras una larga y complicada operación, se controla la enfermedad que le devoraba el estómago. Para restablecerse, acepta una vez más la hospitalidad de su joven amigo Robert Hayward Barlow en De Land, Florida. El clima tropical, la compañía de su hermano por elección, las caminatas por los deslumbrantes alrededores lo hacen recuperar paulatinamente fuerzas. Gracias a que Barlow se ofrece a pasar en máquina la barroca y profusa caligrafía de Lovecraft, el maestro vuelve con renovados ánimos a la escritura.

Esa forma casi paradisíaca de existencia se interrumpe cuando se exacerban las relaciones, de por sí difíciles, de Barlow con su familia. Los amigos deciden buscar otras perspectivas. No obstante la inicial resistencia de Lovecraft, cruzan la frontera hacia México. En la capital, se alojan en el hotel Geneve, en la calle Londres de la colonia Juárez, semejante en su atmósfera al hotel Biltmore en Providence. Un día, mientras desayunan, Barlow recibe un telegrama: el fallecimiento de una tía lo deja como heredero de una fortuna considerable. Aunque ambos amigos han visto varias casas descubiertas por Lovecraft en sus caminatas por la colonia Juárez, que le evocaban las de su ciudad natal, Barlow decide llevar a cabo otra empresa que lo conduzca con su amigo a un escenario urbano aún más anclado en el pretérito: en la calzada Azcapotzalco se extasían ante las mansardas, los portales, los jardines bien cuidados de las casas que a principios del siglo XX fueron construidas como quintas de verano en la colonia entonces llamada El Imparcial. Encuentran la que más agrada a Lovecraft. Por fortuna, está en venta y Barlow puede pagarla de contado. Lovecraft vive su etapa más plena. Se hace cliente habitual de la Lagunilla y puebla la casa con antigüedades. Los salvajes mestizos no resultan serlo tanto, como lo había notado implacablemente en relatos como “Horror en Red Hook” o “La transición de Juan Romero”. El monto de la herencia recibida por Barlow les permite darse el lujo de establecer una editorial que se llamará, en español, La Casa Evitada, en homenaje al relato extenso de Lovecraft “The Shunned House”, tan querido por Barlow. La nueva editorial está consagrada a la literatura fantástica y recibe manuscritos de diversas partes del mundo que están intentando llevar el género a alturas mayores. Lovecraft aprende español para leer en su idioma original el relato “El Aleph” de un argentino llamado Jorge Luis Borges, que en opinión de Barlow guarda semejanzas con “Los perros de Tíndalos” de Frank Belknap Long. Más adelante le van llegando noticias sobre un escritor de fantasías llamado Juan José Arreola y otro que conjura fantasmas bajo el título de Pedro Páramo. En la buhardilla más elevada de la casa, Lovecraft escribe sus mejores historias. Desde su ventana puede mirar el campanario de la parroquia de los apóstoles Felipe y Santiago y evocar la atrayente leyenda de que la hormiga en ella representada llegará un día a la cima del campanario para dar fe del fin del mundo. Da inicio a una novela que llevará por título La hormiga de Azcapotzalco.

El proyecto de Barlow y Lovecraft resulta un éxito no sólo editorial sino comercial. La entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra propicia en México una bonanza económica sin precedentes. El día de la firma del armisticio, Lovecraft pierde su propia batalla. El cáncer estomacal, el gusano conquistador, regresa por sus fueros. En su funeral se encuentran pocos pero selectos acompañantes. Uno de ellos, Francisco Tario, un joven silencioso, apuesto, callado y bien vestido, el discípulo mexicano más próximo a Lovecraft. Barlow vive hasta el año ochenta de su edad, tras haberse consolidado como un respetado y próspero editor cuya mayor satisfacción es haber defendido el legado de su amigo y mentor.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. Escribió la obra de teatro “Sr. y Sra. Lovecraft”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia Ciudad de México.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.