Mi nueva experiencia poblana terminará el próximo sábado, así que seguiré hablando sobre el tema.

 

El 3 de marzo de 1924, tres años después del deceso de su asfixiante madre Sarah Susan Phillips y su trigésimo tercer onomástico, el célebre autor de historias de horror Howard Phillips Lovecraft –muy familiar para todos ustedes- contrajo matrimonio con Sonia Haft Greene, una judía divorciada siete años mayor que él, madre soltera, propietaria de una tienda de sombreros, escritora amateur y su enorme admiradora. Sus tías, Lilian D. Clark y Annie Phillips Gamwell, desaprobaron inmediatamente la unión. De hecho, se enteraron por una carta que les escribió su sobrino, tan amante de la tradición epistolar. Sé que es muy posible que muchos no conocieran esto, pues contradice la imagen que comúnmente se tiene de él: hosco, solitario, que acostumbraba a trabajar por las noches y dar largas caminatas por las calles desiertas de su ciudad. Es doblemente extraño porque ella representaba todo lo que reprobaba.

Como un feliz hombre casado, abandonó su colonial Providence, Rhode Island, para instalarse en una modesta habitación en el corazón de Brooklyn, en una gran urbe repleta de esas “infames hordas de inmigrantes, malolientes, mestizos manchados por el pecado”, tan lejanas de “los hombres de ojos azules de la vieja población”, clase a la que se enorgullecía de pertenecer. Porque nuestro admirado Lovecraft –aunque nos rehusemos a aceptarlo- era un hombre misógino, racista y xenofóbico, producto de su época y completamente explicable por su entorno. Esto es evidente en su narración “El horror de Red Hook” (1927). Me duele admitir que, de vivir en nuestro tiempo, comulgaría en muchos aspectos con el aberrante líder de su país –que irónicamente tiene la piel anaranjada-. “Make America white again”.

 

Lovecraft, taciturno y solitario por naturaleza, se enfrentó entusiasta a la vida conyugal. Su editor y discípulos no dejaron de manifestar su extrañeza ante su nueva vida. Aunque Lovecraft comenzaba a ser notorio por sus contribuciones en la mítica revista Weird Tales, y a pesar de que su casa era frecuentemente visitada por amigos y devotos –el literario Club KALEM, que giraba en torno a él -, no conoció la prosperidad material. Un proyecto en el que reposaban sus esperanzas, la columna Pregunte a Houdini de Weird Tales, en la cual iba a fungir como “escritor fantasma” para el famoso escapista, se vino abajo con su muerte en 1926. Buscó empleos alternos, infructuosamente. La unión de los Lovecaft llegó a su fin poco después, debido a “dificultades económicas y crecientes divergencias en aspiraciones y necesidades”, según el propio autor. Regresó a Providence, donde vivió hasta el fin de sus días, enclaustrado en la casa de sus tías solteronas, sumido de nuevo en su antigua misantropía, entregado a edificar el legado literario que le valió la inmortalidad.

Muchos hacen una pregunta –casi obligatoria- derivada de este episodio. ¿Lovecraft no era homosexual? Al igual que muchos autores, no lo creo. Era un individuo tan inusual como todo lo que plasmó en el papel. Yo creo que era asexual, que temía profundamente cualquier tipo de intimidad con el sexo opuesto. Nunca vio a Sonia como su igual o con auténtico deseo carnal. Siempre lo hizo como una figura materna sustituta. Aunque suene edípico, ella era el reemplazo de su madre muerta, una proveedora de cariño y seguridad. Algo que parecería imaginado por su discípulo Robert Bloch, padre literario de Norman Bates.

Los dos años que Lovecraft intentó imitar al hombre común en Nueva York, dolorosos y frustrantes para él, fueron provechosos para nosotros: no sólo derivaron en muchos de sus mejores relatos, sino que articularon lo que la posteridad reconoce como Los mitos de Cthulhu. Y es por ellos que nos sobrevivirá a todos.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. Escribió la obra de teatro “Sr. y Sra. Lovecraft”. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia Ciudad de México.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.