Las circunstancias me obligan a regresar antes de lo que anticipé. Hay momentos que odio el rumbo que parece estar tomando esta columna. Y a nuestro pesar, es algo natural e inevitable si consideramos las edades de las figuras que veneramos desde nuestra juventud. Wes Craven, Germán Robles, David Bowie, Alan Rickman, Lupita Tovar, Gene Wilder, Jonathan Demme y Adam West son algunos de mis héroes caídos que han ocupado horas de nuestro duelo compartido. Será –contra lo que deseo- una tendencia cada vez más común en los próximos 10 años, como fatalmente me recordó mi colega Antonio Camarillo. Suena en mi cabeza la voz de Marge Simpson: “Tinta negra se convirtió tan lentamente en un obituario que ni cuenta me di”.

La placidez de la tarde de nuestro domingo se interrumpió por la noticia –que tardé minutos angustiantes en confirmar aunque había corrido como reguero de pólvora en las redes sociales- de la muerte física de George Andrew Romero. Dejó este mundo en su hogar en Toronto, Canadá, mientras dormía apaciblemente, luego de “una corta pero agresiva batalla contra el cáncer pulmonar”. Lo hizo junto a su tercera esposa Suzanne Desrocher Romero y su hija (de su segundo matrimonio) Tina, mientras escuchaba la partitura de una de sus cintas favoritas, la comedia romántica El hombre quieto (John Ford, 1952). Tenía 77 años de edad. Todos los aficionados de los territorios del horror lo lloramos y tenemos una deuda impagable con él. No abundaré en sus méritos ni el peso de sus contribuciones pues podría consumir mucho de nuestro tiempo. Tampoco discutiré sobre su obra maestra, la película que le valió la inmortalidad, La noche de los muertos vivientes (1968), pues lo he hecho ampliamente en el pasado. Sólo diré que “creó un subgénero del cine de horror”, como apropiadamente señaló nuestro compatriota Guillermo del Toro. “George era un iconoclasta, una mente indómita y un pensador liberal que utilizó el horror para iluminar la oscuridad que nos rodea”. Suscribo completamente.

Apenas unas horas después, se informó de otro deceso, el de su paisano Martin Landau (también era originario de Nueva Yortk). Los aficionados lo recordamos por las tres temporadas en que interpretó al amo de los disfraces Rollind Hand en la primera época de la teleserie Misión: Imposible (1966-1973). O por su papel como el malandro Leonard en Intriga internacional (North by northwest, 1959) del insuperable Alfred Hichcock. O como el Dr. Alvin Kurtzweil en Los expedientes secretos X: combate al futuro (Rob Bowman, 1998). Pero especialmente lo tenemos presente por encarnar a un decadente Bela Lugosi en el sexto largometraje de Tim Burton, Ed Wood (1994), el que para muchos es su mejor filme. Su fantástico desempeño, que facilitó el inspirado maquillaje del talentoso Rick Baker, le valió un premio Óscar como Mejor Actor de Reparto (Baker también fue galardonado por su trabajo) y un Globo de Oro en la misma categoría. Landau de hecho falleció la tarde del sábado, luego de que fuera hospitalizado en el Centro Médico Ronald Reagan de la Universidad de California en Los Ángeles, a causa de “complicaciones inesperadas”. Tenía 89 años.

A Romero tuve el gusto de conocerlo en octubre de 2011. Era un hombre enorme, no sólo por su estatura sino por su sencillez. Cuando estuve frente a él, las piernas me flaqueaban. Le expresé con torpeza mi inmensa admiración y aún mayor gratitud. “Usted me enseñó que esto, en lo que creo vehementemente, puede ser respetable”, balbuceé. Estoy seguro que percibió mi emoción y la correspondió con la expresión más amable.

Romero y Landau conocieron dos formas de recompensa, y lo mejor de ello es que lo hicieron mientras vivían. Creo que la más valiosa fue penetrar en los corazones de miles de personas en todo el planeta, y la gozaron con plena consciencia. En sus respectivos campos, siempre brillaron. Dejaron poderosas muestras de su paso por este mundo, a las que siempre podremos acudir al presionar un botón en un control remoto. Desde el lugar donde actualmente residen, seguramente sonríen al comprobar su legado. Todos somos sus dolientes. Todos somos sus deudos.

Y la vida continúa. Nos leeremos de nuevo el 27 de julio.

 

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.