Cuando en mis clases de Ciencias Forenses suelo preguntar si alguien puede darme una definición básica de Antropología –nunca espero algo profundo, sólo invitar a la discusión-, jamás falta el bromista que me responde que es la disciplina que estudia los establecimientos de diversiones malsanas en las diferentes regiones del país, y que profundizar en ella exige un minucioso y exhaustivo trabajo de campo. En realidad y resumidas cuentas, es la ciencia que estudia el origen y evolución de las comunidades humanas desde aspectos físicos, sociales y culturales. Lamentablemente, en muchas formas, vivimos en una sociedad sin memoria. No profundizaré sobre temas indignantemente cotidianos, pues no es el tema de esta columna. Permaneceré en mundos más amables.  Creo que es necesario redescubrir y dar su justo valor a los cimientos de las diferentes manifestaciones artísticas, como el género que nos hermana. Hoy me referiré a uno de sus especímenes cinematográficos, concretamente en nuestro país. Sostengo que para comprender el momento donde nos encontramos, tenemos que acudir a la fuente. Para esa labor, como muchos de esos primeros trabajos son prácticamente desconocidos porque no están disponibles comercialmente, y como no tenemos –aún- el beneficio de una máquina del tiempo, podemos auxiliarnos de la tecnología existente y de mucha paciencia. Dicen que el que busca, encuentra. YouTube se ha convertido en una herramienta invaluable para los verdaderos Antropólogos del Cine de Horror Nacional. Tengo la fortuna de contar con la guía de una de sus exploradoras más respetuosas y constantes, que me ha presentado joyas que nunca había visto o conocía en mínimas menciones en bibliografía especializada.

 

Así me encontré la semana pasada con El superloco, dirigida en 1937 por Juan José Segura. A primera vista, su título no puede resultar muy atractivo. Menos porque es promocionada como “la primera comedia de terror mexicana”. Es cierto que aunque la presencia, en muchos momentos hilarante, de Leopoldo “Chato” Ortín –padre del comediante Polo Ortín– acerca en apariencia la cinta a este terreno, el tono del guión de Jorge Cardeña Álvarez y el mismo Segura, la ubica plenamente en una zona que conocemos mejor y donde nos sentimos más cómodos. Esto lo refuerza la interpretación del español Carlos Villarías como el Dr. Dienys, quien para ese momento ya había hecho el papel del desquiciado y malicioso Dr. Galdino Forti  en El misterio del rostro pálido (Juan Bustillo Oro, 1935) pero sobre todo tenía el mérito de encarnar al terrible protagonista de la versión para los públicos de habla hispana de Drácula (George Melford, 1931), película indispensable que catapultó a la fama a nuestro venerado Bela Lugosi. Resulta curioso que ambos actores, Villarías y Lugosi, fueran estigmatizados por el vampiro. Es este caso, nos encontramos ante un relato que se encuentra a medio camino entre el mito de Fausto y el de científicos locos, con la curiosa actuación de Emilio Fernández, apodado posteriormente como “El Indio”, como su exótico sirviente Idúa, cómplice y encargado de controlar a su monstruosa creación (Raúl Urquijo).

Pueden verla aquí. Sin duda es una experiencia curiosa y disfrutable. Insisto: si no la conocen, seguramente se sorprenderán como yo. La dejo a su consideración. Tenemos la obligación de conocer las obras fundacionales de nuestras pasiones, darles nueva vida, dar fe que existieron y no son efímeras. En el proceso, podemos encontrarnos con verdaderos tesoros.

 

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.