El lunes pasado, un eclipse solar se apreció –con diferentes intensidades- en numerosas partes del norte del continente americano. A pesar que muchos medios noticiosos lo anunciaron como el mayor evento de su tipo en el siglo, vale la pena señalar que se equivocaron. Habrá otro el 8 de abril de 2024. Muchos de ustedes podrán disfrutarlo sin duda –yo espero hacerlo también-. Verlo físicamente –con las debidas precauciones- u  observar la cobertura que recibió, con sus imponentes imágenes, sólo te hace consciente de lo pequeños que somos en el Universo. El eterno Leonard Nimoy, en las amarillentas aventuras de la familia Simpson, lo calificó como “el ballet cósmico”. Desde la antigüedad, estos eventos poseen incontables connotaciones astronómicas, astrológicas y culturales. Generalmente eran asociados a lo sobrenatural y presagiaban distintos tipos de males, pues simbolizan el triunfo de la oscuridad sobre la luz. Las personas sensatas, siguiendo las recomendaciones de la Medicina, evitan dirigir directamente su vista a ellos por el daño permanente que pueden causar al ojo humano. Lamentablemente la razón no siempre es amiga de sujetos que gozan de poder ilimitado.  

 

 

Los eclipses totales de sol ofrecen escenarios ideales para los géneros que nos hermanan: en Ladyhawke (1985), décimo largometraje de Richard Donner, una fábula de caballería y espadas con Rutger Hauer, Matthew Broderick y Michelle Pfeiffer, representan el breve instante en que los amantes separados pueden reunirse. Si mal no recuerdo, le pusieron El hechizo del halcón en estos rumbos. En la novela Dolores Claiborne (1992) de Sthepen King, su protagonista asesina a su victimario durante uno aprovechando las condiciones. La historia fue trasladada al celuloide tres años después, con Kathy Bates en el papel principal, bajo la dirección de Taylor Hackford –el mismo de El abogado del Diablo (1997)-. En español se tituló Eclipse total. Más recientemente, el malvado vampiro Yusef Sardú utilizó uno como cubierta para su llegada en el primer libro del tríptico The Strain (2009) –aquí en México lo bautizaron Nocturna– escrito por nuestro paisano Guillermo del Toro y Chuck Hogan, y convertido por el productor Carlton Cuse en una teleserie cuyo desenlace se encuentra cerca.

 

 

Pero mi ejemplo predilecto es el extinto serial Héroes (2006-2010), creado por Tim Kring. Su primera temporada –tuvo cuatro-, la única en mi memoria y afectos, es una verdadera joya. Es una carta de amor a la figura del superhéroe, al mundo del cómic y a la ciencia ficción, con guiños constantes que van de La Guerra de las Galaxias a Viaje a las Estrellas. Solo su enigmática premisa “salva a la porrista, salva al mundo” era una invitación a la aventura. Tuvo tantos momentos afortunados, desde la inclusión de Malcom McDowell –el Alex DeLarge de la Naranja mecánica de Stanley Kubrick– como el villano Daniel Linderman, o George Takei –el oficial Hikaru Sulu de la nave espacial Enterprise– como Kaito Nakamura, aguerrido padre de uno de nuestros paladines. Su hombre invisible se llamaba Claude Rains, como el actor que interpretó a un individuo semejante en la película clásica de James Whale (El hombre invisible, 1933). El enfrentamiento climático entre sus antagonistas Peter Petrelli (Milo Ventimiglia) y el malvado Sylar (Zacary Quinto) ocurre en una plaza que lleva en apellido del mítico dibujante Jack Kirby, el mejor de los homenajes posibles. Y fue en el marco de un eclipse que su odisea comenzó.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. Fue Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México por 22 años.

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