Odio la razón por la cual me siento hoy frente al teclado. Nuevamente sé que es parte de la vida, pero no puedo reprimir la horrible sensación que les platiqué hace unas semanas: pensar que esta columna se convierte frecuentemente en un obituario.

Debo a William Tobe Hooper uno de los momentos más indeleblemente grabados en mi memoria infantil. No se trata de un gigantón con una máscara hecha con piel humana y una motosierra –a él me referiré en un rato- persiguiendo a una jovencita aterrada, sino al ruido que despertó al menor Mark Petrie. Él dormía apaciblemente en su casa en el ficticio pueblito de Jerusalem’s Lot, Maine -según nos contó su creador Stephen King-, cuando llamó a su ventana su difunto amiguito Danny Glick. Ese es sólo un pasaje de la novela Salem´s Lot (1975), convertida cuatro años después en una miniserie para la televisión encargada a Hooper por el productor Richard Kobritz. En una época donde la “caja chica” era considerada como un medio menor y era generalmente repudiada por los artistas “serios”, el cineasta –treintón entonces- anticipó sus inmensas posibilidades. Estoy completamente seguro que las personas de mi generación sintieron un escalofrío recorrer sus espaldas cuando Mark (Lance Kerwin) enfrentó el rostro lívido de Danny (Brad Savage), y estoy igualmente convencido que la imagen no los dejó dormir esa noche. Al menos, yo no pude.

 

Hooper falleció el sábado pasado en su hogar en el vecindario de Sherman Oaks, Los Ángeles, presumiblemente por causas naturales. Tenía 74 años. Le sobreviven sus dos exesposas Carin Berger y Rita Marie Bartlett, así como sus dos hijos Anthony y William. Nació el 25 de enero de 1943 en un hogar de clase media en San Angelo, Texas. Sus padres Lois Belle y Norman William Ray Hooper poseían un pequeño cine en la ciudad, y seguramente ahí fue inoculado por el séptimo arte. De hecho se dice que su madre embarazada estaba viendo una película en Austin cuando tuvieron que llevarla de emergencia al hospital para traerlo a este mundo. Confesaba “de pequeño quería ser mago, luego empecé a ver películas y decidí que sería un científico loco. La mezcla perfecta de las dos cosas es ser director de cine”. Como muchos de sus ilustres colegas, comenzó su carrera utilizando la cámara de 8 mm. de su papá. Estudió cine y televisión en la Universidad de Austin, donde se entregó a los cortos, los documentales y posteriormente a los largometrajes. Pero fue su tercer trabajo el que lo colocó en el mapa. La masacre de Texas (1974), escrita en coautoría por Hooper y Kim Henkel, realizada con un presupuesto irrisorio y actores desconocidos, es decididamente una de las cintas de horror más influyentes de todos los tiempos. Nutrió a dos de sus subgéneros –el gore y el slasher– y nos presentó a Leatherface, uno de los monstruos humanos más perturbadores de muestra era. Su idea original derivó en seis desiguales –desastrosas a veces- secuelas, un remake –con precuela incluida- y una venidera gran precuela –Leatherface (Julien Maury y Alexandre Bustillo, 2017). De la franquicia, Hooper solamente dirigió la segunda –La masacre de Texas 2 (1986), a la que dio un tono de comedia negra sanguinolenta –tuvo a Tom Savini a sus órdenes- que seguramente sirvió de ejemplo a un joven Sam Raimi para hacer la secuela de su notable El despertar del diablo (Evil dead 2, 1987).

 

A continuación brincó oficialmente al circuito de los grandes estudios con Poltergeist (1982), escrita y producida por el hoy todopoderoso Steven Spielberg. Recientemente se ha confirmado un secreto a gritos, que no es difícil percibir desde un principio y que su equipo de filmación confirmó desde entonces: que fue Spielberg quien realmente dirigió la película, y que utilizó a Hooper como una suerte de prestanombres ya que estaba contractualmente impedido para realizar otros proyectos simultáneamente –rodaba al mismo tiempo E. T. El extraterrestre, que se estrenó con una semana de diferencia-. Con todo, la asesoría de Hooper es palpable y Poltergeist es uno de los filmes favoritos de mi adolescencia.   

Luego se concentró en Fuerza siniestra (Lifeforce, 1986), una producción británica escrita por Dan O’Bannon –el mismo de Alien– y Don Jakoby, que bien podría resumirse como “vampiros de energía del espacio exterior”. La cinta fue un desastre financiero. Recuperó solo 11 de los 25 millones de dólares que costó, sin importar los desnudos de la bella actriz francesa Mathilda May.

Se mantuvo firme en el género a pesar del descalabro. Dirigió El triturador (The Mangler) en 1995, basada en el cuento homónimo de Stephen King con Robert Englund como protagonista. En el año 2000 realizó para ser distribuida directamente en video Cocodrilo, donde el reptil del título acecha a un grupo de springbreakers. Le siguió Los asesinatos de la caja de herramientas (The Toolbox murders), reelaboración de la película de 1978 del mismo nombre. Se enfocó después en Mortuario (2005), una no muy afortunada historia de zombis –que no recuerdo fuera estrenada en nuestro país- y concluyó con Djinn (2014), una curiosidad hecha con dinero de los Emiratos Árabes Unidos y situada –en un futuro no distante- en el mismo lugar que abreva de las creencias sobrenaturales de la región. No olvidemos sus episodios en la teleserie Masters of horror: La danza de los muertos (basada en el cuento de Richard Matheson y con un guión de su hijo Richard Christian Matheson) y La maldita cosa (a partir de la narración homónima de Ambrose Bierce), ni sus capítulos en los añejos seriales El Justicero, Cuentos asombrosos, Las pesadillas de Freddy o Cielo negro (Dark Skies). Se dio el lujo de aparecer fugazmente como un técnico forense en Sonámbulos (1994) de Mick Garris. Ver la instantánea donde los dos se encuentran junto a Stephen King y Clive Barker siempre me arranca una sonrisa. Es insólita su presencia en el mercado musical, con el videoclip Dancing with myself del rockero Billy Idol.

 

Escuché a una persona criticarlo severamente por el Incidente Spielberg –no dudo que muchos más lo hicieran-, pero es injusto juzgarlo únicamente por eso. Tomó la decisión que creyó benéfica para su trayectoria y que seguramente le otorgó mucho dinero. Lo que pesa más, lo verdaderamente sustancial, es el resto de su obra y específicamente su trabajo más reconocido. La masacre de Texas le valió a Tobe Hooper su ingreso al Olimpo de los directores del cine que amamos. Yo le agradezco además por esa noche de desvelo en mi niñez, que sin duda es en parte responsable de que hoy tenga la oportunidad de dedicarle estas líneas. El artista que es capaz de semejante impronta es un verdadero Maestro y merece gratitud eterna. El libro Sangre, sudor y vísceras: historia del cine gore (1996) de Eduardo Guillot y Manuel Valencia recupera una fotografía de estudio que se tomó con su amigo y colega, el también eterno Wes Craven. En ella ambos sonríen maliciosamente, visten elegantes trajes blancos y tienen las manos manchadas por la sangre de todas sus víctimas cinematográficas. Hooper tiene en la boca un puro Montecristo, de los que tanto le gustaban según los que le rodearon. Tal vez así es el cielo. Y en perspectiva, creo que consiguió el anhelo de su infancia. Tobe Hooper fue un mago en el más completo sentido del término.

Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido en un programa radiofónico. Fue Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México por 22 años.

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Written by Roberto Coria
Roberto Coria es investigador en literatura y cine fantástico. Imparte desde 1998 cursos, talleres, ciclos de cine y conferencias sobre estos mundos en diversas casas académicas del país. Es asesor literario de Mórbido. Escribió las obras de teatro “El hombre que fue Drácula”, “La noche que murió Poe” y “Renfield, el apóstol de Drácula”. Condujo el podcast Testigos del Crimen y escribe el blog Horroris causa, convertido ahora en un programa radiofónico. En sus horas diurnas es Perito en Arte Forense de la Procuraduría General de Justicia del que anteriormente era conocido como Distrito Federal.